«HAY UN MOMENTO DE NUESTRA VIDA
EN QUE NOS SENTAMOS
FRENTE A NUESTRA PROPIA VIDA
Y NOS PREGUNTAMOS SI DARÍAMOS LA VIDA
POR ESA VIDA QUE LLEVAMOS.
Y ENTONCES LA BESAMOS
O LA ESCUPIMOS»

 

HUGO MUJICA

 

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A toda era y sujeto les llega su ajuste de cuentas,
consigo mismo y con Dios.

Superados el sapiens sapiens –el que sabe que sabe–,
el faber –el hombre que hace–,
el ludens –el que juega–
y el videns –el que más que ver mira, sin comprender ni actuar–,
es el turno del amnésicus:
el que olvida que ha olvidado.

El hombre que al fin por fin
olvida al hombre.

 

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PROCESO DE ESCRITURA
Y MONTAJE A PIE DE ESCENA
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SINOPSIS
MARCO CONCEPTUAL DE LA OBRA

Un sujeto descubre una noche, antes de dormirse, que ha olvidado que cumple 40 años y siente que ese olvido lo revela, también a él, en medio del camino de su vida, en su particular selva oscura: la soledad de su piso de clase media, con mobiliario hecho en serie y calefacción central, un perímetro diseñado y construido para el desarrollo de una vida cotidiana. Es decir: para el desarrollo de una ficción basada rigurosamente en hechos reales, casi sin percepción del tiempo ni posibilidad de cambio, que permite a su habitante contarse –y creerse– que dentro de ese pequeño simulacro acordonado sólo le pasarán las mismas cosas que ayer y que mañana. El confort –el grado cero de la urgencia– domina así su realidad, una realidad hipertecnologizada que, desde mil terminales, lo abre a su vez a un espacio virtual que suspende y desactiva su cuerpo y lo aboca a vivir sólo en su mente, centro neurálgico de nuestro atávico sueño de inmortalidad. «Sin urgencias, ya no hay muerte –se dice no obstante esta noche, incapaz de mantenerse en su ilusión–. Sin muerte, ¿seguiré estando vivo?».

Al igual que en los antiguos mitos griegos, también la vida cotidiana se revela hoy como una infernal forma de inmortalidad, regida por la repetición, sin alteridad ni alteración posibles, siempre idéntica a sí misma. O como el interior de un hermético cubo espejado en el que, se cuente lo que se cuente, el sujeto vuelve a encontrarse cada día a solas con su cuerpo, con el sexo, con la muerte, con Dios o con su ausencia, incluso con su madre, esa incesante sombra de su propio origen: presencias virtuales en su vida que tensan y estrangulan su cuerpo; inexistencias brutalmente existentes en él que van sobredimensionándolo, lanzándolo constantemente fuera de sí sin permitirle ir nunca más allá de su propia piel. Y cuando por fin el sujeto estalla sólo quedan a su alrededor fragmentos, fragmentos tan virtuales como reales de sí mismo que él tal vez aún pueda recoger pacientemente para reconstruirse una vez más hasta el próximo estallido.

Esta noche, desvelado, el sujeto inicia así un ajuste de cuentas consigo mismo. Emprende un viaje por su purgatorio particular desde el limbo de su propia vida. Ajusta cuentas también con Dios, al que vuelve a inventar, lo llame ‘azar’, ‘tiempo’, ‘misterio’ o ‘biología’. Vuelve a crear un interlocutor hacia el cual arrojar su vida, incluso su blasfemia y con el que reducir quizá ese vacío que –aun colmado de cosas: ropa, alimentos, aparatos, muebles, coches– nunca nada alcanza a llenar. Incertidumbre, preguntas. Siempre. Nunca hay más. Sólo la incesante reaparición de la pregunta por dios, ese ‘más allá’ que, al retirarse, crea el vacío en el que el sujeto se descubre otra vez solo ante la muerte.

El sujeto hace entonces esta noche lo que aun en la era más hipercomunicada de la historia más hace el hombre contemporáneo occidental: monologar, contarse a sí mismo lo que va creyendo ser en medio de lo que va creyendo que sucede a su alrededor para convencerse de que el lugar que ocupa en la realidad –sobre la que no tiene el menor control– no es un lugar impuesto sino elegido. Y en esa dinámica de monologar para no perderse la pista entre los otros, descubre que hablarse a solas lo expone a su vez a un ensimismamiento tal que podría hundirlo definitivamente en la desesperación de la que pretende escapar. 

Monologa también para analizar así, con la previsión debida, cómo vivirá la segunda parte de su vida. Es decir: de qué modo va morir, en qué dirección y haciendo qué. A hacer qué cosas dedicará la mayor parte del tiempo que le quede para continuar vivo, alimentado y lo más selectivamente besado que pueda sin exponerse a peligros como el robo, la violencia, la pobreza o el amor. 

Incapaz de creer ya en las religiones y en el Dios de las explicaciones inventado por los viejos dogmas, el sujeto se enfrenta así esta noche a su religiosidad, a las preguntas sin respuesta que no obstante aún tiene sentido formularse para mejorar con ese acto la calidad de sus preguntas y, con ellas, no esperar ya pasivamente una respuesta, sino responder él al misterio que lo arrojó a un nombre, a una geografía, a este tiempo. Un misterio al que cada vez que él respira le dice «sí», pero al que rechaza al cuestionar la única condición que la vida le ha impuesto: morir, poco a poco, sabiéndolo. Testándolo a lo largo del proceso. Envejeciendo. Ante esa instancia, el sujeto –casi un Krapp beckettiano a los 40– se debate, en la mitad de sus 80 años, entre aceptar el declive o ensordecerse para olvidar. Vivir, en suma, o suicidarse, incluso gradualmente durante años, aferrado a una obsesión, cerrado a la apertura de aceptarlo todo.

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El espacio simbólico de felicidad y realización personal
ya no es para nuestra época el paraíso, sino el limbo:
el lugar de los que no están en ninguna parte,
ni vivos ni muertos, sin pena ni gloria, sin percepción ni conciencia.
El anteinfierno que Dante destinó a los indiferentes.
Un confortable piso con calefacción central,
mobiliario hecho en serie y wi-fi.
De la obsesión por conquistar ese nuevo ‘paraíso’
nacen todos los infiernos contemporáneos.

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