La emoción, o el rostro del otro en lo más hondo de uno

 

 

A Hugo Mujica


La emoción estética nos altera, literalmente nos da la alteridad, rompe el principio de identidad –de lo siempre idéntico a sí mismo– y nos abre, incluso contra nuestra voluntad, al principio de realidad, que siempre viene traumáticamente dado por la irrupción del otro y de lo otro en nuestra vida, de todo aquello que no es yo y lo niega y que, incluso brotando desde lo más hondo de nosotros, nos desidentifica conmocionándonos, devolviéndonos a un lugar anterior a nuestro aparecer, en el que, no siendo aún nadie, podíamos ser todos.

La emoción estética es así también síntoma de la irrupción de lo trascendente en nuestra vida, de lo no conceptualizable, de la alteridad más radical abierta paradójicamente en lo más profundo de nuestra identidad. Un tipo de alteridad que, vehiculizada en cualquier creación estética, nos desborda, ahoga y conmociona con un sentimiento mayor que toda nuestra vida y que la propia vida, algo infinitamente sensible y polisémico que, sin embargo, como diría Holan, debe cabernos en el corazón. Algo infinitamente sensible e inabarcable que, al fracasar nosotros en nuestro intento de contenerlo, nos parte y nos desborda. Nos parte y pare: nos da otra vez, continuamente, a nacer desde aún no éramos. Sólo la emoción estética nos rescata así de nuestra biografía para devolvernos a la vida y evapora nuestro relato para dejar otra vez al descubierto la realidad y a nosotros, sin nosotros, en ella.

La emoción estética, así, como un irrefrenable nacer. Un morir de amor por la vida en el que no se muere, pero en el que se ha de soportar ese ‘dejar de ser’ siendo a la vez consciente –por la emoción– de este milagro que podría no incluirnos y nos incluye y ante el que nos nace entonces, como suele decir Hugo Mujica, el sentimiento más profundo del ser humano: la gratitud.

«En una sociedad tan utilitaria como la de Occidente –dice Mujica–, nos educan y preparan para el resultado, para la reducción del asombro en costumbre, que es lo manejable, y de la creación en producción, que es lo rentable… La revolución del arte y, bien entendida, de la religión pasa justamente por la presencia de la gratuidad, por la presencia de lo incomprensible como incomprensible y, por lo tanto, inapropiable. No hay derecho de propiedad sobre lo que uno no comprende. Porque todo, al cabo, encuentra su gran metáfora en la muerte, en lo incomprensible que viene a demostrarnos y a confirmarnos que ‘no podemos poder’, que vamos a entregar nuestra vida a lo absolutamente incomprensible, como cuando nacimos, de lo incomprensible total a esto. Y si uno acepta esa realidad, acepta la gratuidad, el saber que está aquí gratuitamente, y le nace entonces el más profundo sentimiento del hombre: la gratitud, la respuesta a la gratuidad de la existencia, a todo lo que recibimos sin siquiera la violencia de haberlo merecido. Gratitud no por esto ni por lo otro: gratitud porque podríamos no haber sido y nos aconteció ser».

Desde esta perspectiva, y siguiendo la huella de Levinas, podríamos arriesgar que, al igual que el rostro del otro, también la emoción estética encarna radicalmente la alteridad. Si para Levinas la alteridad venía dada éticamente, como orden, desde el rostro del otro –«no matarás, no me dejarás morir»–, acaso viene también dada estéticamente, como don, por la emoción: «la vida es bella, el bien mayor, me incluya o no, esté o no yo vivo para admirarla; este instante vale todas las penas, incluyendo la mayor de todas: morir». La única condición de la vida: aceptar ese cofre de nada que a todos nos espera. La muerte como aquello que no es, pero que, incluso no siendo, esencia y, dándose a sentir, da sentido. Lo sentido –ese participio y ese participar del sentir– es siempre lo que nos da el sentido: la dirección, el rumbo, el saber y el sabor.

Las artes vivas, así, como el rito de darnos a sentir otra vez la vida –que incluye la muerte–, lo incomprensible –que, por ininteligible e incomunicable que nos resulte, no es por ello imperceptible ni deja de existir ni de alumbrar nuestras vidas–, y, fundamentalmente, el rito de darnos a sentir al otro –real, presente, irreductible, con un rostro– y nuestra propia emoción, que rompe en lo más hondo de nosotros todo dique de contención para liberar otra vez la abisal corriente del misterio que nos arrasa como sólo la brutal belleza de la vida puede hacerlo, dándonoslo a sentir sin matarnos. Si como creadores –lo consigamos o no– no aspiramos al menos a que las artes vivas custodien este fructífero y vital abismo y nos asomen a él, sería mejor no salir de casa.

 

 

 

Imágenes de Lucio Fontana