‘Feelgood’

‘Feelgood’

No muchas veces uno llega a pasárselo tan auténticamente bien en el teatro viendo algo tan desolador. Eso es Feelgood, el notable texto de Alistair Beaton llevado a escena, a la altura del dramaturgo, por la compañía Entramados, dirigida por un inspirado Alberto Castrillo-Ferrer, director al que habrá que seguir de cerca –quienes no lo siguieran ya, claro; para mí ha sido un descubrimiento–, al igual que a esta recién nacida y fantástica compañía, surgida de modo espontáneo y natural tras coincidir varios de sus integrantes en la versión de Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, que el argentino Claudio Tolcachir (La omisión de la familia Coleman) dirigió hace un par de años en el Español.

Feelgood –una sátira política– muestra ante todo el proceso de construcción del discurso del poder de casi cualquier democracia occidental contemporánea. Y, como las buenas comedias, lo muestra a través de una pequeña anécdota, plagada de equívocos que los personajes viven dramáticamente hasta la exasperación, sin que les haga la menor gracia que sí le está haciendo al público, que ve cómo un grupo de asesores del Presidente de Gobierno se devana los sesos en escribir y reescribir uno de sus discursos más cruciales, adaptándolo según van llegando cada vez peores noticias sobre un escándalo que podría estallarle en las manos en el momento mismo de estar hablando ante millones de ciudadanos. El contexto, a su vez, no ayuda: aumentan las acusaciones de censura a la libertad de expresión por parte del Gobierno y las protestas llegan ya hasta las puertas mismas del hotel en el que se celebra el Congreso anual del partido oficialista, Congreso en el que, en apenas horas, el Presidente deberá comparecer diciendo las palabras que sus asesores preparan ante los ojos del espectador.

La anécdota sirve en cualquier caso –como en todo buen texto– al gran tema de esta obra y quizá de estos tiempos: la construcción del discurso del poder, el diseño meditado y sin cabos sueltos del relato que el poder narra a los ciudadanos para que estos relacionen los elementos de la realidad como el poder quiere que se los relacione, sin espacio para otro tipo de lecturas ni relatos que contradigan los dominantes.

Somos seres hipersensibles al lenguaje, efervescentes a la palabra. Somos, de hecho, casi más permeables por los oídos que por los ojos (para poder pensar mejor, hoy Demócrito de Abdera se arrancaría antes los oídos que los ojos). Estamos hechos de lenguaje. Heredamos de nuestros padres y de nuestros abuelos no solo los genes, sino un acervo lingüístico que no nos determina pero sí, en parte, nos condiciona: el lenguaje –y ninguno como el heredado de generación en generación– tiende en nosotros una red sensible tan extensa como el sistema nervioso. Las palabras y las ideas nos afectan profundamente y acaban por convertirse en sentimientos, y los sentimientos, en ideas. Son abstracciones que se hacen carne y que resuenan en las que ya se han hecho parte de nosotros. Y pueden doler o dar placer. Nuestro nombre no es más que un fonema que aceptamos sin cuestionar desde que lo aprendemos. No es más que eso: aire emitido por otro y que resuena en lo más profundo de nosotros. Si nos insultan, sufrimos como si nos hubiesen golpeado, cuando en verdad ni nos han rozado. Escuchar lo que queremos escuchar, por mentira que sea, también produce emociones y sentimientos, en general agradables. Siquiera transitoriamente, hasta que la mentira caiga; pero los produce.

La comunicación de los mensajes políticos y económicos se ha convertido así en una forma literaria más, de vital importancia, y la sociedad del espectáculo anunciada por Debord, y convertida en auténtica cultura del simulacro, ha legitimado e impuesto la supremacía de la forma sobre el contenido. La comunicación en sí –incluso vacía, llena de eufemismos– importa ya más que los mensajes. Y comunicar algo es tanto contar aquello que uno realmente desea contar, como ocultar lo mejor que uno pueda, con arte y estilo, aquello que se nos exige que contemos contra nuestra voluntad.

Feelgood pone el foco en este punto, tan conceptualmente clave de hoy: la literatura del capitalismo. Eso vemos en la función. Seres ambiciosos, sedientos de un poder por el que están dispuestos a todo, haciendo auténtica literatura: adulterando la literalidad, no como el arte, para expresar más potentemente la verdad, sino para ocultarla. El artista adultera la literalidad para expresar más y mejor lo que el lenguaje cotidiano, desgastado ya por el uso diario, no logra comunicar desde lo literal; el gobernante la adultera en cambio para atenuar lo que desea callar pero se le exige que exprese. Es el salto de la voluntad de expresión a la voluntad de inexpresividad. Si el arte lleva la expresión a escala infinita, desbordando las formas y los significados para despertarnos y hacernos reaccionar, la política capitalista (que no excluye a la izquierda) reduce la expresión a escala infinitesimal, llevándola a su mínima expresión, hasta hacerla casi desaparecer y adormecernos más en el sueño construido de estabilidad, paz y confort en el que, nos quiere convencer, todos vivimos o podremos vivir en breve.

