Los deseos de Ariane Mnouchkine

Los deseos de Ariane Mnouchkine

A finales de 2013, Edwy Plenel –el reconocido periodista francés, ex director de Le Monde entre 1996 y 2004 y fundador del periódico on-line Mediapart– le pidió, para felicidad de todos, un texto con sus deseos para 2014 a la colosal Ariane Mnouchkine, maestra a la distancia de todo aquel que ame la vida, el buen teatro y crea en sociedades más justas. Situacionista real y no, como tantos, de boca, ella misma ha sido siempre ejemplo –en actos– de cuanto ha dicho y propuesto hacer desde sus inicios, en los años 60, cuando co-fundó con otros valientes esa pequeña sociedad en paralelo a la francesa que vive y crea en medio del bosque, en Vincennes, al este de París, en La Cartoucherie, la antigua fábrica de municiones, completamente abandonada y derruida, en que levantaron y mantienen esa cumbre llamada Théâtre du Soleil, la compañía más hermosa del mundo que, este año, el 29 de mayo próximo, cumple ya medio siglo de andadura. Desde la fantástica La Cuisine, de Arnold Wesker –el montaje con el que llamaron la atención en 1967, aún muy influenciado por Lecoq– hasta el más reciente Les naufragés du fol espoir (Aurores), una creación colectiva escrita por Hélène Cixous, a partir de una extraña novela póstuma de Jules Verne, el Théâtre du Soleil ha dejado sin duda varios de los mejores momentos del teatro del último medio siglo, pasando por sus famosas 1789 1793 –sobre la Revolución Francesa y vistas por casi 400.000 espectadores– hasta la sublime y quizá insuperable Les éphémères, la maravilla más íntima de Mnouchkine y su troupe, siempre respaldados por ese genio del espacio sonoro, el multiinstrumentista Jean-Jacques Lemêtre. Algún día escribiré más largamente sobre esta gran mujer. De momento, os dejo con su palabra, fruto de sus actos y no, como en tantos, semilla de la nada.

Los deseos para el 2014 de Ariane Mnouchkine

« Mis queridas conciudadanas, mis queridos conciudadanos:

Al alba de este año 2014, os deseo mucha felicidad.

Y dicho esto… ¿qué he dicho? ¿Qué he deseado realmente?

Me explico: nos deseo, primero, una huida peligrosa y, luego, una inmensa labor. Primero, huir de esta tristeza pegajosa que a grandes carretadas, cada día, nos echan encima, esa copa envenenada, hecha de odio de sí, de odio del otro, de desconfianza con todo el mundo, de resentimientos pasivos y contagiosos, de amarguras estériles, de saña persecutoria.

Huir de la incredulidad maliciosa, henchida de su propia importancia, huir de los triunfantes profetas del fracaso inevitable, huir de las lloronas y vestales de un pasado abortado para siempre y que se erige como obstáculo de todo futuro.

Y, después de haber conseguido esta difícil evasión, nos deseo una labor, una labor colosal, faraónica, himalayesca, sobrehumana al ser justa y totalmente humana. La labor de todas las labores.

Una labor que se anuncie en una empalizada donde, en cuanto pasen las elecciones, nuestros diputados se apresuren a poner un cartel que diga: ‘Labor Prohibida al Público’.

Creo que me atrevo a hablar de la democracia.

Que se nos consulte de vez en cuando ya no basta. Ya no, de ningún modo. Declarémonos, todos, responsables de todo.

Pongámonos a trabajar en ello. Sin necesidad de violencia. Gritos, rabia. Sin necesidad de hostilidad. Solo se necesita confianza. Miradas. Atención. Constancia. El Estado, de hecho, somos nosotros.

Abramos laboratorios o unámonos a esos en los que, ya innombrables, a tantas preguntas y problemas, mujeres y hombres encuentran respuestas, imaginan y proponen soluciones que solo reclaman ser experimentadas y puestas en práctica, con audacia y prudencia, con confianza y exigencia.

