NOPHOTO

NOPHOTO

Los conocí hace ya casi diez años, cuando no eran aún NOPHOTO sino un puñado de inquietos fotógrafos que se reunían una vez al mes en el Shooters de Madrid, el bar con mesas de pool y billar que está en unos bajos a un paso de la Gran Vía. Allí organizaban sus Proyecta, unos encuentros en los que diversos fotógrafos seleccionados cada mes con un criterio muy abierto y plural mostraba sus reportajes, ensayos fotográficos o auténticos works in progress proyectados en una pantalla gigante que se extendía allí para la ocasión. La proyección de cada trabajo duraba varios minutos y solía ir acompañada de audios y músicas complementarias. Con el tiempo, los oranizadores de Proyecta –recuerdo siempre en particular al bueno y omnipresente de Juan Valbuena– comenzaron a lanzar también sus Proyectiles: fotos o vídeos de menos de un minuto, que ahondó más en un registro al que ya estaban abiertos: el humor, la ironía, el relato sin pretensión de relato. Una suerte de contracultura dentro de la cultura fotográfica. Un aire fresco que, aun en el ‘desacierto’, espabilaba hasta al menos tradicional de estos fotógrafos siempre inquietos y alérgicos a la falta de asombro.

Siempre he creído que aquellos Proyectiles –aquella permeabilidad al desenfado y al desacartonamiento– fueron algo así como lo que cuentan que en Magnum significaron las polémicas incorporaciones a la agencia de los hoy ya canónicos y geniales Elliot Erwitt y Martin Parr. El espíritu de aquel Proyecta y de aquellos Proyectiles es una de las cosas que más me gusta seguir reconociendo aún hoy en el modo de relacionarse con la realidad de estos fotógrafos. Ellos mismos dicen: «No es que nos guste ir a la contra, es que lo que nos divierte es caminar despacio, torpemente, observar las diferencias menudas entre las cosas, descubrir sus ritmos. Tratar de describir un objeto, dar una vuelta alrededor, acariciar su contorno y cubrir todo el perímetro. Preguntarse de qué está hecho y qué papel cumple en la historia. Obligarse a agotar el tema y no decir nada. Obligarse a mirar con sencillez y no resolver nada. No ilustrar, no definir, no fotografiar. Lo que nos gusta es desfotografiar las cosas y desnombrarlas».

Con el tiempo, Proyecta fue ganando otros espacios –recuerdo proyecciones al aire libre en la calle Doctor Fourquet, con chocolate y churros incluidos, y otras en la Casa Encendida– hasta que el núcleo duro de aquellos espontáneos entusiastas empezó a pergeñar la idea de aunar esfuerzos y crear juntos una especie de agencia de fotografía, como ellos dicen, no convencional. Esto es: con la particularidad de tener una línea estética y conceptual que no fuera unívoca sino polifónica. Es decir: una línea estética y conceptual que careciera de toda línea estética y conceptual, no por no tener caóticamente ninguna –esa cosa tan posmoderna de sabotaje vacío–, sino por mantenerse creativamente abierta a todas, lo cual requiere valor y paciencia a la hora de aunar esfuerzos entre gente tan dispar como la que se ha nucleado en este colectivo.

Bajo esas premisas nació NOPHOTO en 2005, cuya puesta de largo yo siempre asocio –cuestión de biografía, lo siento– con la inauguración del Matadero de Madrid, en 2007, cuando el fantástico espacio cultural madrileño empezaba su andadura con apenas un par de espacios abiertos; el principal, el que NOPHOTO asaltó para presentar su soberbio Muta Matadero, un trabajo fresco, serio, plural, abierto al barrio y los vecinos y con un guiño al gran Ramón Masats. Siento que allí alcanzaron un alto punto de visibilidad y calidad que, en adelante, los llevó a más y más. Antes habían hecho otros importantes trabajos documentales, como los de todo lo que ocurrió en la edición del 25 aniversario de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid ARCO o en La noche de los libros que La Fábrica publicó después en un libro. También La Fábrica, a través de la revista Ojodepez, les dedicó el número 7 de esta publicación, una auténtica pieza de colección comisariada por Matías Costa y Juan Valbuena. Aquel año, recibieron además el Premio Fotógrafo Revelación de PHotoEspaña. Desde entonces, y pasando por la repercusión más allá del ámbito fotográfico que alcanzan con Muta Matadero, sus trabajos se fueron sucediendo hasta el más reciente y merecidamente celebrado El último verano, un blog que puede verse en: http://elultimoverano.nophoto.org/ y, hasta el 25 de noviembre, en Centro, del Palacio Cibeles.

