Juan Cavestany

Juan Cavestany

Por lejos que estemos ya de las cavernas, por muy humanos y universitarios que nos sintamos, la bestia urgente que no podemos dejar de ser aún nos gobierna en lo más hondo de nosotros, desde los instintos de supervivencia y reproducción. Hasta tal punto que Occidente ha convertido en héroe de casi todos sus relatos al que escapa de la precariedad económica (o es llanamente rico) y responde a su vez al estereotipo de hombre o mujer sexualmente deseable para la gran mayoría (nos dicen) de acuerdo con patrones estéticos muy cuestionables que buscan actuar como un tipo selección natural dirigida, con preocupantes niveles de fascismo en bajo grado. Da igual el sexo. En ambos géneros el modelo es el mismo: guapo y rico, a ser posible blanco, de buena contextura, con sus instintos de reproducción y supervivencia ya resueltos.

Así es básicamente el héroe occidental que, bajo mil máscaras, vemos brillar, no casualmente, en la mayor parte de los relatos que la maquinaria cultural dominante nos lanza como trozos de espejo (o de espejismo). Reflejos en los que pretende que nos miremos para empezar a parecernos (o a desear parecernos) a ese modelo idolatrado, siquiera por fuera (mediante marcas comerciales y cirugías) o para lograr, al menos, que nos frustremos, sin autoestima, viendo en lo que somos lo que no podemos ser. En las revistas, en las películas, en las series, en la publicidad, en el personal elegido para atención al público en cualquier tienda o centro comercial…

Ese modelo aparece en todo soporte que difunda contenidos y mensajes. Eso nos cuenta el poder y eso nos repetimos inconscientemente los unos a los otros, reproduciendo y amplificando también nosotros en muchas de nuestras elecciones el mismo esquema, la plantilla base con los espacios vacíos predeterminados para que uno encaje como pueda su vida en ellos y logre así normalizarse y funcionar acoplado a la maquinaria que promete meternos en su realidad, aunque no tenga nada que ver con la nuestra.

La enajenación –el sentirse fuera de uno– y la alienización –el no sentirse en coincidencia con quien nos sentimos ser– están garantizadas. Y aquí entonces el problema: solemos restarle importancia a la ficción y asociarla al ocio, al pasatiempo, a la indolencia de un lujo accesorio. Así lo ha querido el poder, estratégicamente, y así hemos acabado viéndola. Puro entretenimiento. Nunca conocimiento o saber. La ficción no es, sin embargo, una herramienta de distracción sino de atención. Como decía Borges de la literatura fantástica, no es una evasión de la realidad sino un modo más profundo y complejo de mostrarla. Debe mostrarla desde el juego, sí, el ritmo y el interés. Pero no ser en sí misma un juego, que se agota en la partida. Por el contrario, el buen arte siempre empieza más allá de los propios límites de una obra. Es lo que la desborda y excede más allá de la anécdota. Es el vacío fértil en el que, a partir de lo expuesto, el receptor o espectador encuentra espacio para leerse a sí mismo.

Cuente lo que cuente, un relato es así siempre una explicación de la realidad, y nadie explica nada sin desear que otros comprendan e incluso asuman lo que se explica. Relatar –relacionar aspectos de la realidad bajo el criterio que sea– es una de las principales necesidades de todo poder, consciente de que como tal es siempre detentado por otros. (La paranoia –decía Canetti– es la enfermedad del poder). De este modo, el poder dominante de una época necesita producir constantemente un relato convincente y seductor con el que apaciguar a aquellos sobre los que se sostiene y, aun más, a quienes oprime, para que no se rebelen. Y a falta de mejores realidades, nada mejor que suministrarles sueños, paraísos artificiales de satisfacción inmediata, espejismos amables en los que los excluidos puedan proyectar su ansia de fuga o de cambio y vivirla sólo virtualmente en los logros de sus ídolos. Cuesta creer que un mecanismo tan obvio y elemental haya colado en todo el mundo, en distintas épocas, y siga… Pan y circo, cerveza y telecinco.

