POEMAS DE DEGALDÍSIMA HEBRA (1996)
De Susana Tosso 


Cuando me muera, llévate mi nombre.

Llévalo sin culpa,
con sed,
con hambre,
como puedas.
Que nadie lo toque con una flor cortada.

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A Abelardo Castillo

Incrusta en su frente húmeda una mariposa negra.

Ahora empiezo a volar, murmura.
Y corre por el borde de la Tierra;
corre y le grita a su sombra:
no me sigas, por favor, no me sigas;
tiéndete sobre cada verdad insoportable. 

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Un cielo sin estrellas es un cielo desalmado.
Con la frente apoyada en la ventana, lo miro.
Se parece a otro que ya vi caer.

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Nadie va a venir.
Los cinco sentidos se agolpan en la frente.
El silencio desabrocha mi blusa (presiento su lengua);
miro sin respirar el picaporte inmóvil;
huelo el café que ya hirvió tres veces.
Nadie va a venir.
La mesa se obstina en sostener una taza pequeña.
También en esta noche inicio el camino de las lámparas,
las apago una a una.
La mandíbula de la casa se va desdibujando.

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En la cocina la canilla gotea.
Toda la noche, la gota cae.
El sonido avanza por el largo pasillo,
pasa junto a las camas de mis hijas,
(ellas no lo escuchan, están ocupadas con sus sueños).
En la oscuridad, Fernando tiene los ojos abiertos.
La gota cae
               nos moja
                       nos enfría
                               hace que nos abracemos.

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El insomnio me clava sus cuatro estacas.
La noche me revela el valor de las palabras;
lo que cuesta decirlas
o callarlas.

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A veces nos sentamos alrededor de la mesa; 
hablamos;
ellas hablan.
Yo sonrío para ausentarme y pienso
que alguien, bruscamente, va a entrar,
va a observarnos una a una,
va a dejar sobre mi pollera blanca
algo parecido a una flor negra y bellísima.
Bajo el mantel, las alas del murciélago acaban de moverse,
hacen que mi pollera tiemble.
Sobre el mantel, el vaso lleno de agua;
tal vez, rodeándolo con los dedos, pueda,
mientras ellas hablan,
arrastrarlo hasta mí.

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A veces te hablo como si estuvieras; 
es un ejercicio de la lengua,
un colocarla de esta forma y no de otra;
es como volver al lugar donde trepábamos la lluvia.
Cuando estoy sola, no subo por el agua;
la miro con hondura; la huelo.
Son muertes, pequeñas muertes, que nos acostumbran a la muerte.

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A Sylvia Iparraguirre

Ella ordena los objetos;
se demora en el juego de té.
La crisálida se enquista
en los pliegues de la porcelana.
El tiempo que el dedo índice dibuje
el inocente borde de la taza,
la vida ha de quedar fuera. 

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Cruzo mis manos sobre el mantel.
Mientras pienso en los fuegos que he perdido
deslizo la mano hacia un lado y otro;
el mantel me acaricia;
no estoy sola.

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Cuando abras la puerta vas a verlo todo:
la mesa en el lugar de siempre,
los anteojos guardados en su estuche,
la escalera desafiando al espacio o al tiempo (da lo mismo),
la lámpara apagada.
Me llamarás;
te amordazará el silencio.
En un día de locuras pensé en las palabras que dirás mañana.
Mi nombre no estará entre tus palabras. 

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