Fernando García Curten

Fernando García Curten

20 AÑOS DE LA APERTURA DE LA CASA MUSEO
DEL GENIAL ARTISTA ARGENTINO

 

Es uno de los grandes maestros del arte del desecho del siglo XX y, sin duda, el gran olvidado de las artes plásticas americanas. Rebelde y radical, ajeno a las modas y a toda corriente estética, Fernando García Curten –73 años, argentino-español, hijo y nieto de asturianos– no participa en certámenes, no va a inauguraciones y, con excepción de una amplia muestra de sus dibujos organizada hace ya unos años en Buenos Aires por artistas amigos, tampoco expone sus obras más que en su propia casa, abierta al público desde hace 20 años, cada día. Tampoco vende sus esculturas ni sus cuadros; apenas, algunos de sus dibujos. Donó gran parte de su obra a la Municipalidad de San Pedro, el pequeño pueblo a 130 kilómetros de la capital argentina que en 1992 declaró el lugar en el que nació y vive Casa Museo, una de las primeras en el mundo oficialmente otorgadas a un artista vivo. Desde su apertura —de la cual se han cumplido ya 20 años el pasado 20 de noviembre—, la Casa Museo fue tres veces declarada de Interés Cultural por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y visitada, silenciosa y sostenidamente, en forma gratuita, por más de 300 mil personas de Argentina y el extranjero.

«Si Fernando García Curten hubiera nacido en Londres o en París –sostiene Abelardo Castillo, uno de los grandes escritores vivos de la Argentina–, si aunque más no fuese viviera en Buenos Aires, alguien habría visto ya en su obra lo que Sartre en la de Giacometti: una personalísima visión metafísica del mundo». Sin embargo, este dibujante, grabador y escultor –este «genial artista», según las palabras de Ernesto Sábato– vive y trabaja lejos del mundanal ruido, a orillas del río Paraná, en el cruce de las calles Mitre y Pavón de San Pedro. Allí se levanta la ya histórica Casa Museo que lleva el nombre del artista y en la que él mismo nació en 1939. Su vida, no obstante, tal vez comienza de forma determinante 26 años más tarde, en Los Angeles, Estados Unidos, al conocer y palpar de cerca la inminencia del terror nuclear y sus posibles consecuencias, que marcarían a fuego su producción futura. 

Por aquellos años, entre 1965 y 1967, en los más sordos tiempos de la Guerra Fría, García Curten limpiaba refugios antiatómicos por las noches junto a su infatigable esposa, la excelente poeta y maestra de danza Susana Tosso, con el temor de ser enviado al frente vietnamita: su condición de residente extranjero le exigía inscribirse en el ARMY y, llegado el caso, aceptar ser enviado al frente. Mientras tanto, casi sin poder evitarlo, se buscaba en sus primeros cuadros, definía un rumbo, una ética y, sólo entonces, a partir de ésta, quizá también una estética. Acaso sin saberlo, comenzaba a definir una visión del mundo a contramano del mundo a la que no estaba dispuesto a renunciar. ¿Cómo encontrar, sin embargo, en ese contexto una forma que expresara brutalmente la verdad y que a la vez diera espacio a una posibilidad real, concreta, a una fe, a una apuesta aún posible en favor de la trascendencia? Se encontraba, como diría Paul Auster, ante esa instancia crucial en la que el mundo (su mundo, su ideal) estaba en su cabeza, y su cuerpo, biológica, fatalmente en el mundo. Ya no era ni volvería a ser el mismo. Comenzaba a ser Fernando García Curten.

Durante los años de la transformación, recorrió un tiempo más el mercado y las galerías: expuso en Los Angeles, California, Illionis, Houston, Texas, Washington, Barcelona, Madrid, Mallorca, Buenos Aires, otros puntos de la Argentina. Sus obras se fueron desperdigando en colecciones públicas y privadas de España, Brasil, Nicaragua, Italia, Venezuela, México, Bélgica y Estados Unidos. Obtuvo becas, primeros premios, menciones honoríficas; conoció el reconocimiento. Sin embargo, en 1977 dejó de participar en certámenes y, en 1990, de exponer, de vender sus cuadros y esculturas. Cansado de todo, viviría de la docencia, de otros oficios incluso, pero se dedicaría ante todo a conseguir que el arte, «el medio más antiguo y sagrado de comunicación», volviera a ser algo que «permita compartir y no meramente competir, como pretende la civilización moderna». Había alcanzado, en suma, aquel punto tan bien descrito por Meister Eckhardt: «Era lo que quería y quería lo que era».

