[inédito]
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FRAGMENTOS

Como a una mujer dormida,
llevamos la muerte en nuestros brazos.

Elegimos seguir juntos
reprochándonos secretamente el nacimiento.

Hombres de una misma sangre, sí:
cuerdas aferradas a tobillos de otros
que, con uno,
caen
a lo más hondo del océano.

Todos deberíamos cambiarnos nuestros hijos después del nacimiento.

¿Es una pena habernos conocido?

Lejos,
como un deseo,
la noche se abre ahora
a una extensa intimidad de ventanas encendidas.

Estar allí…
No ser este lugar,
este tiempo.
Ser la luz lejana de una casa sin mí;
el tren que anuncia su partida
y cruza las cosechas y los tambos,
evocando, pueblo a pueblo,
amores y nostalgias de otro tiempo.

Lejos,
siempre lejos,
una mujer deja el andén sin el hombre que ama
y suelta el llanto de su abandono entre los árboles.
Un hombre fuma y contempla el cielo.
Una anciana busca a su hijo en el infinito de las vías.
El tren avanza.
Los pueblos se sientan a las mesas.
La noche borra las casas y las tumbas.
Muere la flor contra la piedra;
nadie camina esos jardines.

Lejos,
otras ciudades refulgen;
el ecuador gira en su sitio,
el día, al Este, es de otras tierras.
Un fruto cae.
Se aquieta el nido.
La arena permanece en la arena,
la huella del reno persiste en la nieve.
Alguien dispara.
Las algodoneras siguen cantando.
Nuevos escombros sepultan la ciudad.
Nadie mira el Guernica a esta hora,
el fuego habla de ayer
y mañana
la ceniza cegará nuestra mirada.

¿Qué tengo yo que ver con la vida?

Nada de esto importa.
Levanto mi copa, mojo mis labios.
Respiro y vivo:
mientras muera,
seguiré estando vivo.

///

¿Existe un cielo, o un momento,
en que los hombres sangren
la verdad de sus acciones
y la mano izquierda
coincida con la mano izquierda?

El manto del deseo
nos cubre la cabeza
y habrá entonces que olvidar.
Olvidar hasta volverse olvido;
no desear ya más desear.

Descansar.
No estar conmigo.
Busco la gracia de la distracción;
la gracia en que reposa
la naturaleza en un día pleno.

Ser la lluvia;
infinitamente
ser el sol.

Pero quiero,
ansío…
y eso es todo.

Soy un círculo en el que no estoy incluido;
el recuerdo de alguien que ya ha muerto,
un desierto sobre el cual proyecta el sol la sombra
de alguien que, me han dicho,
fui y soy yo.

///

«Por favor».

Desde la oscuridad,
la voz insiste.

Me acerco.
Mi mano toca la mano.
Nos separa una moneda.

El oro estará cuando no estemos.

Ay, de los que habitan en la tierra.

Cinco pasos y estoy lejos.
La voz ya no clama,
la mano vuelve a la sombra.
Otra vez solos,
sin Dios.

Lejos,
una cruz busca el cielo
y pone debajo una iglesia.

Como puntos cardinales de un único destino,
Cristo traza en la cruz nuestra suerte.

La puerta cede a mi mano.

Dios vibra en su ausencia.

///

El hombre que en mí llora y se lamenta
busca en su pecho,
te extiende el corazón y reconoce:
“También yo pagaré mi muerte viviendo,
y si tu verdad es la ausencia,
olvídame ante mí y ante los otros.
Olvídame, si existes,
para que yo pueda olvidarte;
y si no existes,
yo, que acaso tampoco existo,
te olvidaré para que,
igual que ceros que corren
hacia lo que no es, no ha sido ni será,
rodemos juntos
confiando en que el movimiento tendrá un fin,
en que no habrá un mañana al que despertar
y en que esta noche, a diferencia de otras noches,
acabará sin soles agrietando el día.

Señor:
no quiero en mí vivir más hombres.

///

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