Nadar

Nadar

Mi padre nunca supo nadar y se murió sin aprender a hacerlo. Había nacido y crecido en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires en el que (nunca se lo pregunté, por lo que solo puedo conjeturarlo) habría seguramente cerca un arroyo o un río o al menos el estanque de algún amigo al que todos los chicos irían a bañarse cada verano. No recuerdo que él contase haber tenido alguna vez una experiencia traumática en alguno de esos lugares, pero detrás de la determinación con la que hizo que mis hermanos y yo aprendiésemos a nadar desde casi bebés siempre he intuido en él un antiguo temor al agua, no tanto como temor en sí sino como síntoma de un antiguo deseo incumplido de su juventud, una carencia o una ignorancia que a él le hubiese robado algo intenso y deseado de lo que no quiso privarnos a sus hijos: risas, juegos, largas tardes de despreocupación bajo el sol, nadar sin más, flotar, no hundirse, vivir la alegría limpia, sin posibilidad alguna de ser eclipsada por el temor a ahogarse. Nadar ha sido así en mi vida y en la de mis hermanos algo inherente a crecer y vivir, otra forma de respirar.

Mi madre a su vez –muy creyente– siempre quiso que estudiásemos en un colegio religioso, a lo que mi padre no se opuso, por el alto nivel académico que tenía entonces aquel colegio al que finalmente fuimos, un colegio de vascos franceses fundado en 1858 y regido con mano férrea por sacerdotes bayoneses. Mi infancia y la de mis hermanos transcurrió así, en cierto modo, entre el rezo y la natación (al margen de otros deportes que también practicábamos).

Hoy ya no soy creyente pero sigo yendo a nadar varias veces por semana. Lo hago, como de niño, a primera hora del día y aun más temprano: a las siete de la mañana estoy ya en la piscina. A esa hora en la que uno está aún renaciendo de esa muerte por entregas que es el sueño y en la que no ha sido aún raspado por las urgencias del día. Nada me ha sucedido aún, digamos, entre el haber salido de las aguas del Leteo en que nos sumergimos cada noche al abandonarnos al sueño y el acto de deslizarme después en las templadas aguas de la piscina hasta la que me llevo a reunirme conmigo mismo y recordar –volver a sentir desde el corazón– lo que la mayor parte del tiempo olvido. Ir a nadar es así organizar literalmente una reunión conmigo mismo para reunificarme con todo lo que soy, incluso con lo que ignoro ser o he querido olvidar que voy y seguiré siendo.

La frecuencia con la que voy a nadar cambia por temporadas –hay semanas en que voy menos días que en otras– y la rige el sentir de pronto que empiezo a volverme más estúpido de lo aceptable y a creerme en exceso el mundo y mis propias mentiras. Entonces me desnudo al amanecer, me sumerjo y nado hasta recuperar físicamente la vida, otra vez, metro a metro, desde el acto más esencial y determinante: respirar. Agradeciendo incluso así, por ese acto –brazada a brazada, en tensión constante: ser o no ser, ser o no ser…– el poder mantenerme aún en la superficie de la vida, aceptándola desde la pequeña decisión crucial de volver a sacar cada uno de mis brazos, rítmicamente, en busca del siguiente tramo de agua, volviendo a decir «sí» por ese acto pese a no ver más que la línea de azulejos negros que, bajo mi cuerpo, en lo más hondo, por el centro, me recuerda el sentido de esa vía elemental en la que no se puede dejar huella, ni mental ni física, ni ocuparla poseyéndola. Imposible permanecer. Sólo se puede pasar, sin conservar ni aferrarse a nada.  

