El teatro y la cultura…

El teatro y la cultura…

…EN LOS PRESUPUESTOS GENERALES DEL ESTADO

Decía Borges que el teatro es un lugar en el que unas personas simulan creer ser otras frente a otras que simulan creerles. Y en efecto, ante un Chéjov, un Shakespeare, un Calderón, un Beckett o un Koltés, aceptamos presenciar una ‘mentira’ para tantear así –juntos: público y actores– una verdad que desdiga, contradiga o complemente esa realidad que dejamos fuera, en las calles, en la que todo parece cierto y suele estar bastante llena de mentira. En el teatro, sí, nos apartamos de la realidad para reunirnos a reflexionar entretenidamente sobre esa vida en la que, fuera, no solemos pensar pero por la que sí tanto actuamos al relacionarnos con los otros.

A partir de una ficción –de la construcción de un fingimiento, de una simulación–, aceptamos olvidar así por un momento el mundo para volver a relacionarnos con la vida. Esto es: volver a recordar que moriremos, que ya estamos muriendo; que no sólo funcionamos y producimos y rentabilizamos y pagamos impuestos y compramos cosas sino que, sobre todo, estamos aún vivos porque vamos a morir (hablo desde luego de quienes comemos cuatro veces al día eligiendo qué comer y a qué hora, sin urgencias vitales, con acceso al ocio).  Sólo esa conciencia de recordar que ya estamos muriendo –por mucho que no lo sintamos– nos redimensiona y nos aleja de la peligrosa locura colectiva de creernos civilizados hombres bienpensantes del primer mundo, inmortales, poderosos e importantes (o lo que nuestra sociedad esté contándonos de nosotros mismos en ese momento). Sólo esa conciencia de estar vivos porque aún morimos nos iguala con los demás haciéndonos relativizar las diferencias que nos contamos tener con los otros para sentirnos ‘especiales’, casi a salvo de la condición de todos: morir un día.  Sólo esa conciencia nos salva de correr así todos el riesgo de reemplazar la vida por el mundo al anteponer lo que declaramos socialmente importante por encima de lo que es vitalmente urgente. En el teatro accedemos lúdicamente así a esta verdad a partir de una mentira. Digo ‘verdad.’ Para mí lo es. ¿Trabajo (‘funciono’, produzco), luego existo? No. Muero (aún muero), luego soy.

Como espectadores, dejamos de actuar en la realidad para sentarnos a vernos a nosotros mismos en los cuerpos de otros. Nos sentamos a oscuras, anónimamente, en público, a pensar cómo actuamos y reaccionamos en situaciones como las que los actores viven por nosotros en escena y que, en general, se parecen a las que estamos viviendo, hemos vivido o viviremos en la realidad. Esto viene ocurriendo en todos los teatros de todas las sociedades de todos los tiempos, con mayor o menor acierto formal y conceptual. Pero en todos. El teatro es el inconsciente de la realidad, reprimido y no expresado en el día a día, ni en los periódicos ni en la televisión ni en las calles, y de pronto revelado en escena. El teatro es una herramienta de autoconocimiento, diagnosis y catarsis única e irreemplazable de una sociedad. Es lo que le permite no creerse del todo sus propias mentiras. Mantiene el principio de realidad cuando la soberbia de una sociedad exitosa (o el sector exitoso de una sociedad) empieza a hacerle creer sólo su sueño construido, su decorado y su propio mito. El teatro contribuye a desenajenar a una sociedad; es uno de sus antídotos contra la locura colectiva. Su función antropológica es tan importante como la sanitaria de los servicios de salud. El teatro –como las demás actividades culturales y artísticas de una comunidad– cumple una función social insustituible, brinda un servicio público. Y toda cultura avanzada y progresista lo tiene y lo ha tenido como uno de los pilares del estado de bienestar.

