ESTE SUEÑO COMPARTIDO
QUE LLAMAMOS REALIDAD

 

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Si compartimos el mismo espacio
y el mismo tiempo, pero no la lectura
que hacemos de la realidad,
la interpretación del sueño
,
¿podríamos realmente alguna vez
encontrarnos
?

 

Un árbol muerto domina el espacio: ha sido reducido a libros y a madera.
Una bombilla eléctrica desgarra apenas la oscuridad.
El resto es intemperie: la tierra, el cielo y, entre ambos, otra vez, los mamíferos interrogantes, privados del vuelo y de la hondura, ni profundos ni elevados: superficiales.
Rebasados de oxitocina y hambre, el lenguaje –esa trampa– los enjaula, los excluye de la realidad, condenándolos a matar cuanto nombran, a perder lo que bautizan, reemplazando las cosas por la idea que se hacen de ellas.
Condenados también a consumir sus dosis diarias de energía en algo, la transmutan en creatividad o la desplazan a otros en forma de violencia, padeciéndola incluso en esos casos más ellos mismos que a quien la infligen.
Eternos poseedores de una carencia irreductible que viven como deseo, necesitan ignorar que ignoran y creer que creen, alumbrándose a sí mismos con la luz que han logrado generar, dándose así por ella la razón como herramienta máxima para conocer la realidad, al precio incluso de perder quizá el sentido y, así, el sabor, el saber, el haber sabido antes de morir, por mucho que creyeran conocer, más que de la vida, de sus propias biografías.
En lo que tal vez sea el interior de un sueño en cualquier tiempo y lugar, vuelve a acontecer así el más desencadenante de los hechos, el más antiguo, el más actual, el más futuro, el primero de una serie infinita: dos seres humanos se encuentran en un espacio indeterminado sin más marco común que el que construyan con su propio relato –con su propia relación de los elementos de la realidad– para explicar (intentar explicarse) qué extraño lugar es este al que han sido arrojados.
¿Ser dos es la respuesta al interrogante de ser uno?
Y si el mundo, lo construido, es siempre la respuesta que damos a la vida, ¿cómo saber si esa respuesta es o no acertada y, aun más, si podría ‘resolver’ el misterio que nos crea?

 

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Víctor Vidal
Ser uno

 

Víctor Vidal | Foto de Carlos Luján


Graduado en Arte Dramático por el Col.legi de Teatre de Barcelona y el Programa de Técnica Meisner con Javier Galitó-Cava, completó su formación con Mariano Barroso, José Manuel Carrasco, Esteve Rovira, Rachael Adler, Mathew Graham-Smith, Raquel Carballo, y Viv Manning. Realizó a su vez un Master de Método Stanislavski en Minsk, Bielorrusia. Desde 2006, ha participado en diversas series televisivas como Ciega a citas, Cuéntame cómo pasó, Con el culo al aire y, en Cataluña, No hi ha futur, Malsons S. L., La Fada Paca, Cinco y Acción o Mar de Fons. En cine, ha realizado recientemente en inglés los largometrajes Vampyres (Víctor Matellano, 2014) y Above de Moon (Miguel Santesmases, 2014), y numerosos cortos entre los que destacan sus protagónicos en Amanece y Coche compartido (ambos de Nestor Ruiz, 2013), A stale tale (Antonio Lava, 2013), del cual también es guionista, Con una bala en la cabeza (2012), Rómpeme el corazón en mil pedazos y echáselo a los perros (2010) y Entre Nosotros (2010) –todos de Nico Aguerre–, y Pitjors dies vindrán (Xavi García, 2007). En teatro, protagoniza en la actualidad Cuestiones con Ernesto Che Guevara, en el teatro Plot Point y El zanahoria también es un color, en Microteatro Por dinero, espacio en el que ha presentado también Vecinos, gafas de culo de botella y cintas de video, (Jorge Cabrera, 2013) y El hombre de la mesa de al lado (Sergi Cervera, 2013). Anteriormente, dirigió El amor de Fedra (2012), de Sarah Kane, en la sala Freedonia de Barcelona, y participó, entre otros montajes, en Afueras y El Pache (Mariano Pesin, 2012, Casa América Cataluña), El señor Martín (Rodrigo Garbarino, 2011, Teatre Riereta), Miller vs. Williams (Nico Rivero, 2010, Nau Ivanow), Noche Mamet (Blanca Martínez, 2010, Teatre Riereta), Hamlet (Albert Pueyo, 2008, gira nacional), Cachorros de negro mirar (Mariana Trujillo, 2007, Mercat de les Flors), 4:48 Psicosis (Pep Pla, 2007, Auditori Poble Espanyol), y Bales sobre Broadway (Manel Dueso, 2007, Auditori Poble Espanyol). 

