Josef Sudek

Josef Sudek

Nació cuando todavía el mundo era rural hasta en las grandes ciudades y el hombre convivía con los animales y el barro. El tendido de luz eléctrica aún no existía, sí acaso en Pittsburgh –donde Nikola Tesla y George Westinghouse empezaban a cambiar ya el mundo–, pero no en la Bohemia checa, en Kolin nad Labem, donde Josef Sudek nació el 17 de marzo de 1896. Entonces la luz –a nivel global– no era ni siquiera una novedad; sí aún la fotografía. Y los fotógrafos de la época estaban todavía demasiado maravillados por lo que se veía y se podía retener  en imágenes reproducibles. Raro era y sería que, en aquel contexto, surgiese de pronto alguien que plantease la fotografía no como ventana sino como espejo, como aquel rectángulo que, lejos de sacarnos a otra realidad, nos devuelve más hondamente a la nuestra interna.

Sabemos que en la percepción visual no es el ojo el que ve sino el cerebro. El ojo transmite, comunica; sólo el cerebro decodifica y ‘ve’. La transmisión es del ojo; la visión, del cerebro. El ojo capta una imagen negativa y la revela; el cerebro la intrepreta y fija para configurarse el entorno y narrarnos la realidad en la que, como primera misión, debemos sobrevivir. La fotografía es así, en todo sentido, una reflexión —en tanto que reflejo y pensamiento— acerca del tiempo, escrita con luz sobre un instante que la cámara arranca a lo sucesivo como a una perla de la corriente. Pocos fueron quizá tan conscientes de esta premisa esencial como Josek Sudek. Aún hoy demasiados fotógrafos siguen ocupados en lo que ven y, los menos, en cómo ven, en matar el objetivo y construirse una mirada. Es más raro en cambio que quieran servirse de ‘lo que ven’ para restarle importancia, relegarlo a un segundo plano y expresar así el tiempo –ante todo el tiempo– que subyace bajo las cosas y las sustenta para revelar lo permanente a través de lo momentáneo.

En todo veía Sudek tiempo; pequeños y sucesivos pilares sobre los que el tiempo tiende su puente de sentido por el cual nunca es posible volver: un pilar de 63 años –un hombre, digamos– compuesto por otros miles de pilares fugaces –neuronas, células, glóbulos rojos– que llevan a otro pilar de 23 días –un alimento– el cual a su vez a otro de 180 años –un edificio quizá– y éste, en progresión, a otros de semanas, minutos, horas… Zapatos, flores, bacterias, sábanas, tranvías, árboles, semicorcheas. Una infinita cadena hasta el infinito, un intangible puente entre un pilar y otro sin más sentido que el de la fuga. No importaba si se trataba de hombres, cebollas o piedras medievales. Sudek registraba más lo verdadero que lo real. Mientras casi todos buscaban apresar la realidad, él sólo el misterio que la sostiene. Logró como pocos que nos concentrásemos en lo que se revelaba a través de lo que meramente se veía. En Sudek, incluso, raramente importan los individuos: como a Hopper, le basta con la figura humana. Uno siente que está fotografiando otra cosa todo el tiempo.

Más que mirada –todos los grandes fotógrafos la tienen–, Sudek tenía contemplación: mucho más que la voluntad de ver, tenía la humildad de no interceder y dar su tiempo al tiempo para revelar sin urgencias en largas exposiciones lo que a través de él la vida tenía para revelarnos en la abismal simpleza de las cosas. Hace unos años el Círculo de Bellas Artes de Madrid nos regaló la posibilidad de ver varias de sus tomas en directo. Como tantas de él, eran copias pequeñas, casi contactos –«elogios de lo mínimo», escribió Juan Manuel Bonet, uno de los curadores de la muestra– o haikus visuales que exigían que uno se acercase a ellos para poder mirarlos. Sudek hacía lo mismo: se aproximaba a las cosas para abismarse en el misterio de su simplicidad. Misterio no como desenmascaramiento sino como recordatorio, como el acto de enfrentarnos otra vez a lo que no sabemos, nos excede, nos da la vida y, ante todo, nos une en lo que todos tenemos de iguales. Un arte sin misterio (sin revelación o manifestación del misterio) es un arte que amputa lo religioso (en el sentido mas laico del término), cuyo opuesto no es lo agnóstico ni lo ateo sino lo indolente, que produce cosas ‘bonitas’ pero no bellas. La belleza siempre duele, no sólo por lo que no se tiene y se desea; también por la incapacidad de poseer realmente todo cuanto nos contamos poseer, y por la nostalgia anticipada de lo que perderemos un día: la vida misma, sin más. La fotografía de Sudek nos hace conscientes, en suma, más que del mundo que nos rodea, del misterio de la vida, que, pese a todo, siempre llama a continuarla. Con todo y pese a todo. Él fue un ejemplo de ello.