No hay ni ha habido así poder dominante de ninguna época ni de ninguna cultura que no alentara auténticas factorías de relato. Hoy nuestra cultura dominante lo hace desde Hollywood y las industrias que reproducen su modelo, con sus comedias románticas, sus humanísimas guerras, sus persecuciones de coches menos vistas en la realidad que un dinosaurio, sus dramas de inmutable final feliz, solo matizados, cada tanto, por los siempre agradecibles y oxigenantes enfants terribles del star system que con auténticas joyas –desde el Network de Sydney Lumet hasta Los Soprano, de David Chase, o The wire, de David Simon– logran introducir voces disidentes en el seno mismo del poder, trazar una contracultura en las entrañas de esa cultura (sembrar cizaña en ese cultivo), pero al alto precio de dar quizá con su presencia verosimilitud al montaje, credibilidad a la gran mentira, aspecto de pluralidad y apertura a una fábrica de relatos que no es ni abierta ni plural pero sí lo bastante lista como para asimilar ciertos productos de calidad conceptual, siempre etiquetados de ‘rarezas’ o piezas de culto, y garantizarse así que sólo tendrán su justa baja dosis de difusión que  permita a la industria rentabilizar su imagen plural para seguir metiéndonos más y más, indolentemente, en este sueño confortable en que se nos cuenta de infinitas maneras siempre el mismo cuento: el individuo (bien alimentado y atractivo) vence al sistema pese a todo, aun saliendo de la pobreza, o volviendo de la guerra, o desmontando la corrupción de la justicia, o imponiéndose a la burocracia jurídica que impide condenar a la grandes farmacéuticas, etc.

Esos relatos nunca son, sin embargo, como nos creemos, un alegato contra el sistema, la guerra, la corrupción, la pobreza o la burocracia. No. Son sólo una sorda legitimación de ese estado de cosas en lo que lo único que puede cambiar, nos sugieren, no es la sociedad ni el sistema sino la vida de determinados individuos, los fuertes, los elegidos, los que luchan y pueden contra todo. Con unos niveles de simplificación de la realidad insultantes, este relato es siempre una reivindicación del individualismo, nunca una propuesta de sociedad más equitativa y justa. En todas las ficciones de la maquinaria cultural vigente, el individuo que ‘triunfa’, al triunfar, reproduce el sistema. Y lo reproduce por cómo triunfa y por aquello a lo que se le considera ‘triunfar’.

El final feliz del individuo convertido en héroe, modelo y tótem de esta cultura, es clave en Hollywood por eso, porque el trago amargo, escéptico y duro, que constantemente se nos sugiere es: “El mundo no va a cambiar”. Y subrayo: lo sugiere. Es sólo el telón de fondo. Aquello que está y no percibimos conscientemente mientras lo asimilamos. Marco Antonio de la Parra siempre recuerda las palabras de Ricardo Piglia: en ficción, lo importante nunca se dice. Incluso lo contradice, como Hollywood, que repite: podemos cambiar el mundo, mientras no deja de mostrar, una y otra vez, lo imposible de esa empresa. “Lo que oigo, lo olvido; lo que veo, lo recuerdo”, decía Confucio. Es paradójico, sí, que una receta de uno de los grandes teóricos sociales de Oriente funcione tanto en Occidente. Confucio remata su máxima al decir: “Lo que hago, lo sé”. ¿Y qué hacemos? Dar la realidad por sabida, desinteresados ya en mirarla y en relacionar nosotros sus aspectos según lo que percibimos desde nuestra situación real para relatarla de un modo que cuestione al del poder. Preferimos idolatrar al héroe e intentar parecernos a él, sobre todo por fuera, comprando los productos que el actor que ha encarnado al héroe en la ficción nos vende luego en las tandas publicitarias. Es lo que más hacemos y, trágicamente quizá, lo que más ‘sabemos’ como se saben las cosas que más se saben: sin pensar en ellas.

El reverso o, incluso, el fracaso del instinto de supervivencia es así la precariedad económica o la pobreza. Y el reverso o el fracaso del instinto de reproducción es la soledad. En esos territorios –la soledad y la precariedad (económica, cultural, social, educativa) no elegidas– indaga con frecuencia Juan Cavestany. Y en ellos ha vuelto a indagar en sus dos más recientes trabajos: El señor, en cine, y El traje, en teatro, ambos con un Luis Bermejo, una vez más, ma-ra-vi-llo-so, acompañado en las tablas por el gran Javi Gutiérrez, para el que ya se agotan los adjetivos, y en la cinta, entre otros, por el bueno de Tino Martínez, memorable en La ruleta rusa, montaje de Benavent, dirigido por Bermejo, hace unos años.

