Eva Llorach o la justicia poética

Eva Llorach o la justicia poética

* * * * *

 

Premio Goya

a la Mejor actriz revelación
por Quién te cantará, de Carlos Vermut

 

Premio José María Forqué

a la Mejor interpretación femenina
por Quién te cantará, de Carlos Vermut

 


Premios Feroz

a la Mejor actriz protagonista
por Quién te cantará, de Carlos Vermut

 

Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos

a la Mejor interpretación femenina
por Quién te cantará, de Carlos Vermut

 

Premio de la Unión de Actores

a la Mejor actriz revelación
por Quién te cantará, de Carlos Vermut

 

* * * * *


Lamento el símil futbolístico para quienes no puedan seguirlo, pero no encuentro uno que la defina mejor. Eva es a la interpretación lo que Xavi Hernández al fútbol: cuando ella tiene la palabra –como cuando él la pelota– no hay posibilidad de un mal pase. Máxima fiabilidad, sencillez pavorosamente compleja, delicadeza, precisión, hondura, pasión, compromiso, arte, motor del conjunto en que se integra, capacidad para marcar el ritmo según van sucediendo las cosas, plasticidad extrema tanto para ceñirse a una disciplina muy reglada como para improvisar en un orden abierto; inusitada regularidad en la excelencia. Su mínimo es siempre muy alto, de gran calidad. Cuando está en escena y tiene la palabra, los demás respiramos tranquilos, sabemos que todo irá bien. Los ya muchos que han gozado del regalo de su trabajo apenas, me temo, podrán enfatizar lo que digo.

Nos conocimos en enero de 2011. Hacía yo un curso de dirección teatral y necesitaba actores para una práctica en torno a Juan Gabriel Borkman, de Ibsen. Mi profesor de entonces, David Amitín, me animó a que pasara por toda la experiencia real de un director en las previas de un montaje y saliera de la zona de confort de tirar de actores amigos y conocidos con los que meramente solventar, sin más, un trabajo de curso. Me instó incluso a que convocara un casting y viviera la experiencia de hacer pruebas a varios intérpretes. Cogí sólo la mitad de su sugerencia y puse tímidamente un anuncio en una web de búsqueda y oferta de trabajo para actores, convencido de que nadie respondería a una convocatoria que no ocultaba que yo era apenas un estudiante de dirección y que la propuesta era sólo para un trabajo de curso no remunerado. Para mi sorpresa, recibí más de 50 correos de actrices y actores. Yo aún no tenía esta web ni usaba ninguna red social en la que se pudiera ver nada sobre mí. Ante tantos interesados, renuncié a convocar a varios y a hacerles pruebas (me parecía desproporcionado), pero vería, sí, muy a conciencia el material audiovisual que me habían enviado y haría mi elección sin molestar ni hacerle perder su tiempo a nadie. Y ahí, de pronto, apareció ella.

Su correo ya daba a sentir de inicio todo lo franca, verdaderamente abierta, sin poses y generosa que luego, con los años, una y mil veces, confirmé que Eva es. Incluía un enlace a un vídeo en el que recuerdo ante todo el fragmento de Once días de julio que encabeza esta página, un largometraje de Jorge Izquierdo, que Eva protagonizaba. Ahora, viéndolo otra vez después de años, redescubro en mí intacta la profunda impresión que me causó. La intensidad dramática de esa chica atravesaba la pantalla hasta tocarte. Hay algo que no depende del esfuerzo ni del talento ni de la técnica, algo que se tiene o no se tiene y que tenerlo no depende ni de quien lo tiene. Un cierto nervio, un vibrar, un punto más de temperatura en la sangre que hace que el temperamento de esas personas resuene en ti aunque tú no quieras. Un campanazo de catedral a tu lado. Algo que va debajo, detrás, encima, delante, a los lados y más allá de la voz, del lenguaje y de los gestos de quien todo eso parte. Es como un alma XL en un cuerpo M. Algo intangible que lo desborda en todo momento y que, si lo encauzas en algo creativo, dirigiendo ese exceso de energía, de pasión, de espíritu, te sale una Eva Llorach: complejidad humana altamente concentrada, sin cortar ni diluir. Al verla, no dudé ni un segundo de que de las más de 25 actrices que me habían contactado (las había buenas e interesantes) sería ella. Cualquiera con dos dedos de frente lo habría visto. Era alguien con un don.

Cuando acabé de ver el material de todos le escribí y quedamos en el estudio de dos artistas amigos en el que yo solía ensayar entonces. Desde que entró, todo fue rodado y fácil con ella: incluso en los momentos bajos, Eva vive en un continuo estado de gratitud, una continuidad en ese sentimiento que sólo puede venirle, estimo, de lo profunda y locamente enamorada que está de la interpretación. No exagero. Que se lo pregunten si no a su padre, que vio cómo ella, a sus treinta y tantos, dejaba atrás una vida cómoda y sin sobresaltos en Murcia para lanzarse a la intemperie total, sin red, tras su sueño en Madrid, asumiendo adulta y valientemente una dinámica de vida casi monacal y llena de dificultades evitables que uno solo puede soportar con alegría cuando lo desborda un entusiasmo tal que hay que remitirse a la etimología de ese término –’entusiasmo’: estar lleno de Dios– para entenderlo. Cuando llegó a Madrid, Eva, por no tener, no tenía ni el margen de comprensión que recibiría una inconsciente veinteañera que da un mal paso. Su apuesta era total, de esas que se ganan ya consumándolas.