Ver más en www.victorvidal.com.es

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Eva Llorach
Ser dos

 

Eva Llorach | Foto de Carlos Luján
Licenciada en Interpretación Musical por la ESAD de Murcia, completa su formación con John Strasberg, Carles Alfaro, Heidi Steinhardt, Sonja Keller, Vicente Fuentes, y en el Laboratorio de William Layton. En cine ha realizado los largometrajes Hoy me van a matar –largo colectivo #Sequence (Haizea G. Viana, 2013)–, Magical girl (Carlos Vermut, 2013, Concha de oro y Concha de plata en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián), Gente en sitios (Juan Cavestany, 2013), La lava en los labios (Jordi Costa, 2013), #REALMOVIE (Pablo Maqueda, 2013), Piccolo grande amore (Jordi Costa, 2012), la coproducción internacional de dirección colectiva The ABC’s of Death (Nacho Vigalondo, 2012), Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011), Once días de Julio (Jorge Izquierdo, 2007), La interminable espera de Arturo Gros (Jorge Izquierdo, 2005), y Eva en la nube (Jorge Izquierdo, 2004), y numerosos cortometrajes, el último de ellos, Lucas (Álex Montoya) ha sido nominado a los Goya 2014. En teatro ha interpretado musicales como Urinetown (2008), y los textos Maté a un tipo (2008), Sueños de un seductor (2007), o Medias naranjas (2005). En 2012 creó el grupo de investigación teatral Yo, erótica con el que ha hecho los espectáculos Yo, erótica y Leche. También en 2012 realizó su primer cortometraje como directora y guionista, My only child. Actualmente, protagoniza a su vez la obra teatral Aún no consigo besar, basada en la historia real de la primera persona que recibió un traplante de cara, escrita y dirigida también por Diego Bagnera.

Ver más en http://vimeo.com/75893554

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Diego Bagnera
Texto y dirección

 

Diego Bagnera | Foto de Carlos Luján

 Ver más en Bio y Videobook

 

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Asistencia de dirección
Fabia Castro 

Espacio escénico, vestuario
y producción general
LA DESTILERÍA


Fotografía
Carlos Luján 
www.carloslujan.com

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Agradecimientos:
Albert Corbí, Carlos Luján, Víctor Massán, Elvira Arce, Ángel Málaga,
Eva Caballero, Ana López, Javier García Cristóbal y Carlos Heredero

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 Esta obra está dedicada a Hugo Mujica,
que me rescató del mundo para devolverme a la vida

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Este sueño compartido que llamamos realidad | Foto: Carlos Luján

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Los sueños acaso sean mensajes secretos
que nos enviamos a nosotros mismos,
no para 
revelárnoslos,
sino para recordarnos el misterio irresoluble
que nos abarca y que, a la luz de la razón,
creyendo poder alumbrarnos a nosotros mismos,
como dioses,
hemos pretendido olvidar.
 

 

Este sueño compartido que llamamos realidad | Foto de Carlos Luján

 

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TRILOGÍA DE LA INMEDIATEZ | in progress

 

¿Por qué nace el hombre en un cuerpo
manifiestamente precario
desde el que su mente es no obstante capaz
de generar la idea de inmortalidad?

