Kontakthof | Pina Bausch

Kontakthof | Pina Bausch

Las ganas de gustar y el temor al rechazo son conmovedoramente eternos. Eso revela, entre otras tantas cosas, la inolvidable reposición de este montaje original que Pina Bausch creó en 1978 para jóvenes bailarines profesionales y que, en 2000, representó con aficionados mayores de 65 años. La propia coreógrafa contó por entonces que se había inspirado un día en que vio un baile con una orquesta muy antigua en un salón. «Vi parejas de la tercera edad que daban vueltas al compás de la música; bailaban tango, foxtrot, vals, ¡tan felices! Es tan increíble porque el amor nunca termina, a ninguna edad. Kontakthof es un lugar de encuentro para buscar contactos. Muéstrate tú mismo. Rechaza. Con miedo. Con deseos. Decepciones. Desesperaciones. Primeras experiencias. Primeros intentos».

Pina Bausch puso entonces un anuncio en el periódico de Wuppertal, la ciudad en la que aún funciona su magnífico Tanztheater. «Damen und Herren ab 65 [Damas y caballeros a partir de 65]». Así rezaba aquel aviso al que acudieron muchos más bailarines de los que uno podría imaginar. Desde que aquel nuevo montaje echó a andar, los bailarines aficionados que participaban en él nunca permitieron que Pina renunciara a seguir representando una y otra vez el espectáculo por todo el mundo. Así fue, de hecho, que incluso en 2010, una década después de haber sido reversionado, pudimos verlo en Madrid durante el Festival de Otoño en Primavera, en los Teatros del Canal. Justo un año después de la muerte de la propia coreógrafa.

Muchos han señalado que Kontakthof sintetiza y expresa mejor que ninguna de sus otras creaciones las improntas, temas y obsesiones que hicieron de Pina Bausch una auténtica genia, y de sus trabajos, creaciones únicas. Quizá sea cierto; no conozco todos sus montajes como para valorarlo. A mí no deja de sorprenderme –en este y otros de sus trabajos: sobre todo, en La consagración de la primavera o Café Müller– su capacidad para acceder con tanta facilidad a esa región mítica que todos llevamos atávicamente grabada en lo más hondo y desconocido de nosotros para ‘hablarnos’ acerca de esa región y, diría más, desde ella, sin palabras. Esa región en la que reposan todas esas nociones en las que nunca pensamos pero por las que siempre actuamos y que hacen que, como especie, nos relacionemos como lo hacemos en el amor, en la necesidad, en el temor y el asombro ante el entorno y ante nosotros mismos, siempre de modo tan similar, con violencia, esperanza, desesperación, deseo, miedo a ser abandonados o rechazados, siglo tras siglo, en cualquier lugar y cultura.

Pina Bausch vuelve al cuerpo sin cultura, se centra más en el animal que en el hombre, desafiando a la razón, cuestionándola como única herramienta para leer la realidad y provocando a su vez en nosotros una ansiosa necesidad de traducir pronto a palabras esa extraña e inquietante maravilla que nos presenta, pero sólo para que descubramos inmediatamente la imposibilidad de ordenar o secuenciar verbalmente el milagroso caos equilibrado que nos soporta. Sin utilizar casi palabras, ella expresó como pocos el lenguaje: desbordándolo para revelárnoslo como apenas el vestigio con el que sólo intentamos una y otra vez comunicarnos o con el que sólo logramos señalar algo de todo lo que en un segundo comprendemos sin poder disponer de lo vislumbrado, razonadamente, como querríamos, para apoderarnos de ello y hacernos otra vez con el control. Pina Bausch nos revela, en suma, el misterio por haberlo aceptado con gratitud, subordinándose a él sin querer dominarlo. Su honda humildad y su sabiduría le impiden siquiera pretender desvelarlo. Se acepta más criatura que creadora, y es justamente desde esa aceptación y desde ese asombro primitivo ante qué nos conmueve –y no tanto a cómo se mueve alguien sobre un escenario– desde donde ha logrado crear una danza sin precedentes desde el anterior gran seísmo provocado por Nijinsky en 1913 con La consagración de la primavera.

En Kontakthof, Pina Bausch recurre a un salón de baile (similar a aquel que, en 1983, cinco años después, utilizó Ettore Scola en Le Bal) para entrar a tumba abierta, sin tabúes ni prejuicios, en ese espacio civilizado al que gente mayor sola, necesitada de otros, lleva lo más dignamente que puede (bien vestida y maquillada) su desvencijado cuerpo para subordinarlo a lo que sea a cambio de una caricia, un abrazo de baile, un mínimo contacto humano. Hombres y mujeres parten de una puesta en común sin máscaras: somos viejos, estamos solos, necesitamos a otros y, aunque lo hagamos mal, qué importa, queremos bailar con alguien un rato más. La música, como un juez que arbitra los contactos, marca el ritmo al que las personas que entren en relación deberán subordinarse dejando de lado sus propios y obsesivos o neuróticos o psicopáticos tempos personales. Sobran las palabras. Sólo hay espacio para los cuerpos en movimiento común, buscando el equilibrio entre la atracción y el rechazo, entre el deseo de compenetración y la necesidad de aislamiento. Pero lo que cada uno es, la propia biografía aflorará en cada gesto, inevitablemente, y Bausch, desde luego, le hace espacio a ese conflicto para revelarnos otra vez como seres frágiles, abandonados a la intemperie, que buscan una y otra vez, hasta el fin de sus vidas, ternura y amor.  

Cuenta Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos que la danza fue posiblemente la primera expresión artística del hombre, el primer rito simbólico de las comunidades primitivas que, de pronto, comenzaron a danzar para, a través del movimiento, sentir que así salían de situaciones estáticas adversas abandonando la espera estéril del inmovilismo pasivo. Desde que leí aquello, siempre he sentido a la danza como una de las más antiguas formas de la magia e, incluso, como la primera rebelión social no violenta de la humanidad. El paso a la acción. Pina Bausch quizá haya sido realmente, ante todo, una maga que, como la tradición manda, supo custodiar un misterio sin dejar por ello de compartirlo para que todos pudiéramos admirarlo, encantados.

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Ver también a Lutz Förster bailando Leãozinho


Le sacre du printemps (Pina, Wim Wnders)

Le sacre du printemps | Coreografía de 1913, de Vaslav Nijinsky, interpretada por el ballet Mariinski a partir de la reconstrucción realizada por Millicent Hodson y Kenneth Archer en 1987

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4 de octubre de 2012

Site: http://www.pina-bausch.de/

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