LA CASA

Siempre con el apoyo crucial de su mujer y sus dos hijas, se recluyó en su casa natal heredada y, tras duros años de subsistencia, a comienzos de los 90, estuvo a punto de emigrar a España, aconsejado, entre otros, por Ernesto Sábato. «Vivir y crear en la Argentina es hacerlo en la periferia –le dijo entonces el Premio Cervantes 1984–. Vivir y crear en San Pedro es hacerlo en la periferia de la periferia. Salga de ahí; ahí lo van a destruir». Ese mismo año, Sábato había descubierto las esculturas del dibujante: «Yo conocía los admirables dibujos de García Curten desde hacía tiempo –explicó el escritor–, pero estas esculturas me sorprenden. Están hechas con restos, casi fósiles, dramáticos y, sobre todo, trágicos, como lo es siempre el gran arte: trágico». «¿Por qué España como destino para emigrar? Mi padre y mi abuelo –explica el artista– eran asturianos, este último, minero, y, como ellos, también yo soy español, y así me siento. La Guerra Civil, Goya, Velázquez, Picasso, Mieres, el río Caudal de mis ancestros son constantes, ya no en mi obra, sino en mi vida. Mi relación con España, pese al tiempo que llevo sin ir, es intensa y frecuente. Tengo allí, además, grandes amigos con los que el contacto es permanente y, ante todo, tengo la deuda aún pendiente de arrojar las cenizas de mi padre al Caudal».

Finalmente, en 1992, el municipio bonaerense de San Pedro ofreció al artista un plan para que permaneciera en Argentina: un convenio por el cual, si aceptaba, su casa pasaría a ser Casa Museo, con entrada gratuita y atención personalizada de él mismo. Continuaría a su vez funcionando allí el Taller de las Artes, dirigido desde hace ya 37 años por Susana Tosso, en el que chicos y adolescentes, algunos sin recursos y becados, son instruidos en danza y expresión corporal, desde una perspectiva integral que incluye la plástica y la literatura. García Curten aceptó la propuesta y acentuó el compromiso: en un hecho sólo comparable con el del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, legó a la comunidad de San Pedro una parte de su obra, tasada por la legendaria y prestigiosa galería argentina Van Riel en casi 20 millones de euros. Hablamos de 35 esculturas, 800 cuadros y más de 5 mil dibujos. 

«No lo he hecho por generosidad —explica el escultor— sino por justicia. A algunos les molesta o les incomoda que uno hable en estos términos, pero las modas pasan y, en el fondo, siempre queda una verdad: el arte, que es la cultura más el alma, existió en toda la historia del hombre para reparar su realidad destruida por el miedo a la muerte. El artista busca meterse en la esencia de nuestra condición para, de algún modo, reparar esa realidad destruida, sublimándola y recreándola en un plano más alto. Y lo importante de este mecanismo es que no sólo se da en el creador sino también en quien contempla la obra. Por eso, cuando es auténtico, un artista sabe bien que esa obra que surgió de sus manos no le pertenece. Sabe que está trabajando en nombre de todos. Sabe que es sólo un representante de su época y de su tierra. Esa es la razón por la cual, y en contra de lo que dice el mercado del arte, las obras deben volver a la gente. De la gente nacen y a la gente deben volver».


BASURA Y TIEMPO

Tantas veces comparado con Ensor y Giacometti, entre otros, García Curten elabora sus esculturas con trozos de sillas rotas, ramas, huesos, redes, sogas, trapos, juguetes viejos, clavos, alambres, nudos, física en descomposición y, en especial, tiempo: como los japoneses de la antigüedad, García Curten intenta y logra apropiarse del tiempo como material artístico. En pocas realizaciones del arte contemporáneo puede hallarse una deliberación tan extrema por imprimir a las obras la pátina del tiempo, la roña inimitable, el deterioro, la oxidación real, el envejecimiento como material estético que, en el complejo campo de la semántica de la imagen, expresa con fuerza el esplendor sin brillo de una civilización cansada, casi vencida por su propia historia y por su impotencia interior para vencer espiritualmente su lucha contra lo material. «El arte no formula –dice García Curten–: como quería José Donoso, encarna». El escultor confiesa incluso sentirse de algún modo elegido por el desecho, incrustado en él por la vida, como si algo, tal vez la época, lo hubiera empujado a rechazar la anacrónica fidelidad del mármol, la nobleza del grafito o del papel Conqueror para alcanzar sólo desde el desecho su personalísima e incomparable impronta: técnicamente brillante en las tres facetas de dibujante, pintor y escultor, García Curten ha alcanzado un punto en el cual, trascendida la técnica, puede concentrar ya su atención más en los alcances de la expresividad que en las formas de la expresión.