Añadamos por todas partes, a las que ya existen, pequeñas zonas libres.

Sí, pequeños ejemplos valientes que inciten a la valentía creativa.

Experimentemos nosotros mismos, experimentemos, humildemente, alegremente y sin arrogancia. Que el fracaso sea nuestro maestro, no nuestro censor. Retomemos cien veces la labor. Escrutemos nuestras minúsculas probetas o nuestros enormes alambiques para progresar concretamente en nuestra búsqueda de una sociedad humana mejor. Y ello porque, desde lo minúsculo a lo cósmico, esta labor nos arrastrará y arrastra ya a los que se confrontan con ella. Como los poetas que saben que hace falta ora escribir una oda a los tomates o a la sopa de congrio, ora escribir Los castigos. Salvar una hierba medicinal en la Amazonia, garantizar a las mujeres la libertad, la igualdad, a menudo la vida.

Y sobre todo, sobre todo, digamos a nuestros hijos que llegan a la tierra casi al principio de una historia, y no en su final desencantado. Ellos todavía están en los primeros capítulos de una larga y fabulosa epopeya de la que serán no el mudo engranaje, sino, al contrario, los inevitables autores.

Es necesario que sepan, oh maravilla, que tienen una obra, hecha de miles de obras, que llevar a cabo, juntos, con sus hijos y los hijos de sus hijos. Digámoslo, alto y claro, ya que muchos de ellos han oído precisamente lo contrario y, según creo, eso es algo que los desespera.

¿Qué otra herencia más rica podemos legar a nuestros hijos, sino la alegría de saber que la génesis todavía no ha terminado y que les pertenece? ¿A qué esperamos? ¿Al año 2014? Pues aquí está.

P.D.: Los dos poetas citados son, evidentemente, Pablo Neruda y Víctor Hugo.

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Ariane Mnochkine

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OTRAS PERLAS DE MNOUCHKINE

«El teatro es un lugar de encuentro, de comunión, de identidad colectiva. Es el ‘palacio de las maravillas’, como decía Meyerhold. Allí alimentamos nuestro corazón, nuestro estómago, nuestro cuerpo, todo [lo dice en alusión a la cena que los propios miembros de la compañía sirven a los espectadores, antes de cada representación, o en el intervalo entre actos, según el espectáculo]. Vamos al teatro para tener confianza unos en otros».

«El teatro es una especie de milagro. En ese momento compartido con nosotros, los actores se ponen la máscara y los espectadores se la quitan. Compartir la comida es un signo de amistad, de ternura; tenemos ganas de que estén bien alimentados, de que no tengan hambre durante el espectáculo. De que tengan tiempo de calmarse y de olvidarse de las situaciones conflictivas del día o de su trabajo. El teatro es, durante algunas horas, una utopía: 600 personas que respiran juntas, que no se matan, que no se pelean todo el tiempo, que se miran, que se hablan. El teatro es un reflejo de lo que el mundo podría ser».

«Nuestro teatro no es una tienda. Desafortunadamente, necesitamos el dinero de la gente, pero nosotros no vendemos nada. Es por eso que odio la palabra ‘producción’. Lo que hacemos no está producido. Es una ceremonia, un ritual, algo muy importante para tu fuerza mental, y tú tienes que salir del teatro más fuerte y más humano que cuando entraste».

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Mira también el vídeo de Le dernier caravansérail (Odysées). Una auténtica joya.

Le dernier caravansérail | Le Théâtre du Soleil

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La compañía de Ariane Mnouchkine cuenta además en su elenco con una de las mejores y más conmovedoras actrices que he visto nunca: la brasileña Juliana Carneiro da Cunha, ex bailarina de Maurice Béjart y parte vital de todos los montajes del Théâtre du Soleil desde 1990 hasta la actualidad.

Juliana Carneiro da Cunha

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22 de enero de 2014
Site: http://www.theatre-du-soleil.fr/thsol/?lang=es

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