Por ello mismo, cuanto más privada se vuelva una industria teatral, cuanto más regida esté por una rentabilidad puramente económica y no social (sólo medida por pérdidas y beneficios económicos), más riesgos correremos de tener ante todo un teatro anestesiante. Tendremos más photoshop y menos espejo. El teatro debe incomodarnos, cabrearnos incluso, no complacernos ni contentarnos. Debe ser incluso más reactivo que catártico. Si no, mejor que no sea nada. Lo peor es el circo disfrazado de teatro. En la Antigua Grecia era catártico, pero movilizante. Era ver actuar para actuar. Ver historias temibles o deseadas para hacer luego en la realidad cosas que impidieran que sucedieran unas y se produjeran sí, en cambio, las otras. No deberíamos volver a permitirnos tener ante todo un teatro burgués, de pasatiempo y anestesiamiento. Está muy bien sentarse a aceptar en una butaca aquello que no podemos cambiar en la vida, pero el teatro debe poder volver a sorprendernos siempre con que muchas cosas –no todas, pero sí muchas– pueden cambiarse gradualmente, a lo largo de un proceso, poniéndose el propio teatro de ejemplo. Eso es, de hecho, el teatro: un proceso de creación colectiva. Primero hay nada, luego una idea, un folio en blanco, unos primeros esbozos, luego auténticos diálogos, ensayos, prueba y error, pérdida del miedo, construcción de la confianza al reconocernos iguales en la desnudez más básica, mucho trabajo común, hasta que la obra por fin se monta y sacude a otros que se redescubren vivos y se marchan a sus casas, al contrario de como habían llegado, con más preguntas que respuestas y, en alguna medida, renovados. Siquiera un poco. Y el único modo en que el teatro puede provocar esta reacción, esta silenciosa autocrítica no acusatoria que cada persona acepta hacer íntimamente en público al autobservarse descarnadamente sin sentirse expuesto, es ahondando con valentía en las pasiones humanas y en nuestras más temidas contradicciones, con textos que nos recuerden la muerte, el límite y todo lo que más queremos olvidar y que sin embargo más sentido y fuerza da a la vida. Un teatro que no recuerde la muerte es circo.

El teatro construye así otro relato de la realidad. Relaciona de un modo distinto lo existente para dar una nueva lectura a lo que damos por sabido. Y lo hace con una vocación de verdad insobornable. Por eso ese relato suele ser despiadado y nada complaciente, pero nos permite volver a reconocernos, incluso con dolor, cuando nos sentimos perdidos en medio de las mentiras que para poder funcionar nos contamos en la sociedad productiva donde lo humano apenas cuenta, donde nos tratamos como robots, ajustados a una lógica y a un código de relación industrial, no social. El teatro es pobre por naturaleza (más allá de la acertada y luminosa concepción de Grotowski). Quiero decir: raramente persigue intereses económicos. No es una actividad a la que uno  se entrega como actor, autor o director para forrarse (excepciones las habrá, como en todo, y cegueras de este tipo, por qué no… pero no es lo frecuente). El teatro no garantiza grandes audiencias. Y muchas veces, posiblemente, no tiene ni razón en sus planteamientos. Pero, cuando está bien hecho, tiene verdad, y si no da con la verdad, al menos la señala, planteándonos preguntas de alta calidad, de esas que, sin el arte, no nos haríamos tal vez nunca. Preguntas de tan alta calidad que contienen ya la mitad de su respuesta. Por eso el teatro ha incomodado siempre al poder. Por eso sigue existiendo. Por su relación casi radical, insobornable, con la verdad humana, llena de contradicción y conflicto, dos aspectos inherentes a la vida que las sociedades contemporáneas buscan desterrar por todos los medios, aunque los vivamos a diario en nuestro continuo y desgastante esfuerzo por normalizarnos como piezas de fábrica. Pero estamos tan deseosos de verdad, de poder decir o escuchar verdades, que hasta quizá por eso triunfa tanto el cotilleo. Ese es acaso el único ámbito social en el que reconocemos la verdad: cuando, en ausencia del aludido, lo ponemos a parir. Sólo que en el cotilleo coqueteamos con medias verdades mezquinas para reforzar nuestra autoestima al infravalorar a los otros, todo lo contrario que en el teatro, donde construimos autoestima al asumir nuestra propia sobrevaloracion de superhombres para volver luego a la realidad más humildemente, devueltos a nuestra escala, conscientes de nuestra mezquindad pero también de nuestra posibilidad de transmutarla en empatía, en generosidad y comprensión de los demás.