La expresión es gesto, acto, la obra en sí, lo que se materializa, lo que se hace objeto y finito; la expresividad en cambio es el carácter, el espíritu, la vida, lo metafísico, lo que excede y trasciende a la obra, lo que ésta, y ya no el artista, comienza a expresar por sí sola, independiente y autónomamente más allá del hombre que la produjo. Si la expresión es entonces lo que se materializa y se hace objeto, la expresividad en cambio es lo que, desde los límites de lo material, se espiritualiza y se vuelve infinitamente vital. Las muchas notas y reseñas que celebran su obra lo confirman. En ellas la ausencia de comentarios específicos sobre su destreza plástica son sin duda el mejor elogio que recibió en años: ya Ovidio decía que el arte consiste en que no se lo perciba. Al ver sus obras, el espectador recibe un golpe estético sin costuras, sin tramas. La mano del creador no está. Lo técnico es, como en pocas obras, sólo el medio de comunicación: García Curten se sirve de lo material para representar lo espiritual, plasma en lo finito la expresión de lo infinito, presenta lo muerto para ahondar lo vivo y con los materiales con los que otros fabricaron objetos útiles que han dejado de serlo, él creaofrece imágenes benéficamente inútiles. Cree en la inutilidad de la obra artística, en su incapacidad de ser práctica, pero a la vez en la gran utilidad de ésta para mejorar la vida y al hombre. Sostiene incluso que la valiosa inutilidad del arte, aquello que le da valor y no meramente precio, reside en su esencia, la cual, por mucho que alguien haya pagado por un cuadro, lo priva de poseerlo. Arte, entonces, como todo aquello que nos deleita sin que sea nuestro, sin que, por mucho que paguemos por él, pueda ser nuestro. Una obra es siempre una plusvalía simbólica que todo creador genera a partir de una riqueza cultural heredada y con la que él ha podido construir, no sólo su obra, sino ante todo su identidad, un ‘lujo’ no al alcance de muchos que, por razones de subsistencia o exclusión, no han tenido ni la posibilidad ni el tiempo de construir su identidad y configurar un relato propio de la realidad; esto es: establecer él una relación personal de los elementos de la realidad para relatarse él mismo el mundo al margen de lo que el poder le cuenta que el mundo es, el primer paso de la libertad individual. Toda obra de arte suple esa carencia y permite que los individuos alienados y enajenados más vulnerables y desasistidos educativa y culturalmente de una comunidad puedan leerse a sí mismos en esas creaciones, y generar así autoestima social y descubrir incluso que lo que piensan en soledad es también un relato plausible de la realidad, más allá del que el poder les impone. Por eso, el arte ha molestado y molesta siempre al poder. Por eso también García Curten cree –a contramano del mundo– que toda obra de arte, como plusvalía simbólica que un creador genera a partir de lo recibido, debe volver sin impedimentos ni exclusiones económicas a la comunidad en la que él creció y en la que él pudo desarrollar su creación.

SIN DIOS NI PODER

Es por eso, siempre según García Curten, que el arte no sólo no conoce el poder sino que incluso lo niega. Es anárquico o no es. Expresa el anarquismo esencial de la vida, que no denota, como muchos pretenden, la ausencia de poder sino la presencia de éste en iguales proporciones para todos y, entonces sí, más elípticamente, la ausencia total de lo que se mal llama poder, en rigor un verbo, el inicio de un larguísimo repertorio de familias verbales: poder comer, poder leer, poder estudiar, poder viajar, poder bailar, amar, poder ser. Nadie innatamente, por condición humana, está privado de ese verbo ni de su repertorio de familias verbales, lo cual inequívocamente significa: no existe el poder como sustantivo. «El anarquismo —que muchos confunden con un fenómeno de bombas que no cayeron precisamente sobre Nagasaki, Hiroshima, Bosnia, Somalia, Afganistán, Irak ni sobre ningún otro territorio ‘beneficiado’ por las ‘tareas humanitarias’ de la OTAN— niega a cada momento esa nefasta trampa verbal que unos pocos, hace ya muchos siglos, han adulterado en sustantivo para someternos más. El arte, cuando es auténtico, desnuda esta realidad, denuncia esta trampa». Las obras de García Curten también.

