Exploración de movimiento

Exploración de movimiento

Julio Pane & Juanjo Domínguez | Leopoldo Federico | Orquesta Escuela de Tango | Astor Piazzolla | Julio De Caro | El arranque | Salgán & De Lío | Julián Plaza | King Edi K | Robert Schumann | Ivan Moravec | Johann Sebastian Bach | Dustin 0’Hallaran | Domenico Scarlatti | Alexandre Tharaud | Gui Boratto | John Tejada Remix | Glenn Gould | Rob Moose and Chris Thile | William Byrd | Frédéric Chopin | Lucas Debargue | Márcio Faraco 

«’Sé qué es la danza…’ Lo bloquea todo. ‘Sé qué es un bailarín’… Lo bloquea todo. ‘No lo sé, no lo sé, pero tengo mucha curiosidad’. Lo único que debes tener dentro de ti es deseo. Si lo encuentras en ti, sólo síguelo, pero no lo etiquetes, no le pongas un nombre: no digas ‘Danza’, no digas ‘Bailarín’. Estate aquí y disfruta de tu tiempo, mantente abierto y despierto».
Rainer Behr

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La impro y la renuncia a la voluntad


No siempre lo consigo, pero en mis impros suelo intentar que el propio saber que no sé cómo será lo que surja en el próximo segundo y el siguiente milímetro pueda ser para mí una apertura a un tipo de conocimiento que nace de renunciar a mi voluntad de hacer yo algo con la música para dejar, en cambio, que sea la música la que haga algo conmigo. Yo solo intento dejarme afectar. Dejar que las cosas le pasen a mi cuerpo como le pasó nacer, enfermarse, enamorarse, desenamorarse, verse bajo la lluvia o el sol, envejecer, sin que nada de eso dependiese enteramente de mí, como no dependerá tampoco, un día, morir. Intento así dejar que también la danza me acontezca y acatar cuanto suceda. Una predisposición que empieza en los estiramientos, en los que todo pasa no por querer llegar más lejos, sino por ir entregando gradualmente el propio peso a la tierra, soltar el peso de la cabeza, renunciando a todo rastro de tensión y voluntad, respirando sin más. 

Con esta actitud aspiro al menos a predisponerme así a que sean la propia música y el espíritu y el carácter de otros creadores que en ella laten y anidan los que bailen con todo lo que no sé que ya sé, con todo lo que no sé que mi cuerpo ya sabe y ha ido incorporando en pasadas sesiones de trabajo para moverme ahora, en cada impro —más por reacción que por acción premeditada—, desde un plano de conciencia corporal más profundo que el de la inteligencia lógica, que siempre busca organizarlo todo con vistas al cumplimiento de un plan, regido no por la creatividad, sino por la productividad; mucho menos por la creatividad artística, que es per se improductiva en términos utilitarios, funcionales, pero que no obstante está siempre llena de sentido al relacionarnos, desde la pura gratuidad, con el misterio de esta vida que nos va viviendo sin que dependa enteramente de nosotros estar vivos, respirar, disponer de un cuerpo, poder desplazarlo por el espacio en todas direcciones.

Se trata así, digamos, de una ‘conciencia corporal inconsciente’, pacientemente cimentada a lo largo de la formación técnica realizada a conciencia por cada intérprete. Todo cuanto la constituye y cimenta —clases, ensayos, ejercicios, repeticiones, pulido de formas, colocación del cuerpo, análisis y construcción del movimiento, lecturas, visionados, estiramientos, lesiones incluso, fases de reposo y recuperación, equilibrio nutricional, autodisciplina para no instalarse en zonas de confort—, todo ese minucioso criterio pacientemente trabajado, sedimentado, acumulado y literalmente incorporado en horas críticas acude entonces puntualmente en nuestra ayuda en esas impros, como si todo eso constituyera de pronto algo así como los invisibles brazos de la danza, que nos sostienen pese a todo, pese a la gravedad de este tiempo y de este espacio, y nos empujan lúdica y creativamente al movimiento, sosteniendo con ligera gracia nuestro difícil equilibrio y amortiguando, aun más, con suavidad, nuestras inevitables caídas. 

El espacio vacío al que una impro nos aboca, más que horror vacui, genera así, al menos en mí, una suerte de benedicto vacui. Un vacío bendito, que acoge y no horroriza. Más que ceñirme a los tiempos, las direcciones y los movimientos premeditados y preestablecidos de una coreografía, que es mayormente un orden cerrado, un relato, la impro me abre, más bien, a una relación no mediada ni establecida que nace y va gradualmente naciendo del encuentro de dos ignorancias: la de una música no compuesta para mí ni para un orden de mis movimientos —que hasta yo mismo desconozco— y la mía propia, mi propia ignorancia, ya que tampoco yo he compuesto nada para esa música con la que acepto bailar en un devenir abierto e improvisado en el que, además, uno se ejercita en aprender a tomar por bueno todo lo que ocurre, como propone el Eclesiastés.

La impro tiene así algo de relación amorosa y —al igual que esta— surge, al fin de cuentas, de una ignorancia similar entre dos desconocidos que, en determinado momento, acaban por encontrarse en el mismo espacio y el mismo tiempo y se relacionan desde donde humanamente pueden, vulnerables y en carne viva, llenos deseo, sólo por el propio gusto de entrar en relación y celebrar juntos la gravedad, el ser terrestres, ni elevados ni profundos: superficiales, superficiales por naturaleza entre dos llamaradas, la del Sol en lo más alto y la del magma en lo más hondo de la Tierra. Como dice Hugo Mujica, ante la gratuidad de la existencia, gratitud. Gratitud no por esto ni por aquello, sino porque pudimos no haber sido y nos aconteció ser. A la marcha de la historia, antepongamos por ello, como quería Nietszche, la danza de la vida, esa inmensa y colosal no leader impro.

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