NOPHOTO | PHotoBolsillo

NOPHOTO | PHotoBolsillo

Hace unos meses, los miembros de NOPHOTO me hicieron un hermoso regalo: me invitaron a prologar el PHotoBolsillo que La Fábrica ha dedicado por primera vez a un colectivo dentro de su prestigiosa y ya clásica colección Biblioteca de Fotógrafos Españoles, dirigida por Chema Conesa.

El libro –ya en las librerías– repasa los primeros diez años de producción de este talentoso grupo de creadores multidisciplinares. Aquí, mi texto. Arriba, el vídeo de uno de sus tantos fantásticos proyectos: Vegaviana, de 2011. Uno de los que acaso mejor muestra la impronta de este auténtico colectivo. Todo lo demás en su propia web: www.nophoto.org

Allí mismo, podéis encontrar aún más desarrollado este mismo proyecto. http://nophoto.org/vegaviana-video

 

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NOPHOTO
Lo único prohibido es no fotografiar

¿Son fotógrafos? No sólo. ¿Artistas? Sí y no. ¿Reporteros? Desde luego. ¿Videastas? Cuando haga falta. ¿Periodistas? También. ¿Escritores? Incluso. ¿Ensayistas? Mucho. ¿Gestores culturales? Sin duda. ¿Productores? Lo siguiente. ¿Activistas? Si tercia. ¿Editores? Imprevisiblemente, siempre. ¿Viajeros? Más aun: deambulantes. Gente de los caminos. Refundadores del territorio sobre lo que lo que la mayoría, por mayoría, ha establecido como paisaje. Fotógrafos de origen, son ante todo y por encima de todo creadores multidisciplinares y, para decirlo de una vez, sí: artistas, una definición de la que varios de ellos quizá discrepen. Tan experimentales como expertos, su actitud ante la realidad es propia de creadores, no de taquígrafos de lo meramente actual. ¿Hacen por ello arte? No necesariamente. En este híbrido inclasificable que encarnan, son artistas empeñados en no hacer arte sino buenos reportajes. Creadores inquietos que se rebelan contra las dos fuentes de las que beben. El arte como tal –con su circuito de difusión cerrado, galerístico, orgullosamente minoritario y elitista– no les alcanza, lo mismo que el periodismo al uso, como producto de consumo, concebido a imagen y semejanza de anunciantes y lealtades políticas. Conciben por ello auténticos documentos –muchos de ellos de ficción– basados rigurosamente en hechos reales. Ficción no como evasión de la realidad, sino como un modo más profundo y complejo de mostrarla. Fotografían así de forma no convencional. De manera literaria, no literal, entendiendo por literatura la adulteración de la literalidad: la capacidad de decir algo sin decirlo, de revelar algo sin mostrarlo, apenas rozando su sentido para darlo a sentir en su polisémica verdad, sin pretender encorsetarlo en una lógica cerrada, con afán de dominio. Entienden a su vez por fotografía una reflexión, en su sentido más amplio: reflexión en tanto que reflejo y pensamiento. Más que reflejar la realidad (que inevitablemente reflejan) los miembros de NOPHOTO reflexionan sobre ella, ahondándola, desacralizándola, parodiándola incluso, sin caer nunca en la tentación (ni en la creencia) de poder explicarla, mucho menos resolverla. Aceptan el desafío de soportar su misterio, a veces maravillados, a veces horrorizados, asombrados siempre.

Un antiguo proverbio sintetiza su filosofía: «El tiempo se venga siempre de lo que hacemos sin él». Los miembros de NOPHOTO focalizan un tema y, en adelante, realizan sin prisas un trabajo de campo en el que todo vale y nada se descarta, sencillamente porque todo cuanto entre en relación con ellos en la dirección tomada es, está siendo y, por ello, ha de ser reflejado y pensado. No abordan la realidad esperando hallar lo que imaginan y, si no lo encuentran, se marchan sin más. Para ellos siempre hay algo, sencillamente porque siempre lo hay. ¿Cómo podría no haberlo? Ante la considerada ‘carencia de realidad noticiable’, saben que lo que falta no es más realidad, sino más mirada. Que sólo hay un exceso de ellos mismos impidiéndoles mirar como miraría un niño, para el que la realidad no es aún un compendio de códigos familiares, reducidos a su propia manipulación. Como para un niño, todo para ellos ha de ser otra vez signo, no significado, contando no obstante con la ventaja de conocer el significado compartido para poder ver así cómo este nos posee y ha reducido nuestro mirar. «No es que nos guste ir a la contra –declaran–: nos divierte caminar despacio, torpemente, observar las diferencias menudas entre las cosas, descubrir sus ritmos. Tratar de describir un objeto, dar una vuelta alrededor, acariciar su contorno y cubrir todo el perímetro. Preguntarse de qué está hecho y qué papel cumple en la historia. Obligarse a agotar el tema y no decir nada. Obligarse a mirar con sencillez y no resolver nada. No ilustrar, no definir, no fotografiar. Lo que nos gusta es desfotografiar las cosas y desnombrarlas». En su relación con lo real no descartan así lo que un medio al uso descartaría. Todo es significativo; ‘realidades superfluas’ o ‘anodinas’ son conceptos del poder, del relato dominante que ellos contrarrelatan devolviendo valor a lo que, por motivos no siempre claros, ha sido devaluado. No maquillan ni esconden lo que encuentran. Le ceden el espacio que lo que también está siendo tiene. No hacen ni pretender ‘hacer’ algo con la realidad: se exponen a descubrir qué hace la realidad con ellos y lo expresan, apoyándose sin temor en lo personal, incluso en lo autobiográfico, sabiendo leer en lo propio lo general y simbólico. Los ejemplos sobran. Escojo uno al azar, por cercano, de uno de sus más recientes proyectos: Del 20N al 20D, el calendario visual que han ido armando entre la fecha del 40 aniversario de la muerte del genocida Francisco Franco y la de la nuevas Elecciones Generales. 