Estas dos grandes comedias anti-románticas de Cavestany, a diferencia de Hollywood, no resuelven los conflictos: por el contrario, los encienden, sobre todo al final, haciéndonos volver a la realidad sin poder verla ya como antes de presenciar los dramas de estos personajes. Hollywood pone siempre el foco en el héroe, rara vez en la geografía por la que él se mueve, la cual aparece siempre en un segundo plano y, aun cuando se trate de una ciudad en ruinas, brillantemente iluminada y estéticamente presentada. El contexto –léase, el sistema– no admite falla y nunca es pobre. Aun cuando quiera expresar pobreza es siempre rico. Sí ‘fallan’, según Hollywood, los individuos que intentan corromper o que no defienden ese orden hasta que, como el héroe que siempre triunfa (guapo y rico o que acabará siéndolo), descubren que viven en un sistema que en verdad les da libertad para asumir su propia libertad y hacerse felices, venciendo todo obstáculo, si ellos quieren. Cavestany en cambio pone el foco en auténticos antihéroes –solitarios personajes en situación de precariedad– y, aun más, lo pone al mismo nivel, en la geografía (en el sistema) que habitan.

Sus relatos (las historias en que relaciona elementos de la realidad) no transcurren en Manhattan ni en Notting Hill, ni siquiera en la Gran Vía, sino en extrarradios desprovistos de toda belleza y en polígonos desiertos, como Dispongo de barcos, con personajes físicamente alejados de todo estereotipo resultón, seres que no se parecen en nada al héroe de estos tiempos pero a los que tanto nos parecemos, sobre todo por dentro, con algo anacrónico incluso, deliberadamente demodé (no vintage ni retro, esa cosa tan cool) que parece sugerir: por mucho que nos contemos que el futuro ya está aquí, estamos aún en lo que fuimos y en lo que muchos que creen haber escapado a ello pueden volver a ser, perdidos, como El señor o como los desesperados de Dispongo…, en un laberinto urbano vacío, lleno de ladrillos, entradas para camiones, vados, sitios con alarma, vertederos y cubos de basura, autopistas (para los coches de los otros), puentes que no parecen unir nada con nada, zonas intermedias con la hierba crecida entre dos núcleos residenciales, primeros cimientos de un tejido social a medio construir o abandonado, plagado de escenarios imposibles para el deseado encuentro con los otros, espacios en los que prevalece ante todo lo industrial y el pequeño comercio, el puro funcionar de una sociedad sin trato social, enajenada en el puro relacionarse en términos comerciales, transaccionales, y en el que, vaciadas de sentido antropológico, las personas, según tengan o no tengan, tanto valen, siendo ellas mismas las primeras en leerse bajo estos criterios que, en un mundo tan práctico, las hacen sentirse inútiles en su ocio, en su tiempo muerto que no saben habitar y que los empuja sensatamente a buscar la salida de ellos mismos en los otros. Un tiempo muerto en el que, ya libres de la presión del mundo, deberíamos poder contemplar la vida y reflexionar sobre ella para volver al mundo más humanos y no como acabamos utilizándolo para ensordecernos, enceguecernos y aislarnos más.. Nadie lee ni va al cine ni parece haber sido siquiera escolarizado en los últimos trabajos de Cavestany. No miran casi ni la tele. El señor apenas recurre a la escritura como al habla de los solos, la expresión de los tímidos, para pedir socorro. Es lo único que escribe –socorro– en la nota que extiende a su vecina, tranquilamente, en un parque, en una situación aparentemente nada urgente. Reprimimos la pasión ya casi hasta para pedir auxilio.