«Nunca pretendas conocer a alguien escuchándolo hablar». Suele recordármelo un amigo. El teatro es grandioso por ello: no sólo hay palabras, sino acciones dramáticas. El teatro, esa escuela eterna para adultos, nos enseña a no creernos sólo las palabras y a conocernos de verdad por las acciones. Por eso en la tele hay la ficción que mayoritariamente encontramos (siempre catártica y llena de respuestas, nunca reactiva ni disparadora de preguntas) y tertulias: discurso, sólo texto. Acción dramática, cero. Señores y señoras vestidas de modo parecido discuten sobre un tema. Sólo los escuchamos hablar, dignísimos, pero nunca los vemos actuar en sus vidas, con los de al lado. Feelgood nos mete de lleno en la trastienda del poder –el político y el periodístico–, una central de operaciones en la que, sin micrófonos ni cámaras, las palabras son de pronto brutalmente expresivas, sin eufemismos, casi hasta el punto de sobrar. Las acciones lo dicen todo.

Feelgood muestra también cómo no hay tal vez ya arma más letal que la información, sobre todo aquella que nunca es publicada pero que sirve en la sombra para comprar y pagar silencios. Imposible ascender así sin saberlo todo de cada una de las personas con la que uno en su carrera hacia el poder entre en contacto. Es crucial tener con qué extorsionar o responder a un extorsión. Inviable si no forjarse un lugar de altura y llegar a presidir un país o, al menos, un partido.

Acertó Canetti al afirmar que la paranoia es la enfermedad del poder. Y nadie tal vez por eso la sobrelleva mejor que el psicópata, que –sin remordimientos y con una sonrisa incluso, seductoramente, como quien besa– cosifica a todo aquel que se pone en su camino y al que ‘lee’ siempre, sin excepción, como obstáculo o peldaño para alcanzar el poder o mantenerse en lo más alto. Seres que no dudan en golpear antes, preventivamente, y que prefieren pedir ‘vacíamente’ disculpas antes que permiso.

Así son GP (el Presidente), Max (el ministro de Agricultura) y Edu (el director de comunicación del Gobierno): seres con grandes rasgos psicopáticos que encuentran placer en vejar incluso a quienes inocentemente les han enseñado su vulnerabilidad por no ser como ellos: Alex (redactor oficial de discursos), Marta (asistente personal del Presidente), Elisa (periodista investigadora) y Simón (guionista de teleseries e improvisado redactor de discursos políticos), todos ellos delfines que nadan entre tiburones por los que se han dejado seducir y en los que el público se proyecta reconociéndose en ese mismo gesto de no enfrentar muchas veces a quienes consideramos canallas a cambio de mantener oculta nuestra vulnerabilidad una vez que esta ha quedado al desnudo ante los ojos de quienes en adelante sólo serán custodios de nuestro secreto según paguemos por su silencio, muchas veces al alto precio de ser cómplices o espectadores pasivos de sus más reprobables acciones.

Esto se aprecia especialmente bien en las relaciones carnales (cada vez más frecuentes) del periodismo con el poder, tras haber vendido su alma a la publicidad y verse como ahora en una de las mayores encrucijadas de su historia: de tanto probar (y repetir) las palabras del poder, el periodismo cada día prueba menos el poder de las palabras, obligado como está a vender más silencios que periódicos para poder subsistir. Al fin de cuentas, todos queremos ser ricos y eso es todo, parece decir Beaton. Vivir sólo creyendo en lo que vemos –nuestro circuito de riqueza o de pequeña burguesía acomodada– sin pensar en todo cuanto existe y nos conflictúa si lo miramos. Sentirnos bien, vamos, da igual a qué precio y a qué coste para el de al lado. Feelgood.