Uno nada así, por ejemplo, dos kilómetros sin parar durante 40 minutos. Visto desde fuera, puede parecer que uno va y viene por su andarivel cuando en verdad avanza por la calle principal de su pensamiento, en un estado de trance y meditación dictado por el acto de respirar. Una meditación sin rumbo ni voluntad. Un pensar sin eje ni razón. Un deambular, una deriva tan mental como física en la que es imposible pensar racionalmente nada. Las ideas y los pensamientos no duran, no puede uno retenerlos ni expulsarlos antes de tiempo. No puede ni elegirlos casi. Vienen y se van por asociación libre, son auténticos reflejos (que no reflexiones) de lo que más lugar ocupa en nuestra cabeza la mayor parte del tiempo. Al igual que los sueños reverberan en la noche las ideas y obsesiones de nuestro día, también al nadar irrumpe sin cita aquello que más deseamos y tememos. Se revelan con impiedad tanto lo crucial como lo superfluo. Una radiografía efímera de nuestras pulsiones que surge y se diluye en cada brazada. Nadar en suma es un acto filosófico, regido no por el acto de pensar sino por el de respirar, que es un saberse sin saber, un saber desde el estar, desde el ir pasando. Un saber del que no podemos apropiarnos para manipularlo a placer ni domesticarlo. Un saber, en definitiva, que solo se nos revela aceptando perder lo que se nos va dando.

El asma –por poner un ejemplo extremo– suele ser en cierto plano un problema más religioso que físico: no tiene que ver con la falta de oxígeno, sino con el exceso de aire acumulado y que uno no acaba de soltar. El oxígeno retenido más de la cuenta se convierte en veneno. No podemos retener, pretender retener más vida, más oxígeno que el que humana, mortalmente podemos retener, sólo un momento, para transformarlo en vida, soltar su residuo (que, devuelto a la vida, sigue alimentando su cadena), y volver a tomar otra parte, muy pequeña, la estrictamente necesaria para seguir dejándonos atravesar por la vida. El asma, en parte, es la incapacidad de exhalar. No saber expirar.  

Como transformadores de realidades que todos somos, el aire que respiramos y que, al oxigenar nuestra sangre nos altera, también cambia. Muta. Entra en nosotros como vida y sale, en cada exhalación, como muerte postergada, un momento más. Respirar incluso es el acto menos capitalista del mundo. Imposible ahorrar preventivamente, ni retener ni acumular aire. Imposible tomar sin dar, recibir sin renunciar. Nadar nos recuerda que sólo mientras uno muera –acepte morir– seguirá estando vivo. Ser vivo se ‘es’, inevitablemente; vivir es otra cuestión. La natación nos recuerda religiosamente –religándolo otra vez todo en uno– esta irreductible naturaleza de nuestra condición de mamíferos: morir puntualmente, a cada momento, para a cada momento seguir viviendo.

Nadar es así el acto religioso por naturaleza, en el que nuestra biografía, como nuestro cuerpo en el agua, se funde en la vida que nos incluye y nos sobrepasa. Pronto uno llega a ser parte del todo. El agua y el gorro atenúan los sonidos en nuestra cabeza; el mundo se vuelve algo lejano y cóncavo, apenas perceptible más allá de la fragilidad quebradiza del agua según se avanza. Abstraído del entorno por la respiración, uno acaba nadando así más ‘vivo’ que biográfico, más mamífero que nominal, sin nombre ni DNI, desnudo, nimio y mortal, intensa y reunidamente vivo sólo en ese tramo crucial de la piscina, sin pasado ni futuro, pendiendo sólo de ese momento en que uno ha de decir otra vez sí y respirar, para aceptar luego una mínima fracción más de su propia muerte en otra exhalación. «La muerte —escribió Levinas— no es un momento, sino una manera de ser. Morir no es esperar el punto final del ser, sino estar cerca del final en cada momento del ser». 