En este trabajo, ya cerrado y acabado, NOPHOTO decidió documentar la evolución del verano más inhóspito y desalentador de nuestra historia reciente tras los recortes anunciados por el Gobierno el pasado 11 de julio. Lo hicieron, decían, por si después de este verano ya no hubiera otro. Por si desapareciese de nuestras vidas el verano como tal. El blog narra por tanto –como ellos mismos escriben– un estado de inquietud. «Sus contenidos son frágiles y discontinuos –dicen–, asociados a la naturaleza precaria de los tiempos que vivimos. Pretende describir y rememorar las emociones de esa experiencia en vías de extinción que llamamos verano».

Mientras los periódicos y las televisiones –a tono con los políticos de vacaciones o eufóricos en la Eurocopa– pusieron en sorprendente stand by la urgencia y el fin del mundo con los que en junio vendían a diario crecientes dosis de desasosiego rodeadas de espacios publicitarios bien pagados, NOPHOTO documentó, como pocos medios en España, la crisis al sol que todos seguíamos padeciendo, no como podría haberlo hecho un gran medio, con su gran aparataje y sus infraestructuras de distribución masiva, sino con la actitud (casi con la decencia, diría) de no desconectar con lo real, creyendo no sólo en lo que podían ver, pagándose un paisaje de relax, un decorado anestesiante, sino atentos a todo cuanto seguía ocurriendo más allá de lo que cada uno de ellos tenía o no la fortuna de poder ver. Mientras que en los demás medios todo pareció, sorprendentemente, un verano más, NOPHOTO contó realmente el, quizá, último verano tal como lo entendíamos. Y lo hizo desde lo personal, desde lo autobiográfico incluso, siempre en conexión con el entorno compartido, sabiendo leer en lo propio lo general y simbólico.

Cultos, con cada vez más experiencia individual y colectiva, los integrantes de este colectivo se han convertido silenciosa y sostenidamente en un auténtico referente de la fotografía contemporánea española. Han construido también ellos un espejo en el que poder mirarnos y reconocernos sin autocomplacencia ni impiedad. En ese justo punto medio en el que podemos ver lo peor de nosotros sin hundirnos para poder así modificarlo. Al mirar ahora atrás y ver el recorrido que llevan, individual y grupalmente, creo comprender que la clave de su éxito –una palabra que acaso a ellos les cause gracia, pero para mí lo tienen– es que todos, tan distintos entre sí, aman lo que hacen; lo harían y seguirían haciéndolo, cobrasen o no por ello. Como en todo grupo, tendrán seguro sus disidencias, pero aman con intensidad pareja la fotografía, entendiendo por ella lo que cada uno entienda. Ahí están su fuerza y su riqueza. Y su valor, ya que en eso consiste ser humanos, en enfrentar el desafío de coexistir tolerantemente en las diferencias.