Como toda gran partitura, también esta es un regalo envenenado para la compañía: un gran texto tanto puede encumbrar al intérprete como dejarlo brutalmente al desnudo, sin más que sus carencias. El texto de Beaton es magnífico, no solo conceptual y dramáticamente (con conflictos potentes), sino también dramatúrgicamente: la arquitectura del texto es de una sencillez pavorosamente compleja. Beaton es un maestro de lo que podríamos llamar la polifonía dramática, fantásticamente ejecutada por todo el elenco, en intrincados dúos y hasta tríos (hasta tres grupos de dos actores hablando todos a la vez) que al unísono hacen mágicamente inteligible un caos organizado así escrito por el autor y que hay que saber tocarlo a tiempo, en ritmo y expresividad, como lo hacen los miembros de Entramados. Ya decía Brook que el factor fundamental del teatro (y de casi todas las artes) es el ritmo, muy bien marcado por Castrillo-Ferrer y, en escena, por Fran Perea –soberbio su trabajo, de principio a fin– que prácticamente no abandona el escenario en las casi dos horas de espectáculo, durante las cuales reacciona, siempre en tempo y con naturalidad, a una vorágine de demandas y estímulos de sus compañeros, todos con un altísimo nivel de escucha y con un programa de acciones dramáticas a ejecutar que, tanto Perea como el resto del elenco, sólo pueden haber interiorizado a base de muchísimo trabajo y una carrada de horas de ensayo.

Sobra decir que ritmo no es velocidad ni la previsible monotonía de un metrónomo. Los cambios de ritmo y las texturas, desde las más graves a las más ligeras, surgen aquí orgánicamente y dan brillo a cada momento sin que ninguno sea pasado por encima, sino plenamente jugado. Aquí todas las notas están tocadas, una por una, con la presión debida. Desde luego, es injusto citar sólo a Perea y el director. Jorge Bosch,  Manuela Velasco, Javier Márquez, Ainhoa Santamaría y Jorge Usón lo bordan. Todos protagonistas. No hay aquí secundarios. Estupendo –una vez más– Carlos Hipólito, GP, el Presidente, el único personaje que no vemos sobre el escenario, como a los demás actores. Se habla de él todo el tiempo, y todo cuanto los demás hacen en escena lo hacen por, para, contra, a pesar de, por orden de o temor de él. Cuando finalmente aparece, lo vemos –algo ya muy frecuente por estos días– a través de una pantalla, impoluto y límpido como un iceberg cuya parte sumergida, en este caso sí, nos ha sido revelada al detalle a lo largo de la representación.

El diseño del espacio escénico, al igual que los del espacio sonoro, el vestuario, la iluminación y hasta el material gráfico, audiovisual y web preparado por la compañía nos pone ante un listón de producción conceptual, artística y ejecutiva muy alto que augura, esperamos, futuros trabajos de tanta calidad, realizados como este a base de pasión, talento y gran esfuerzo, hechos con mimo desde el minuto cero de un precario y lejano sueño convertido ahora en maravillosa realidad. Hasta el 12 de mayo, en la sala 2 del Matadero. No os lo perdáis.

PD 1: La construcción del discurso del poder es quizá incluso también, como nunca antes, uno de los grandes temas del que podría ser el ‘teatro político’ de hoy, una etiqueta en la que no creo y que, según quien la emplee, suele pretender devaluar aquello a lo que se le adosa. La única diferenciación real vinculada al arte dramático es: teatro o circo. El teatro es siempre político, en tanto que los actores somos creadores de momentos. Transformadores de realidades virtuales en realidades concretas. ¿Qué no es la política si no la acción colectiva de transformar las ideas y las realidades virtuales en concretas? La catarsis colectiva siempre ha sido un elemento obvio del teatro, pero el buen teatro es siempre, además, reactivo. Tiene algo de incómoda y hasta amable patada en la boca al espectador para cabrearlo o indignarlo no sólo con lo que ya está indignado, sino consigo mismo, con su propia acción o falta de acción ante lo que lo indigna. Labrar una sola pregunta incómoda con la que uno se vaya a casa formulándosela sin reconocerse del todo al tener que responder lo contrario de lo que creía creer, ya es un auténtico acto político. Si Feelgood es teatro político lo es acaso por esto, no por su temática. No es, además, panfletario: no denuncia ni adoctrina. Lanza sencillamente al perímetro de vida altamente concentrada del escenario a unos personajes con unos conflictos internos con los que el público se identifica… ya de camino a casa. Si una etiqueta merece Feelgood es ‘buen teatro’, en ningún caso, ‘teatro político’, un término en sí mismo redundante.

PD2: Puedes leer más sobre la construcción del discurso del poder en nuestro tiempo en mi ensayo Eufemismo. Literatura del capitalismo, incluido en Lo que ignoro de mí, volumen de ensayos aún en preparación.

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22 de abril de 210
Site: http://www.feelgoodteatro.com/