¿Puede el sujeto contemporáneo
acabar perdiendo la cabeza por querer
salvarse de su propio cuerpo?

 

Generar luz a partir del descubrimiento de leyes y principios que estaban ya al alcance del hombre en la Edad de Piedra consagró definitivamente a la razón como facultad para conocer, controlar y diseñar –creer incluso que podemos diseñar– la realidad. A partir de la Segunda Revolución Industrial, la lámpara eléctrica se instaló en nuestra era como deidad, tótem e icono de la omnipotencia potencial del hombre de alumbrarse a sí mismo, de hacer, como un dios en su propio génesis, que en la oscuridad haya luz y que el misterio se diluya en respuestas: la criatura –reza desde entonces el nuevo credo– crea a la criatura. Y construirse a sí mismo a través de la productividad es el nuevo imperativo: ‘hacer’ en el mundo –antes que ‘estar’ en la vida– para poder ‘ser’. 

Coronada la razón como herramienta principal del conocimiento de la realidad, todo cuanto no pueda ser explicado, escape a la lógica o no tenga un para qué es así inútil o absurdo. Locura. Algo peligroso y erradicable. Todo ha de tener un fin práctico o una explicación. Si no, debe ser convertido o eliminado. Y ante el vacío, ante lo infinito, ante lo eterno, absolutos que Occidente no puede explicar desde la razón, respondemos llenándolos tranquilizadoramente de dioses e ídolos, misiones interplanetarias o bienes de consumo, tapando así, como en el Barroco, nuestro horror al vacío, ese ‘horror’ del que etimológicamente proviene la palabra aburrimiento: el deseo de desear –como lo definió Tolstoi–, acaso lo que más padecemos las sociedades desarrolladas. Deseamos desear realmente algo, más allá de la ambición. Desear es estar ya en posesión de una carencia. Y es justamente esa carencia la que una y otra vez nos mantiene en el deseo por la vida. La ambición en cambio sólo nos relaciona con el poder, con la posibilidad real de obtención de objetos manipulables que, una vez conseguidos, nos vuelven a mostrar su nada al revelarse como lo que en verdad eran: máscaras con las que tapamos la carencia irreductible del deseo, ese vacío fértil, ese don que sólo no entregado se mantiene como don y que por ello mismo ‘esencia’ –ejerce la acción de esenciar– y lanza nuestra vida más allá de nosotros mismos y de lo que nosotros podamos ‘darnos’ a nosotros mismos. 

Reemplazando el deseo por la ambición, nos hemos contado así que de nada carecemos –que nada nos interroga, ni inquieta ni llama– sintiendo no obstante que el mundo construido nunca satisface ni realiza lo que siempre nos falta y nada puede llenar: el sentido. El sentido que sólo vivir de cara a la muerte –ese cofre de la nada– nos va dando como vida. Rota unilateralmente por nosotros la relación con ese vacío al que sin embargo seguimos abiertos, el horror al vacío reaparece, ya no como horror, sino como tedio: como ausencia de tensión vital, como falta de atracción por lo real. 

Aburridas como pocas, las sociedades desarrolladas necesitan así por ello, como nunca antes, entretenimiento (anestesia del tiempo: llenar con algo el intervalo entre tener y tener) y bienes de consumo que –ante el vacío sentido pero no asumido y la angustia por todo lo que seguimos sintiendo pero en lo que nos negamos a pensar– nos den la ilusión de satisfacción inmediata y la sensación de felicidad, libertad, independencia y seguridad que creemos haber perdido sin haberlas tenido nunca. Importa ante todo que sean bienes y entretenimientos que nos den la ilusión de poder saciar esos impulsos con sólo obtener los bienes que los representan, siguiendo así, una vez más, la lógica de la razón: si bebo Coca Cola, seré feliz. Si calzo unas Nike, tendré determinación, independencia: just do it. Si me compro un BMW, seré libre, llegaré a donde quiera porque a mí, desde luego, me gusta conducir. Mis muebles, además, serán de Ikea y fundarán la República independiente de mi casa… La sensación de vacío no se disipa: no por obtener esos bienes, hemos abordado nuestras felicidad, determinación o libertad. Apenas hemos comprado un sucedáneo, una droga, una forma sin fondo, como el adicto otra dosis, sin saciarnos nunca. Por eso hemos hecho tal vez del consumismo –del acto de comprar– nuestro principal pasatiempo, la estrella de nuestro ocio: compramos ante todo la sensación de haber obtenido aquello que las cosas que compramos representan pero que no abordan ni resuelven, y ya en casa, con las bolsas aún sin abrir en el salón, las mercancías nos muestran sordamente su nada. Mientras tanto, fuera, otra vez, tras la ventana, anochece.