Creo a la vez que ya desde su propia declaración de intenciones dejan ver que aman la paradoja, esa otra forma de decir ‘lo imposible’. E intentar lo imposible –’lo imposible’, según quién, desde luego– es lo único quizá digno que tenemos a nuestro alcance. Siempre recuerdo a propósito de esto de las paradojas –en las que ya los presocráticos veían el síntoma de la verdad–, recuerdo, digo, algo que suele decir Juan Millás: las cosas gritan ante todo lo que no son. Es decir: una cosa que vemos roja nos está informando de que es de todos los colores menos el rojo, al cual, por no serlo, no logra absorber y rechaza, mostrándolo. Esto al menos según la explicación física clásica. Albert Corbí me explica que esto ha cambiando ligeramente y que algo que vemos rojo nos expresa ante todo, no ya lo que algo no es, sino lo que algo también sí es en su composición pero de un modo, digamos, conflictivo, y que, en contacto con la luz, se altera expresando una irradiación (en este caso roja) por lo que rechaza o no asume de sí en lo más hondo de su composición. Esto vendría a ser algo así como: no es que rechazo el rojo por no serlo, sino que muestro el rojo porque es aquello de mí que yo rechazo y que, al conflictuarme, me altera, expresando predominantemente lo que no logro asumir. ¿Ocurre esto mismo con las formas? ¿Todo cuanto creemos ver bajo un determinado aspecto nos revela en sus formas ante todo lo que no logra asumir de sí, lo que rechaza de sí, lo que la pone en conflicto cuando entra en relación con la luz o con la mirada de los otros, al sentirse expuesta? 

NOPHOTO fotografía así lo que muchas veces parece no encerrar relato y que, acaso por fjarse ellos en ello, descubrimos que en verdad lo encerraba, acaso porque cada uno de nosotros es un vaso comunicante de realidad, susceptible de convertir en real cualquier cosa a la que le entreguemos nuestra atención. Todo es así relatable, relacionable y, por lo tanto, tan real como lo que el poder dominante declara como real. Muchos trabajos de NOPHOTO tienen incluso, en este sentido, cierta mirada hopperiana, en tanto que atienden a una realidad abandonada, sin aparente suceso, algo así como la espalda de la vida que muchas veces en esa parte, si la miramos, expresa tanto o más que el todo. Sobran los ejemplos: no hay que más que echar un vistazo a sus trabajos en http://www.nophoto.org/. Y todos por igual, incluso los trabajos, digamos, de impacto, o los más resultones en términos editoriales, encierran casi siempre un ansia de contrarrelato, un afán de contracultura que, no es ni más ni menos, la actitud de todo auténtico creador: cuestionar el relato dominante, básicamente el del poder. Salvarnos de la megalomanía y del autoengaño colectivo. Introducir un signo de pregunta, la sana dosis de duda que nos aleje de la ceguera indolente que pueden producir ciertas certezas declaradas. Incluso con trabajos casi surrealistas como el de los ciclistas chinos con mallots naranjas circulando por las calles, la azotea de un edificio o la orilla derruida de un río en Wuhan están preguntándonos una vez más: ¿y por qué no? ¿Por qué no también esto?

También Juan Millás me proponía hace años un reportaje imposible que expresa este mismo afán: reportajear la vida o el día después de los siete perdedores de una carrera de natación. Todos se centran en el ganador, me decía, pero los otros son la mayoría, que tanto pesan siempre en todo lo demás. Lo que pesaría realmente en las estadísticas es que: 7 de cada 8 pierden. Sobre todo en un sistema democrático que dice valorar y atender más a las mayorías. Curiosamente, por el contrario, la interpretación que hemos hecho de este sistema ha preferido el relato del que gana por sobre el de los que ‘pierden’ o, como deberíamos decir, de los que han alcanzado como el primero los mismos objetivos, a distinto ritmo. Hacer esto, en clave social, es crucial. La competencia, eso tan valorado por el sistema capitalista, la posibilitamos todos, por lo que cual todos, a partes proporcionales, deberíamos en el peor de los casos también ‘ganar’, recibir atención, ya que quien gana lo hace gracias a los otros, apoyado por una mayoría que contextualiza y soporta, da soporte, al triunfo del que gana. No hablo desde luego de natación: está bien que alguien gane la carrera. Hablo de lo que elegimos relatar después de que alguien gana, lo cual pertenece a la esfera de lo social –con su correspondiente mensaje– y no ya a la de lo estrictamente competitivo. Una sociedad, además, es lo que esa palabra indica, no una competición entre los individuos que la componen, en la que quienes ‘pierden’ quedan completamente excluidos, como los derrotados de una competencia en las crónicas publicadas al día siguiente. Es realmente curioso cómo hemos abrazado la democracia para que una parte representara al todo y diera así protagonismo al sentir de la mayoría pero cómo a su vez hemos acabado idolatrando idiotamente sólo a los que ganan, despreciando y relegando en protagonismo a los que con su participación han posibilitado que uno, en nombre de todos, destaque, permitiendo así también ellos la posibilidad social de una competencia. Ya Brecht decía: desgraciado el país que necesite héroes.