Humilladas, mutiladas, vitalmente agonizantes, cercanas como el hombre moderno a lo devastado, sus figuras no obstante aún pueden. Todas puedenEl ciclista de Hiroshima aún escapa: rechaza el horror, no cede a él, lo denuncia desde su pedalear. El Cristo para armar aún agoniza, literalmente aún lucha, como señala Castillo, no cede a la crueldad, al egoísmo, a la injusticia, a la impiedad y, desde su crucifixión, denuncia una a una esas brutalidades. La silla de Van Gogh funde admirablemente en un mismo bloque al pintor y su obra y habla, aún habla y señala que un hombre es y continuará siendo sus actos, condenado a parecerse más y más a lo que, por omisión o acto, va volcando sobre el mundo. Todas sus figuras pueden. Todas postulan: cambiemos el mundo. 

«Yo no pertenezco al admirado círculo de los ‘grandes artistas’ que, en su obra, logran la pura, la serena belleza; los que digamos que en ‘cósmicas armonías’ son algo así como la prolongación de Dios en la Tierra, ni al círculo de los que con ‘infinita bondad’ purifican los espacios… No, no… Por fortuna y por desgracia, pertenezco a la desventurada y querida especie humana y estoy metido en su enajenación y en su desdicha. Esta especie que ha producido unos pocos santos y demasiados torturadores, asesinos, fabricantes de armas, de hambre. Siento la parte de culpa que me toca y, con basura y piedad, construyo mi obra, concibiendo el arte como un pesado esfuerzo para contrarrestar el desastre, como una manera de asumir el caos, mostrarlo y, a partir de ahí, quién sabe, encontrar, si existiera, la punta de una esperanza. Para mí y para los otros».

«Ateo gracias a Dios», como sugirió Buñuel, García Curten pertenece además a esa rara especie de no creyentes profundamente religiosos. Y ahí lo fundamental: el escultor se declara ateo. Todo el tiempo lo remarca. Eso lo vuelve conmovedoramente místico: «’Dios ha muerto’, dijo Nietzsche, y muchos se lo han creído. Sin embargo, el gran problema del hombre sigue siendo Dios, exista o no, y a raíz de no asumir esta realidad, se hace día a día más evidente la pérdida de idea futura o de permanencia, de ese más allá que impregnaba nuestras culturas y en el que siempre se pensó en otro tiempo. Yo me considero ateo, sí, pero estoy seguro de vivir de una manera religiosa: quiero encontrarle un sentido a la existencia del hombre. Me niego a que todo se reduzca a un hoy en el que lo único que importa es disfrutar de ciertos lujos o morir de hambre, según sea la suerte que se haya tenido de nacer en una u otra situación».


SUS DIBUJOS

Hechos sobre cartón o en papeles de las más diversas calidades, los dibujos de Fernando García Curten —que se cuentan de a miles y abarcan más de 40 años de producción— son ya así un simbólico diario del mundo contemporáneo, rebeldemente aceptado por un hombre que se niega, una y otra vez, a maquillar en el arte lo que de inmediato, precario y doméstico tiene la vida. Como sus esculturas con desechos, sus dibujos están realizados con materiales ‘no homologados’ por las más solemnes pinacotecas. Todo vale: desde los corrientes bolígrafos Bic —lo que más usa— a fibras con alcohol, pasando por auténticas manchas de café, mugre o, incluso, el rastro que una brasa de tabaco deja al perforar accidentalmente un dibujo. La quemadura pasa así a ser admirablemente parte de una obra que otros habrían dado por perdida. García Curten acepta lo que llega a sus manos pero, desde su rebeldía, lo reelabora y no cede a la tentación de hacer de eso un yeite. Su mano, más que dibujar, tamiza. Destila un mundo que deja en tintes sobre el papel su huella, testimonio de aquello que fue y está siendo desde la perspectiva única e irrepetible de un hombre fatalmente doméstico pero preocupado como pocos por las condiciones de vida que observa. En sus dibujos conviven iconos de ayer y de hoy en una atmósfera dramáticamente absurda y familiar: cruces, macetas, girasoles, aviones, señalizaciones viales sin sentido, fusilamientos, pipas; pies, manos, dedos unidos no por articulaciones sino por clavos; pequeñas celdas de abeja numeradas, caballos que parecen perros, perros en cuerpos de caballos, ‘lamparitas Bacon’, sellos, caídas, margaritas, tanques, fotos, huellas dactilares, letras sueltas, citas, armas nucleares, jinetes, recortes de periódico, escaleras, Casas Museos, soldados, seres anónimos. A veces, autorretratado, él mismo. Otras: Cristo, Goya, Van Gogh, y siempre, como una constante de su producción, miradas de infinita tristeza.