Hijo de un pintor de brocha gorda al que perdió cuando tenía dos años, a los 14 Sudek ya estaba buscándose la vida en Praga como aprendiz de encuadernador, oficio que combinó con sus primeras nociones de fotografía e incluso con sus primeras tentativas; existen inspiradas vistas suyas de la capital checa tomadas ya en 1911. Pero la amenaza primero y el estallido después de la Primera Guerra Mundial lo truncaría todo. Tras ser alistado en el ejército, Sudek fue enviado al frente italiano, donde, por accidente, la explosión de una granada de sus propias filas le masacró el brazo derecho: al mes tuvieron que amputárselo. De regreso en casa, y gracias a su pensión de invalidez, pudo dedicarse en exclusiva a la fotografía, casi el único vaso comunicante que lo unió socialmente a su entorno hasta el final de su vida. Al principio fotografió a veteranos de guerra en hospitales; luego, empezó a hacer paisajes, especialmente de bosques y, en particular, de árboles, algo que fotografiaría toda su vida, primero en el estilo pictoralista y luego en una línea absolutamente personal. Para mediados de la década del 20 se exponían ya algunas de sus fotos en el extranjero, tenía su propio estudio de retratos y ganó prestigio con sus trabajos publicitarios para diarios y revistas; sus clientes eran fabricantes de ropa, productos de consumo y alimentos, pero también empresas de gas, fábricas de máquinas herramienta, fábricas de gramófonos…

Pese a ello, tras la fachada de sus éxitos comerciales, vibraba una insatisfacción que lo orientó hacia diversas búsquedas artísticas, y así surgieron sus naturalezas muertas, armadas con objetos y alimentos simples de su atelier. «Me gusta narrar la vida de los objetos sin vida –decía–, narrar algo misterioso, algo así como la séptima cara del dado». Surgieron también, a partir de 1940, las soberbias imágenes de su exquisita serie The window of my studio, las tomas de dos de las ventanas de su atelier y hogar con las que, a lo largo de 14 años, expresó desde dentro lo que ocurría fuera: la ocupación nazi, primero, seguida por la soviética. La dio por concluida en 1954, cuando ya tenía entre manos otra de sus grandes series, ya iniciada en 1950 y que desarrolló hasta 1970, llamada Estatuas desaparecidas: imágenes de árboles muertos o quebrados –despedazados como él– de los bosques de Beskidy.

Pese al intimismo de The window of my studio, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra siguió haciendo no obstante fotos de exteriores, en especial con sus muy grandes y viejas cámaras que empezó a usar por aquella época: decimonónicas cámaras de gran formato que muestran su preferencia por el positivado de contacto y la técnica del pigmento fotográfico. Tenía especial preferencia por una Kodak panorámica de 1894, con la que fotografió diversos paisajes ciudadanos y bosques y que ya anticipa el imponente Chaos, de otro checo genial: Josef Koudelka, paradójicamente poco influido por Sudek, según él mismo confiesa.