Juan Millás proponía así un reportaje que, en el mundo actual, estando como está el periodismo, parece el anti-reportaje. Desde luego, nunca encontró un medio interesado en publicarlo. En mi cabeza sigue en primera plana. Y encierra la pregunta: ¿sería todo distinto si contáramos la realidad desde otra estructura del relato, si renunciáramos, como propone Juan, al héroe o anti héroe, esa cosa tan publicitaria y hollywoodiense, en la que quien aparece multiplicado en los medios nos dice, como un anunciante en el anuncio que paga, que es el mejor de todos cuantos existen en su sector omitiendo lo que le convenga para convencernos de que no es uno más entre los humanos? Siempre me llamó la atención también que las revistas femeninas para adolescentes llevasen en sus portadas a mujeres espectaculares y no a hombres. Un día me explicaron que Cosmopolitan tenía más que probado que las adolescentes quieren ver, antes que a hombres que puedan gustarles, a las mujeres más exitosas del mundo –en belleza, dinero y aceptación social– para saber a quién mirar para parecerse, para tener con quién medirse y a quién mirar como ideal y meta. La carrera ya vibra en la palabra ‘meta’, y la competencia implica vencer al de al lado. Dudo de que pueda haber sociedad con estructuras de relato como las que se utilizan y utilizamos narrando la realidad, como si nos bombardeáramos y hubiera que correr todo el tiempo, a vida o muerte, hacia espejismos. Con contadas excepciones, hoy sólo tenemos medios para vender más publicidad. No queremos que la realidad se parezca a la realidad. No queremos verla. Preferimos el photoshop y el spot publicitario con promesas de satisfacción inmediata si bebemos tal o cual bebida. «Nos vamos a un sitio donde tomen a la gente por lo que quiere parecer y no por lo que realmente es», dice Roberto Álamo al final de Dispongo de barcos, de Juan Cavestany. Posiblemente, tenemos el mundo que tenemos, y los medios que tenemos, porque en el fondo todos buscamos eso que escribe Cavestany. No nos seduce la realidad. Acaso sea eso. De hecho, nunca un medio ha cerrado por falta de información; siempre por falta de anuncios. ¿Qué más pruebas?

Así yo me he sentido muchas veces más narrado y reconocido en los proyectos de NOPHOTO –incluso en los no consumados como el de Juan Millás– que en los de muchos periódicos, radios y televisiones. Los fotógrafos de NOPHOTO suelen relacionarse con la realidad desde el más auténtico y desnudo asombro, no desde la novedad culturalmente declarada como tal. No les interea la realidad desde lo meramente actual, sino desde su irreductible misterio. Atentos al mundo, no olvidan la vida. Como los niños. Con ese mismo punto lúdico. Juegan. Pero juegan con toda la verdad del mundo. Incluso cuando no la entiendan. Y en cualquier caso, la muestran. Ese nivel de riesgo es muy de agradecer. A mí de ellos me gusta hasta lo que no me gusta. Como mirarse al espejo, vamos.


* * *
18 octubre 2012

Site: http://www.nophoto.org/