El problema del capitalismo –y de nuestras sociedades– no es así quizá económico sino ante todo filosófico. No se trata de si el vigente es un sistema que promueve o no la igualdad –que no la promueve– sino de si es un sistema construido o no sobre la aceptación de la propia muerte, la única condición que la vida nos pone: morir un día. Una condición que no sólo da sabor y sentido a cada instante por estar siendo primero y último, sino que nos iguala a todos ante el mismo misterio. Uno puede vivir esa intemperie mezquinamente –como si creyera poder escapar a esa condición y acumular para la eternidad– o generosamente, aceptando el género al que pertenece y sabiendo así que en el bienestar del otro –en su bien pasar, en su ‘bien estar siendo’, librado del embrutecimiento y de tener que recurrir a la violencia para sobrevivir– está también parte del propio bienestar. 

El problema del capitalismo, en suma, es estar construido sobre su profundo temor a la muerte, sobre su obcecada negativa a perder, y convertir su temor en terror: querer recibir sin dar. Obtener sin entregar. Ganar sin apostar. Elegir sin renunciar. Vivir sin morir. Como nosotros. Tememos así no sólo a la muerte sino también a la vida, porque la incluye. Y para rechazar ambas –eliminarlas, como busca el capitalismo eliminar todo lo que cuestione su relato– construimos y aceptamos constantemente simulacros de inmortalidad. Consumimos mercancías y soñamos con acumular capital como para ampliar nuestro margen, nuestro crédito; para adquirir poder (sensación de dominio y control de lo que no podemos controlar) y dinero (tiempo y espacio sin forma, potencialmente traducibles en lo que uno quiera). El capitalismo –nosotros– creemos en suma en la acumulación, no en la satisfacción. En las conveniencias, no en la necesidad. Acumulamos como quien fuera eterno y, en nuestro día a día, centramos nuestra satisfacción no en vivir sino en aumentar la brecha que nos separe aún más de los pobres: los que mueren, los mortales, lejos, en otros sitios, al margen de la realidad, en terceros y cuartos mundos que, como decía Eluard, están en este. 

El proceso iniciado hace apenas 150 años con la Segunda Revolución Industrial ha pretendido desterrar así no sólo la oscuridad y cuanto no pueda ser revelado, iluminado para entenderlo; ha pretendido desterrar también, principalmente, el tiempo, que el hombre cree haber conquistado ya no a escala infinita –la eternidad, como pretendió antiguamente– sino a escala infinitesimal –la inmediatez–, como cree en la actualidad tras haber reducido cada vez más los plazos de producción y abastecimiento de nuestros sucedáneos materiales de bienestar inmediato para suplir con ellos nuestras demandas espirituales, que lo físico aún no sacia. Si no la inmortalidad, creemos de este modo haber conquistado su simulacro: que nada medie entre nuestro deseo y nosotros, que todo sea siempre ‘ya, en todas partes’, y ya no mortalmente ‘aquí y ahora’. Inmediatez. Sin nada en medio. Sin esperas ni procesos. Sin cortes, sin desconexión, sin ruptura. Sin tiempo y, así, sin muerte. Un paraíso artificial en el que, a fuerza de no haber podido materializar nuestros sueños, hemos buscado virtualizar la realidad para que el relato que nos hacemos de ella la reemplace y nos salve de ella.