Con ella todo fue también rodado porque, además de lo ya señalado, Eva es a la vez, por si fuera poco, una actriz con una inteligencia (racional y emocional) admirable. Flexible, versátil, meticulosa, agotadoramente curiosa, sin límite, te pone el listón muy alto y –si tienes también tú verdadera flexibilidad, escucha y capacidad de cambio, y no te crees en posesión de la verdad absoluta sobre tu propio material– preguntarle a ella qué piensa realmente de lo que estás haciendo, invitarla a hablar a tumba abierta de lo que se trabaja, es hacerte el mayor de los regalos, porque Eva dedica y ha dedicado a leer muy inteligentemente tu material como nadie lo ha hecho y, en determinados aspectos, ni siquiera tú. Lo hizo ya entonces en aquel primer trabajo sobre Ibsen –me envió siete estupendas páginas, impecablemente escritas, hablándome de Ella Rentheim a los pocos días de conocernos– y volvió a hacerlo cada vez que me regaló la generosidad de su tiempo y su trabajo.

Recuerdo, de hecho, la biografía ficticia que para ella misma, como parte de su proceso, escribió sobre Isabelle, el personaje de mi montaje Aún no consigo besar, llenando los vacíos de mi texto con material propio, de su imaginación, con un nivel de precisión y meticulosidad pasmosas. En aquella pieza Eva encarnaba a Isabelle Dinoire, la francesa a la que se le realizó el primer trasplante de cara hecho en humanos después de que su perro le arrancara el rostro a dentelladas, un montaje en el que Eva, sentada más de una hora de espalda al público, sin más que sus manos y su voz, daba una auténtica lección de teatro, básicamente porque, ya sea para la escena o para el cine, su interpretación siempre está llena. Más que frases, en los textos Eva ve ante sí puntas de icebergs. Bajo la superficie de la forma representada, ella parece crear un verdadero mundo, una vida llena de vivencias concretas que, al ir creándolas, ella misma habita. Convierte así esa ficción en una vida real y verdadera en la que convive hasta lo inimaginable con sus personajes, a los que parece ir conociendo y co-creando según los descubre a lo largo del tiempo. Sabe que nada de todo eso que ella escribe y apunta en sus separatas y con lo que va estructurando una biografía total, hiperdetallada y concreta de sus personajes podrá decirse ni asomar a la superficie en la obra o película en las que solo podrá decir las frases que aparecen en el texto o el guion original, pero no deja por ello de hacer ese trabajo metadramatúrgico porque sabe también que, a cambio, está creando un lugar sólido bajo sus pies ‘desde’ el que, más que decir unas palabras, hablará, verdaderamente podrá hablar convincentemente, con perceptible conocimiento de causa, de cada cosa que diga, quiera o no, llena de armónicos y matices que no se verbalizan, pero que vibran en torno a cada palabra dicha. Eva siempre expresa más de lo que dice, porque no dice meramente palabras, sino que sabe entera y profundamente de qué está hablando con esas palabras que le han dado para decir. Su arquitectura subterránea y la corriente de sentido que recorre toda su interpretación dan una sensación de continuo que solo así puede quizá adquirirse. Es un trabajo descomunal, que demanda –además de una inteligencia y una sensibilidad especiales– una atención y un tiempo que pocos están dispuestos a dedicar para un trabajo mayormente mal pagado. Porque esa es otra de Eva: para ella no hay realmente trabajos grandes y pequeños. Si los acepta, todos son grandes y se vacía en ellos por entera, por pequeños que sean de producción: ella los engrandece y dignifica siempre; entre otras cosas, porque ha decidido entronizar la pasión –antes que en la interpretación– en su propia vida. Y las artes escénicas y el cine, así lo vive ella, son territorios de la pasión. Quien no la ponga, que se abstenga. Jamás la he visto por ello tirar de oficio. Nunca. Para eso –lo tiene claro–, se vuelve a una oficina en Murcia. Es realmente una pena que ciertos procesos creativos sean en el cine tan cortos, porque impiden apreciar lo que sí en teatro con ella: Eva crece y crece y crece y crece y crece como pocas veces lo vi en una actriz según pasan las funciones y los días. Su comprensión (que no meramente su entendimiento) de lo que hace se ahonda y ensancha con el paso de las funciones hasta hacerse oceánica, por honda, poderosa, misteriosa y bella.

Como decía más arriba, nos conocemos desde hace ya bastantes años. Eva me ha regalado, además de su talento, su hermosa amistad. La he visto por ello actuar muy de cerca muchas muchas veces, en cientos de contextos diferentes, con gente muy diversa, en propuestas de todo tipo, siempre invicta, en drama y en comedia. La he visto no parar un solo día de estudiar, de formarse, de aprender, de ver cine a conciencia, de leer, de trabajar y de ir ganándose silenciosamente el mejor premio que se puede tener y que no lo iguala ningún Goya: el respeto y la admiración creciente de sus pares. Muchos nos hemos alegrado de corazón por el reconocimiento que ha ido recibiendo en los últimos meses, ahora coronados con su Goya. Yo se lo he dicho a ella y aquí lo repito: el suyo alegra tanto a tanta gente acaso porque es un premio a una causa justa. Otra vez, el símil con Xavi. Cuando nadie en sus inicios esperaba gran cosa de él, obtuvo contra todo pronóstico la gloria que se merecía, ganándolo todo con el Barça de Guardiola y la Selección española. Hoy es visto incluso por muchos como el mejor futbolista de la historia de este país. Como en su caso, en el tuyo, querida Eva, uno también comprueba que la justicia poética existe. Por eso nos alegramos tanto. 

 

* * * * *

 

Site: https://www.instagram.com/eva.llorach/?hl=es