Hay así algo decimonónico y hasta atemporal en las acciones dramáticas de sus personajes. Como los de Chéjov, comen, beben, se aburren, sueñan, desean a otros (no siempre correspondidamente), quieren prosperar (incluso delictivamente, como en Dispongo…), duermen, hablan, ríen y, raramente, lloran… Pero ninguno coge un iPad ni mira el Barça-Madrid, ni va a los toros ni hace zapping. No hay casi color local ni signos de estos tiempos. Cavestany es sin embargo brutalmente contemporáneo. En ese demorado ‘no suceder’ en que transcurren sus vidas –analógicas, unplugged, concretas en la pura realidad sin fugas virtuales–, sus personajes tienen no obstante una urgencia por vivir que termina haciéndolos mover por esa realidad casi soñada por De Chirico con algo de fantasmas que ven y miran sin ser vistos, invisibles para los otros, como los muertos vivos, deseando intensamente tocar y ser acariciados, siempre en esa geografía poligonal desierta, sin casi espacio para la belleza –un lujo de otras clases, en el lejano centro, como la imposible Moscú con la que sueñan los personajes de Chéjov–; y siempre también bajo una luz cruda, no tratada, sin artificio. Ya Fellini decía que la luz en cine es siempre ideología, y nadie falsea tanto la realidad con la luz como Hollywood, donde todo suele ser preciosista y cool. En Cavestany, en cambio, todo es directo y a 36 grados de temperatura.

Ese es el territorio en el que parece moverse a gusto, mostrando lo que para saciar nuestros instintos básicos mal reconceptualizados –consumismo en lugar de supervivencia, expansión narcisista en lugar de reproducción– hacemos aún hoy las personas, a veces llegando a matar por ello, como en El traje. Quizá existan también un instinto de belleza e identidad que sean las versiones depuradas de los instintos de supervivencia y reproducción: una vez que ya he comido, quién soy; una vez que puedo acceder sexualmente a otros o sentirme deseado y construir autoestima: a quiénes prefiero. El salto del qué al cómo. Sobrevivir primero, luego de qué modo. Desfogarnos primero, luego con quién. El cómo, el modo en que hacemos lo que hacemos, es una cuestión de ‘ricos’, incluidos, desde luego, quienes comemos cuatro veces al día eligiendo qué comer y que, mal que mal, hemos tenido acceso a una educación, lo cual no quita que muchas veces ignoremos cómo habitarnos a nosotros mismos, pobres como somos en cultura crítica, víctimas de una educación conceptual atroz (algo que afecta hasta al más rico) y que nos priva de dar ese salto de calidad que da el modo en que hacemos lo que hagamos. (Otelo podría ser una crónica de sucesos en un periódico –hombre negro mata a su mujer por celos–, pero en las manos de Shakespeare es un clásico universal). Y no saber habitarnos, no saber habitar nuestro tiempo libre equivale casi a no tenerlo, tenga lo que uno tenga materialmente. Así entonces, soportar o elegir, esa es la cuestión. Ser dominado (culturalmente) o dominar.

Y así, una vez más, Harold Pinter, sobrevalando estos trabajos, con su idea asfixiante de los espacios cerrados en los que el exterior sólo representa un abanico de amenazas y esperanzas de doble filo; más claramente, por razones obvias, en El traje, muy pinteriana a su vez en la estructura de los diálogos y en el absurdo que irrumpe con fuerza en lo real. Hay sin embargo en el autor madrileño un punto en el que va más allá que el inglés, convirtiendo a los impersonales extrarradios y polígonos en un gran espacio cerrado sin aparente escapatoria social. Como si fuera un inmenso parque de ‘desatracciones’ del que una vez que se está en él es imposible salir. La mera arquitectura urbanística deviene en estructura cultural simbólica.

Hay sin duda para todo esto una explicación de costes y producción. Auténticas homemade, El señor y Dispongo de barcos tienen muchos de estos componentes por cuestiones también de dinero, hasta donde he leído. Es más que probable que no lo hubiera para localizaciones ni para casi nada de lo que exigen los llamados rodajes profesionales, condiciones que Cavestany se cansó de esperar. Posiblemente, estas pelis estén filmadas en los sitios más asequibles por proximidad y por los que no había que pagar a cada paso. En cualquier caso, nadie puede fijarse en nada que no tenga en sí ni ver con la lucidez que Cavestany ve, por sobradas o reducidas que se sean sus condiciones de producción. La felicidad, no sé, pero el dinero no da el talento. Fijo.