          20N. Jonás Bel

         El Pardo, Madrid. He estado toda la mañana aquí. He recorrido sus calles varias veces. Todo está cerrado. No he visto ninguna concentración franquista ni a nadie rindiendo homenaje al Caudillo. Lo que sí me ha ocurrido es que me he cruzado con el mismo gato varias veces. Al final, a regañadientes, lo he fotografiado. Me he dado cuenta de que le faltaba un ojo, el derecho, como a Millán Astray. Aburrido de no encontrarme con nada y después de que se negaran varias personas del pueblo que estaban en un bar a que les retratara, me he puesto a leer sobre el militar español. He recordado su polémica con Unamuno, de la que procede su famosa frase «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!», y he leído que fue jefe de Prensa y Propaganda de la dictadura militar. Tal vez este gato mutilado haya estado vigilándome durante toda la  mañana. Tal vez fuera él.

En NOPHOTO lo único prohibido es no fotografiar. No fotografiar es no haber mirado bien. No haber atendido.  

Como este mismo ejemplo también trasluce, el texto complementario no los acompleja. Nunca es muleta de un imagen coja. Texto y foto actúan por vías autónomas, justificadas cada cual por sí misma, pero a su vez de un modo imprescindiblemente complementario, siempre literario, como decíamos, para hablar de algo sin pronunciar ni mostrar aquello que más inequívocamente lo expresaría y sólo así poder dar, paradójicamente, a sentir su verdad. Imagen y texto generan de este modo juntos –más que una respuesta– el vacío cargado de sentido en el que el espectador pueda caer devuelto a su propia naturaleza interrogante. Ser devuelto, en suma, al asombro, según la etimología, el sobresalto producido por la repentina aparición de una sombra sobre la claridad a la que nos habíamos habituado y que esa aparición cuestiona y replantea. La del fotógrafo –parece señalar este colectivo madrileño– es siempre así una mirada original de asombro, o no es. 

Esta premisa ya estaba en sus inicios, cuando estos inquietos fotógrafos no eran aún NOPHOTO y se reunían una vez al mes en el Shooters de Madrid, un bar a un paso de la Gran Vía. Allí, en 2004, organizaban sus Proyecta: unos encuentros en los que diversos creadores seleccionados cada mes con un criterio muy abierto y plural mostraban sus trabajos proyectados en una pantalla gigante. Poco después, el núcleo duro de ellos decidió aunar esfuerzos y crear una agencia, como suelen decir, no convencional. Esto es: con la particularidad de tener una línea estética y conceptual que no fuera unívoca sino polifónica. Una línea estética y conceptual que careciera de toda línea estética y conceptual, no por no tener caóticamente ninguna –esa cosa tan postmoderna de sabotaje vacío–, sino por mantenerse creativamente abierta a todas, lo cual requiere valor y paciencia a la hora de aunar esfuerzos entre gente tan dispar como la que se ha nucleado en este colectivo, unida no obstante por una incombustible pasión por el hacer. En NOPHOTO nadie pide permiso. No se quedan a la espera de que alguien los avale para realizar sus proyectos. No se excusan: hacen. Consuman sus sueños. Bajo ningún paraguas, con contados apoyos, no rinden cuentas a nadie y se han hecho a sí mismos desde la más rigurosa autogestión, creando su propia plataforma, desde la que han crecido y demostrado que, como creía Brancusi, las cosas no son difíciles de hacer; lo difícil es colocarnos en disposición de hacerlas. Y hacerlas.

Ellos mismos suelen decir que NOPHOTO, además de una agencia, es una actitud: la de asumir quizá que no importa tanto qué han hecho el mundo y los demás de nosotros como qué haremos con eso que los demás y el mundo ya hicieron de nosotros. La de asumir, en suma, que acaso no podamos modificar la realidad, pero sí nuestra vida cambiando nuestra mirada ante lo que nos condiciona pero no nos determina y modificando así, desde la adopción de otra actitud, nuestros propios actos ante los mismos hechos. Yo me he sentido muchas veces más narrado en los proyectos de NOPHOTO que en los de tantos periódicos, radios y televisiones. Atentos al mundo, no olvidan la vida. Incluso cuando no la entiendan, la señalan. Como los niños. Con ese mismo punto lúdico. Juegan. Pero juegan con toda la verdad del mundo. A mí de ellos me gusta hasta lo que no me gusta. Como mirarse al espejo. Con sus primeros diez años de andadura representan ya una de las aventuras culturales más estimulantes de la España contemporánea. Pura inspiración: inspiran al que se relaciona con sus creaciones. Y eso es siempre un acto de amor, que, lejos de crear lo que no existe –esa cosa tan ‘mágica’ del amor romántico–, revela aquello que solos, sin la ayuda de otro, no podemos ver. A por otros diez años sin lazarillo. Os lo agradeceremos. 

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