Nadar es quizá incluso por ello mismo el más trascendental de los actos cotidianos. El más íntimo de los públicos. El más espiritual de los físicos. Nadando uno recupera la conciencia de ser sólo un canal, un tamiz, para que la vida pase a través de uno y, viviéndonos, se manifieste. Nadar es siempre una lección de vida. Se nada incluso –aun más que por y desde la respiración– desde el corazón, desde la aceptación de latir, de no aferrarnos a la pulsación pasada y aceptar la incertidumbre que antecede a la siguiente. El abismo mortal de esa fracción de segundo, ese vacío que se genera en la cavidad de nuestro pecho para que lo nuevo –la vida que siempre está naciendo y de la que aceptamos participar al tomar una parte del mismo aire que respiran nuestro enemigo, la persona que amamos o deseamos, cada ser vivo que de algún modo somos potencial y religiosamente también nosotros– pueda volver a llenarnos el corazón y hacerla acontecer, cumplirla en todo su misterio en nuestra vida, extendiéndola un momento más hasta el último milímetro de nuestro ser. Es clave por ello aprender pronto a amar más la vida –lo siempre desconocido– que nuestra propia biografía –lo conocido y familiar–, que siempre nos engaña con sus ilusiones de certezas en este infinito territorio de la incertidumbre.

Nadando he recordado incluso alguna vez las palabras de Jean-Claude Carrière y Marie-Hélène Estienne en La mort de Krishna, uno de los montajes de Peter Brook.

Dos trozos de madera flotan,
se encuentran en el océano
y al minuto se separan.

De la misma forma tu madre y tú,
tu hermano y tú, tu mujer y tú, tu hijo y tú.
Lo llamas tu mujer, tu padre, tu amigo,
pero es sólo un encuentro en el camino.
Nada dura.
Placer, dolor,
todo está fijado por el destino.
Ninguno queda, ninguno vuelve.
Lo que deseas, lo tienes.
Lo que no deseas, lo tienes.
Nadie entiende por qué.
¿Dónde estoy? ¿Adónde iré?
¿Quién soy? ¿Por qué?
¿Y por qué cosas debería llorar?

Paga tu deuda sin murmurar,
aleja tu pena, levántate
y no desprecies la tierra.

Nadar, en suma, es filosofar como lo entendía Montaigne: aprender a morir y, así, a vivir, hasta que volvamos a olvidarlo, seducidos otra vez por el canto de las sirenas del mundo.

En una piscina, mi padre se sentiría atrapado; en ningún sitio me siento yo, en cambio, más libre. Lo que para mi padre era una trampa mortal, para mí es un espacio de libertad.

Lo triste, como siempre, es el final: tener que dejar el agua, obligado a diferenciar civilizadamente en el vestuario mi ropa interior de la que va por fuera para volver a aceptar desde ese acto el mundo y todo lo que de algún modo uno va a olvidar –o a recordar, no sabría precisarlo– a la piscina.

La piscina encierra a su vez para mí una promesa más allá de esta vida, pese a mi agnosticismo. En su cuento Nadar de noche, Juan Forn alumbra una hermosa epifanía. Una calurosa madrugada de verano, el protagonista de su relato no puede dormir y recibe de pronto en el chalet en el que está de vacaciones con su mujer y su hija la visita de su padre, muerto años atrás. Ambos acaban hablando fuera de la casa, en el parque, a un paso de la piscina, iluminada desde su interior por focos sumergidos (como la del fragmento de Blue, de Kieslowski, de más arriba). Un diálogo del que a uno se le queda para siempre grabado el momento en que el protagonista pregunta: «¿Y cómo es allá?». Y su padre, mirando el agua iluminada, dice: «Como nadar de noche, en una piscina inmensa, sin cansarse». Quien alguna vez haya sentido ese estado de trance en el agua, ese ir casi sin esfuerzo, ligero, como sin uno mismo, no puede más que desear que ese padre haya descrito con precisión lo que nos espera al morir. Ojalá que el mío, que en vida no supo nadar pero me regaló lo que tanto deseó para sí –el más luminoso regalo que recibí nunca–, esté también él, incansablemente ya, en esa gran piscina. Ojalá.

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15 de noviembre de 2013

 

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