Marcus Roberts

Marcus Roberts

Es uno de los grandes pianistas de jazz contemporáneos, con una digitación prodigiosa y una independencia de manos que lo dejan a uno sin adjetivos. Su capacidad polirrítmica es sencillamente descomunal. Su disco de piano solo, The joy, en el que reversiona las famosas piezas de Scott Joplin, da muestras de su genio.

Hijo de una cantante de gospel de Jacksonville, Florida, Roberts se quedó ciego a los cinco años, edad a la que, influenciado por su madre y por la música de la iglesia local en la que ella cantaba, empezó a tocar autodidácticamente el piano. No lo estudió: lo aprendió, como aprenden los niños a caminar y todo aquello que no se sabe cómo uno de pronto llega saber a determinados niveles de complejidad. No recibió su primera clase de piano hasta los nueve años. Entonces ya era un genio y nada podría estropear lo que había aprendido sin saber que lo aprendía, jugando. Wynton Marsalis –esa leyenda viva a la que la música y el jazz no terminarán de recompensar nunca por sus cruciales aportes– no tardó en descubrirlo y convertirlo en el pianista de sus diversas formaciones, entre ellas de la fantástica The Lincoln Jazz Center Orchestra, en la que permaneció seis de los 25 años que ya cumple esta gran big band.

Maestro de la improvisación, es, sin embargo, ante todo un puente que une el presente y el futuro con la mejor tradición pianística del género, que él mismo defiende como a su propia vida y transmite a tantos y tantos nuevos talentos en las clases que dicta en Florida, una labor y una filosofía didácticas que comparte conceptualmente en profundidad con el enorme Marsalis.

Más allá de su avasallante técnica y de su enraizado conocimiento de una tradición musical heredada, al menos a mí me conmueve el afán de superación de ciertas personas como él ante la repentina y abrupta desaparición del futuro, tal como lo concebíamos hace un momento. Hablamos de un niño de cinco años que de pronto deja de ver lo que veía: el rostro de su madre, los colores, su cama, un plato de comida, el cielo. Ante esa instancia, tuvo la inmensa fortuna de que su madre fuera cantante y, aun más, de gospel, una de las más profundas y redentoras raíces del jazz, que transmutaron el dolor en alegría y gratitud. La música, cuando la realidad apaga en nuestras vidas la suya, ha salvado una y mil veces al hombre, y seguirá haciéndolo. Marcus Roberts, al piano, es ante todo un hombre agradecido. Y si la humanidad, por decir algo, se dividiese entre los que amplían o dilapidan lo heredado, Roberts pertenece a los que resguardan y amplían un legado.

En su nombre, el jazz tiene sin duda uno de los grandes de hoy que se agregarán a los de Gershwin, Morton, Ellington, Monk, Tatum, Garner, Evans, Peterson, Basie, Hyman, Hancock, Brubeck, Corea, Jarret, Petrucciani, Camilo, Mehldau y tantos más. Al escucharlo, uno podría creer que son dos o más los pianistas que están tocando, no sólo por el entramado armónico y polirrítmico que va creando sino por la relajación y musicalidad con la que ejecuta su irrepetible virtuosismo. Acaso también porque se ha construido un alma, que siempre tiene algo colectivo y excede a la sensibilidad narcisista del individuo. Ver para creer y creer para ‘ver’ como sólo Roberts ve el jazz, tan fiel a la tradición como a la vanguardia que aún está por nacer en las manos y el corazón de este agradecido visionario. 


“I never plan to stop studying and sharing in the creation of great music. When I play, I play for the people. Jazz is not elitist. It was created and grew from the soil of our fertile and, at times, difficult American experience, and it will resonate as long as our democratic structure exists.”  Marcus Roberts

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10 de febrero de 2013

Site: http://www.marcusroberts.com/