Ir al teatro es, así, hacer un viaje al interior del sueño colectivo para despertar después a la realidad, alterados. Esto es: tocados por la alteridad, por la vivencia de ser otro, o de identificarnos con quien podríamos ser nosotros en el sueño pero sin tener ya el control de la situación, como creemos tenerlo muchas veces en la realidad. En los sueños –como en el teatro, cuando somos espectadores– no podemos hacer nada: es la vida la que hace algo con nosotros, no nosotros con ella. No vivimos la vida; la vida nos vive permitiéndonos vernos vivir e incluso morir, sin matarnos. El teatro, en suma, es un viaje a la muerte en el que no morimos. Volvemos a la realidad como quien renace, por eso solemos salir del teatro (o del cine, o de un concierto o de una exposición que nos ha conmovido) más enamorados de la vida que del mundo, más enamorados del misterio que de la explicación. Y eso, lejos de desesperarnos, nos serena –o al menos a mí me serena– porque hemos entrado en contacto con la profunda convicción de que, hagamos lo que hagamos, o no hagamos lo que no hagamos, vamos morir de todos modos. Como tantas otras disciplinas culturales, el teatro brinda el servicio público de hacernos filosofar, que, como escribió Montaigne, es básicamente aprender a morir. O lo que es lo mismo: a vivir, pero naciendo, no desde el pasado, sino desde la propia muerte, que es nuestro fin y que hace de cada segundo algo maravilloso y último.

El poder puede darnos así sólo pan, pero nosotros –ya no como gente de teatro, los que los seamos, sino como ciudadanos– podemos evitar en cualquier caso que haya también sólo circo. Podemos y deberíamos aprender a defender el teatro como espacio público y servicio social, aunque no nos ‘beneficiemos’ directamente de él, aunque no vayamos nunca a ver un espectáculo. Pero deberíamos aprender a defenderlo como se defiende una escuela pública, un parque o un hospital, por mucho que uno no los frecuente o tenga la suerte de gozar de buena salud. La cultura tiene que ver profundamente con nuestra sanidad. Con nuestra psiquiatría social. Ni siquiera en tiempos de crisis deberíamos renunciar a reivindicar nuestro derecho a que la cultura –y el teatro como parte de ella– sea contemplada y atendida como merecemos en los Presupuestos Generales del Estado.

PD 1:
Al hablar de Estado, hablo de nosotros mismos. Los gobernantes no tienen poder sobre lo que es de todos; sí tienen delegada por nosotros una responsabilidad administrativa, que somos responsables de que cumplan como deseamos, pero no ‘poder’. Esta sociedad debería empezar a pensar ya en términos de derechos adquiridos irrenunciables. El derecho a la información, a la elección o no de un credo religioso, a contar con un Sistema Nacional de Atención a la Dependencia o a abortar en determinadas condiciones ya establecidas, por ejemplo, no son concesiones de un poder de turno: son derechos inherentes a los individuos de una sociedad, gobierne quien gobierne. En eso, la sociedad francesa es a todas luces ejemplar. Los gobernantes podrán gestionar mal una crisis, aumentar los impuestos y recortar los presupuestos, pero los derechos adquiridos no se tocan; la sociedad no lo permite, consciente, de generación en generación, de lo que costó conseguirlos. La economía puede retraerse; nunca el Estado de Derecho. Y el acceso a la cultura que una sociedad produce para mirarse y reconocerse en sus contradicciones y no enloquecer megalómanamente es un derecho irrenunciable que no deberíamos permitir que se sesgue, ampute o se reduzca corruptamente a lealtades partidarias que conviertan la pluralidad cultural polifónica de una sociedad en mera propaganda unívoca de la voz del que se sienta en lo más alto. Sobran los ejemplos de dictaduras y totalitarismos que, por no dar voz a todas las voces, han mostrado una sola cara del ser humano: la peor, la de la violencia. La de ceder a la violencia. Sobran represiones en la vida como para, justamente en los momentos críticos, ser especialmente selectivos en no reprimir ante todo la violencia. El teatro –y el arte en general– transmuta nuestra agresividad en energía creativa. Si nos dejamos a nosotros mismos sin espacios de regeneración de nuestra propia energía agresiva, liberaremos inevitablemente violencia.   