Magistralmente incomprensibles, sus dibujos se limitan a expresar la confusión general a la que él no contribuye ‘explicándola’. El sentido artístico de un escritor, decía Proust, se mide por su grado de sumisión a su realidad interior. La frase bien puede aplicarse a García Curten, quien a una exposición de orden lógico prefiere la expresión de un conflicto interno o de una tensión que no se resuelve y que siente incrustada en sí. Cada trazo concentra el punto en el que los desbordes de la emoción y el reposo reflexivo del pensamiento se sintetizan con talentosa visceralidad en la punta de una bolígrafo, un lápiz, un fósforo, un dedo manchado de tabaco. Para decirlo de una vez: su mano acata. Nunca manda. Acepta y plasma lo que va surgiendo con auténtica honestidad, sin impaciencias ni ambiciones conceptuales de ningún tipo, sin anteponer la razón al instinto ni mucho menos convertir su arte en el de un surrealista profesional. Todo un acto religioso, sin duda. Fernando García Curten privilegia en todo momento la tensión de dos fuerzas en pugna que, sólo juntas, sabe, pueden llevar en sí algo de verdad, la única al alcance de un hombre: la suya propia, ésa ante la que, según Proust, en El tiempo recobrado –ese sublime tratado de arte– hay que inclinarse con humildad y expresar sin más. 

«Demasiado talentoso para la frivolidad, demasiado rebelde para la desesperación, Fernando García Curten encontró en sí mismo una forma de arte y probó una etimología –concluye Abelardo Castillo–: agonizar, ya lo sabían los griegos, es lo que mismo que luchar. En esa raíz semántica, en esa contradicción, yo he visto el secreto de estos cuadros y de estas esculturas. Fernando García Curten no es, por supuesto, el único escultor que descubrió la nobleza de la basura, la utilidad estética del desecho, la morfología de la chatarra, la divina proporción de lo informe. Lo que a mí me asombra es la originalidad de este solitario. Originalidad que, básicamente, consiste en volver a intentar lo que han intentado todos los artistas verdaderos de cualquier época: refutar la evidencia de la muerte. Con bronces, con palabras, con sonidos o con desperdicios: da lo mismo. Probablemente García Curten haya elegido el único camino posible en nuestro tiempo para lograrlo: robarle a la muerte sus propios materiales, luchar por la vida con la forma y la materia de sus despojos. Dos fábulas lo avalan: la del Fénix nacido de sus cenizas y la de la greda vil de Adán».

PD1: A finales de los 70, cuando García Curten aún exponía y vendía sus obras, pasó por España y dejó su huella. Tras una muestra del artista en el antiguo Instituto de Cultura Hispánica, de Madrid, el reconocido crítico Raúl Chávarri escribió: «La obra de García Curten es en el panorama de la plástica iberoamericana el resultado de un esfuerzo por devolver a la pintura su valor específico y testimonial. Con un idioma plástico totalmente diferente, superando ampliamente el expresionismo tradicional, la operación mental y estética que realiza este artista es prácticamente la misma que la de los grandes maestros del expresionismo». A su vez el ya fallecido Enrique Azcoaga, Premio Nacional de Literatura de 1933, escribía en en Blanco y negro: «Sorprende y estremece en la obra total del argentino Fernando García Curten la convicción que constituye su aliento. Arte que consigna más que denuncia, que subraya en totalidad en vez de señalar parcialmente. La empresa en cierto sentido apocalíptica a que se entrega está servida por un oficio muy maduro, sentido y de gran responsabilidad». Más tarde, en 1987, el poeta Félix Grande, entonces director de Cuadernos Hispanoamericanos, dedicó al artista un amplio dossier en la revista de la Agencia Española de Cooperación Internacional.

PD2: Abelardo Castillo, también sampedrino, ha escrito en los 80 el texto más lúcido que he leído sobre el escultor: El arte agónico de Fernando García Curten, incluido en su precioso libro Las palabras y los días y del que he citado algunos fragmentos. Puedes leer aquí el texto íntegro de Castillo.

PD3: Todas las fotografías –a excepción de algunas pocas de la Casa Museo y de los dibujos reproducidos– pertenecen a Rosana Katinas.

PD4: Fernando García Curten y Susana Tosso tienen además dos talentosísimas hijas: Fernanda, escritora y ex-bailarina de ballet, y Rosaura, bailarina y coreógrafa de danza de contemporánea. Fernanda acaba de publicar su notable novela La reemplazante.

La reemplazante

La reemplazante | Fernanda García Curten

 

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21 de noviembre de 2012

Site: http://www.fernandogarciacurten.org/

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