Acaso también por esto hemos hecho de Facebook el más grande país virtual del mundo, aquel en el que al parecer más nos gusta vivir: miles de contactos y, en muchos casos, comunicación cero. El mayor medio de comunicación con la mayor plantilla de trabajadores del planeta: sus usuarios. Nunca tanta gente trabajó tanto tiempo gratis y feliz para una empresa. Facebook es, desde esa perspectiva, un auténtico milagro empresarial: ha convencido a sus usuarios de ser beneficiarios y no empleados del medio para el que cada día trabajan, incluso sábados y domingos y desde sus propios móviles, nutriendo a la empresa de contenidos y de una cada vez más extensa agenda de contactos y de datos personales con la que la firma genera fastuosos negocios sin repartir jamás dividendos entre sus camuflados trabajadores, por los que no paga además ninguna carga social en ningún país. Decía Borges que la publicidad era la prueba de la estupidez humana en el siglo XX: creer en los beneficios de un producto según lo que su fabricante nos cuenta de él. ¿Es al siglo XXI Facebook lo que la publicidad al XX? Lo que sí representa en cualquier caso es una fuga masiva de la realidad que encarna a su vez la cumbre del kitsch, como la definió Kundera: el kitsch es un biombo para tapar la muerte y siempre llora dos lágrimas de emoción; la primera exclama: «Qué hermoso: los niños corren sobre el césped»; la segunda: «Qué hermoso es estar emocionado junto a toda la humanidad al ver cómo corren los niños sobre el césped». Todo es empalagosamente bello y triunfal. Todos estamos siendo amigos ahora, ya, en todas partes, siempre. Share, share, share. Me gusta, me gusta, me gusta… Enjoy… Nada corrompe la vida. Nunca. En ningún sitio. 

Entronizada la razón, lo incomprensible –creemos– no tiene así ya casi espacio en nuestro tiempo, y como criaturas creadoras de nosotros mismos –nos han convencido–, todo depende de nosotros. La vida, sin embargo, nos ha impuesto el sueño, esa muerte por entregas de la que cada día renacemos, el último reducto –con el teatro– en el que no hacemos: sólo podemos presenciar cómo la vida hace con nosotros. Los sueños acaso sean mensajes secretos que nos enviamos a nosotros mismos, no para revelárnoslos, sino para recordarnos el misterio irresoluble que, a la luz de la razón, hemos decidido olvidar, creyendo así que ya no nos contiene ni rige aún nuestras vidas. 

Tumbar el decorado, desetiquetar la intemperie, quitar las referencias con la que hemos pretendido cartografiar la realidad con el fin de aquietarla es quizá, hoy más que nunca, misión del arte y, en especial, del teatro, nuestro espacio onírico consciente, concreto, artesanal, directo, mortal, no mediatizable, que nos ofrece continuamente viajar al interior del sueño colectivo del que aún logramos despertar alterados, tocados por la alteridad, por la vivencia de ser otro, y regresar a nuestras vidas más anónimamente vivos que biográficamente cultos. El teatro es siempre un viaje a la muerte en el que no morimos y del que volvemos a la realidad como quien renace, más enamorados de la vida que del mundo, del misterio que de la explicación, conscientes de que sólo porque aún morimos estamos vivos. Lo demás es mito, y como todo mito, un apagado infierno en el que la inmortalidad –su ilusión– es sólo una condena a repetir perpetuamente lo mismo esperando resultados diferentes. Locura. Estar literalmente fuera de la realidad, privados de su milagro, de esa intensidad única de todo lo que, a un paso de la nada, es siempre primero y último, único, irrepetible, posible, maravilloso, vital.

© Diego Bagnera, 2016

 

Este sueño compartido que llamamos realidad | Foto de Carlos Luján

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