PD 2:
Sé que aun sin apoyos, becas ni subsidios, Van Gogh, Pessoa y Kafka, entre muchos otros, lograron hacer sus obras. Cierto es también que el arte es anterior a los Estados: todas las comunidades de todos los continentes de todas las eras hicieron arte. Y está claro que las personas seguiremos produciendo y consumiendo arte incluso en las peores condiciones, haya o no dinero, e incluso desafiando al poder y a las censuras de las peores dictaduras. La historia es generosa en ejemplos. Pero nada de eso implica que deba ser lo deseado en una sociedad que dice, como esta, aspirar al progreso y lo civilizado. Sobre todo porque la Historia es aún mucho más generosa en ejemplos de qué grandes obras en las que hoy tanto nos gusta reconocernos es capaz de desarrollar el hombre cuando cuenta con apoyos, ya sea de Estados o mecenas, y no de clientes de un mercado que demanda a la medida de su propia cultura o poder adquisitivo: obras que, lejos de diezmarnos, aún hoy nos enriquecen al redimensionarnos a nuestra escala real, salvándonos de la locura y de los continuos simulacros de inmortalidad que nos construimos para negar el tiempo y la muerte. No hay, además, mejor censura que la de una misma sociedad, con su olvido o su indiferencia. Las sociedades jerarquizan sus propias creaciones culturales, reconociéndolas al reconocerse en ellas, sin necesidad de que el poder les diga en qué están ellas retratadas y en qué no. Y cuando una sociedad jerarquiza o consensúa ante todo el desinterés por la cultura, mal vamos. Está quizá cediendo indolentemente terreno a la violencia. La única solución: más educación y más cultura, más alla de toda rentabilidad económica. La falta de rentabilidad social es siempre, más tarde o más temprano, la peor de la bancarrotas económicas. En esto también sobran los ejemplos.

PD 3:
Cultura, esa palabra… Tirar cabras de un campanario –podría decir alguien– es también cultura, incluso algo ‘humano’. Lamentablemente reflejó quizá en otro tiempo a una parte de una sociedad, sí, como matar negros o judíos, pero dudo realmente de que aún hoy, por suerte, nos refleje por aquí. ¿Dónde está entonces el límite de lo cultural y lo humano en su sentido más civilizado? Básicamente, creo, en escapar de todo gesto psicopático con cualquier otro ser vivo. Esto es: no necesitar el mal de otro para estar bien uno. No hacer del dominio y la vejación de otro –más débil, en fuerza o número, sea de la especie que sea– la base de nuestro ocio o ‘enriquecimiento’ personal, por cultural que nos contemos que es o se lo haya considerado así alguna vez.

PD 4:
Gerard Mortier, el director artístico del Teatro Real (que perderá un 30% de la aportación pública en 2013), ha estado claro: «Hay que acabar con la idea de que el arte es un lujo y dejar de decir que es difícil dar dinero a la ópera cuando se están cerrando escuelas o quitando camas de hospital. Eso es demagogia. Lo social y lo cultural forman parte de un mismo sistema. Hay que encontrar la forma de repartir el dinero para la educación y el arte sin confrontarlos. Para mí fue muy duro ver cómo el IVA subía para el arte y no para el deporte; la marca España no puede ser solo Ronaldo —que encima esta triste—, porque dos años de subvención del Teatro Real es el sueldo de un año de ese futbolista». (El País)

* Las imágenes de esta entrada pertenecen a Urtain, montaje de la compañía Animalario, dirigido por Andrés Lima y co-producido por la propia compañía y el Centro Dramático Nacional a partir del texto original de Juan Cavestany y protagonizado memorablemente por Roberto Álamo. Ese es, por desgracia, un buen ejemplo de un nivel de excelencia teatral perdido. La propia compañía –Premio Nacional de Teatro en 2005– ya no puede afrontar montajes de ese calibre ni mucho menos salir de gira con uno similar, como lo hizo con este entre 2008 y 2010, poniendo en pie a las plateas de toda España y otros países en los que se representó. Como Animalario, muchísimas otras compañías están hoy varadas o en total quiebra. Gente en paro y Pymes cerradas hay muchas, lo sé. No se trata de una reivindicación corporativista: aumento de trabajo y presupuesto para actores, teatro y cine, etc. No. Se trata de señalar, más que un recorte de presupuestos (que también), un auténtico sablazo a derechos civiles, encubierto en variables económicas tras el no menos sangrante aumento del IVA al 21%, siempre exigido por Hacienda antes de que los propios contribuyentes puedan cobrarlo. Las SICAV deberían existir también para la cultura o no existir para nadie.

 

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25 de septiembre de 2012

Site: http://www.animalario.eu/company.html

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