Farsa en un acto

En un espacio vacío, sin decorado ni referencias temporales o geográficas, un hombre recoge setas en el monte cuando de pronto se topa con una mujer que busca allí mismo, explica, una estación de metro en la ciudad. El desconcierto de ambos se ahonda con la irrupción de un joven que camina por la playa, dice, rumbo a una fiesta de disfraces. Otras tres personas —vestidas todas de igual modo aunque crean llevar ropas que nadie ve— aparecerán también en el mismo espacio jurando, como las demás, estar en lugares que sólo ellas perciben y a los que nadie más que ellas puede acceder.
No tardarán en comprender que la realidad, de pronto, ha desaparecido. Ya no tienen marco común. Nadie puede confirmar ya a nadie que cada cual está realmente donde dice estar. Todos miran lo mismo, pero no ven lo mismo. Están en contacto, pero incomunicados, tan mentalmente presos en sus respectivas realidades como físicamente en esta otra que no acaba de integrarlos ni les permite abandonarla. Cada vez más absortos e inquietos, apenas están de acuerdo en no estar de acuerdo acerca de qué extraña realidad es ésta en la que nadie parece dispuesto a renunciar a la suya propia para aceptar la que hay o para construir una que los incluya a todos.
Gran parte de ellos acabará no obstante comprendiendo que, mientras no se aclare el misterio de en qué extraño lugar se encuentran (si alguna vez se aclarase), deberán escucharse sin más remedio, conocerse, aceptarse, crear incluso un nuevo marco común en el que puedan entenderse sin llegar a enloquecer ni terminar matándose.

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