En la geografía de sus dos últimas películas, y en los fondos del centro comercial en que sitúa El traje, Cavestany ha confirmado quizá algo propio y, a la vez, muy simbólico en términos contemporáneos. Ha hecho, en suma, de la necesidad virtud y constatado tal vez líneas dominantes de su narrativa y de su visión de la realidad, que ya tenía claras. Son muchas las escenas, a veces auténticas fotografías, en las que, con poco, expresa mucho. Sus tomas están llenas de sentido. ‘Piensan’. Por eso, logran levantar ante el relato dominante de esta época otro que se relaciona más con lo que realmente nos pasa en el metro a metro y no ya en ese decorado de supuesta realidad editada con la que a diario nos bombardean. Todos somos, hemos sido y volveremos a ser El señor. Todos somos, hemos sido y podemos volver a ser el cliente detenido en las rebajas del centro comercial en El traje, pegándonos con un desconocido por un diez por ciento menos en el precio de una prenda. O llegando a matar accidentalmente por ella. Todos somos, hemos sido y podemos volver a ser el encargado de seguridad, que debía vigilar y no vigiló, ni estaba atento donde debía a lo que debía, y que, enfermo de soledad, acaba extorsionando a un cliente desesperado sólo a cambio de afecto, de amistad. Dos pobres desesperados encerrados en uno de los tótem de nuestra época, un sitio al que vamos a gastar muchas veces lo que no tenemos en lo que no necesitamos y donde nos entregamos salvajemente a nuestro instinto de supervivencia mal reconceptualizado para obtener no qué comer sino un símbolo con el que seguir seduciendo desde donde menos podemos realmente generar empatía real con los demás.

Uno, el cliente, desespera por el fracaso de su instinto de supervivencia: sus negocios en la construcción tambalean y su futuro depende de ganarse con un traje de regalo al hombre que concede las nuevas obras (cualquier parecido con la realidad corre por cuenta de uno); el otro, el vigilante, desespera por el fracaso de su instinto de reproducción, encerrado como vive en un destino en el que, durante la mayor parte de sus horas, ha de mirar con desconfianza a todos y no tener a nadie a quien mirar ni que lo mire con algo de confianza cuando sale del centro comercial para recuperar su vida. Uno intenta chantajear al otro para seguir funcionando en la maquinaria social; el otro busca extorsionar al primero para tener, siquiera bajo amenaza, un amigo, algo del afecto que no encuentra pese a funcionar y encajar como una perfecta pieza en la productividad del sistema basado, qué paradoja, en la seguridad que tan desamparados nos deja en nuestras vidas.

Enajenación y alienación, una vez más, las cuales generan, como pocas cosas, violencia. No debería sorprendernos que aquello acabe con un muerto, ni que El señor encontrando, pese a todo, el amor. Porque, aun con sus carencias, el señor es valiente en su fragilidad y en su patetismo. Vive desde un asombro que lo hace sufrir justamente porque está vivo, en relación verdadera con lo real. Y esa apertura –esa cursiosidad casi infantil ante el mundo– es la que acaba salvándolo cuando decide abrirse al misterio y la posibilidad de los otros.

«La angustia –dice Hugo Mujica– es el modo en el que el cuerpo nos avisa de qué situaciones nos quedan estrechas, angostas, y de las que sólo podemos salir abriéndonos, ensanchándonos. Lo que sucede es que ya hemos colonizado también nuestra angustia. Entonces ya no la vivimos como la voz de la vida que nos avisa que necesitamos más amplitud, sino como un síntoma de algo en lo que ya no nos detenemos a pensar porque sabemos también cómo taparlo». El señor, sin embargo, acaba sabiendo al final cómo no tapar esa necesidad y vence el miedo, el verdadero opuesto del amor, al dar el salto abismal de rozar, a milímetros de su mano, la de su vecina sobre el puente en el que están, no para matarse bajo los coches que pasan debajo, sino para tender uno entre ellos por encima de los demás, más allá de todos los relatos, y descubrir juntos el propio. Una gran imagen, sin duda.

Animaros: no dejéis de ver en el Teatro Galileo de Madrid El traje y entrad en http://www.comprar-elseñor.es/ y regalaros por 3 euros esa pequeña joya interpretada por Luis Bermejo.

PD1: Por cierto, llegué a ver El traje en el Kubik Fabrik, el maravilloso espacio de Fernando Sánchez Cabezudo. Vayamos a ver lo que sea allí. Además de encontrar propuestas de calidad garantizadas, estaremos defendiendo un lugar de auténtica creación. http://www.kubikfabrik.com/

PD2: No dejéis de ver el soberbio trabajo fotográfico de Cavestany: Gente en sitios. 

 

Visita también: http://www.teatrozurdo.com/index.php/cartel/6-traje

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26 de octubre de 2012

Site: http://www.comprar-elseñor.es/

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