Mucho se ha hablado, por cierto, de la influencia (fácilmente reconocible) que pudieron haber ejercido sobre él sus admirados Edward Steichen, Alfred Stieglitz, Edward Weston, Eugène Atget e, incluso, Brassaï. Pero hablamos de contemporáneos de los que pudo conocer quizá limitadamente sus trabajos y a los que, ante todo, lo unía algo que él ya tenía y no que tomó de ellos. Sudek fue absolutamente radical en su forma de asumir su rareza, al margen de modas e influencias. Aún hoy (y mucho ha llovido ya) sigue siendo un fotógrafo único, tan inimitable como irresistible de imitar. En sus fotos están ya incluso, como decíamos, el Chaos de Koudelka, pero también acaso la Nueva York de Saul Leiter, el cine de Tarkovski (desde luego, sus polaroids) y hasta zonas de la música de Ligeti.

Durante los años de la guerra, Sudek refugió, además, en su estudio a varios artistas perseguidos (el joven fotógrafo Jaroslav Kysela y los técnicos gráficos Vladimír Fuka y Václav Sivko), y en 1954 aceptó como aprendiz a una joven, Sonja Bullaty, que acababa de volver de un campo de concentración. Entre 1945 y 1948 se publicaron varios de sus trabajos dedicados a Praga, uno de sus grandes temas. Ese mismo año, 1948, fundó con otros la sección fotográfica de la nueva Unión de Artistas Plásticos Checoslovacos que permitía a sus miembros conservar sus estudios y talleres y conseguir así, en una época de empleo obligatorio, el estatuto de fotógrafo-artista plástico. En 1956 se publicó su primer libro –Josef Sudek: Fotografía– con el apoyo del jefe de redacción de la Editorial Estatal de las Bellas Letras, Música y Artes, Jan Řezáč, fundamental para la publicación de otros libros suyos; entre ellos, de Praha panoramaticka, de 1959, una auténtica joya de colección. Ese mismo año, Sudek obtuvo a su vez un pequeño piso en la calle Úvoz, 24, en el barrio praguense de Hradčany (hoy Galería de Josef Sudek), en el que vivió y trabajó hasta su muerte y en el que, desde 1953, convivió con su hermana Božena, apoyo crucial a lo largo de toda su vida. Al hablar de los libros de Sudek cabe reseñar que varios se publicaban en tiradas de 22.000 y hasta 30.000 ejemplares… Tiradas que ya no existen ni para los best-seller; mucho menos para libros de fotografía.

En 1963, una de sus muestras –de 112 fotografías– fue tachada por parte del público como anticuada, depresiva y nada actual. Al año siguiente, Sudek y Jan Řezáč empezaron a planificar su expansión más allá de Checoslovaquia y lanzaron un libro pensado para clientes extranjeros. En 1967, la omnipresente Anna Fárová –venerable por su difusión de la fotografía de su país y una de las máximas conocedoras del universo Sudek– incluyó fotos suyas en la exposición 7+7, donde su obra se ve confrontada con la nueva generación de fotógrafos emergentes. Todo un gesto ante quienes la tachaban de anticuada. Desde entonces, la proyección internacional de Sudek no se detuvo y continúa.

Aquel mismo año –1967–, Sudek apareció también representado en la exposición Five Photographers, en la Sheldon Memorial Art Gallery de Nebraska; en 1971, se realizó su primera exposición individual en los Estados Unidos, preparada por Sonja Bullaty (la joven que había acogido tras su regreso de los campos de concentración) y su esposo, Ángel Lomeo. En 1972, su obra se expuso en la Light Gallery, de Nueva York, y mereció una importante retrospectiva en el International Museum of Photography, Georg Eastman House, en Rochester. En 1976, con motivo de sus 80 años, se organizaron también grandes retrospectivas en el Museo de Artes Decorativas de Praga y en la Galería Morava de Brno. Poco después, el 15 de septiembre de ese mismo año, Josef Sudek murió. Su amigo Jaroslav Seifert –Premio Nobel de 1984– escribió la necrológica. Sus cenizas fueron trasladadas a Kolín nad Labem. Anna Fárová (fallecida en 2010) se convirtió en su albacea –labor que desarrolló inmejorablemente– y, entre 1976 y 1985, preparó su legado: 21.600 positivos, 54.519 negativos y 618 obras artísticas de varios autores (cuadros, dibujos, gráficas y plásticas), hoy en manos del Museo de Artes Decorativas de Praga, la Galería Nacional de Praga, el Instituto de Teoría e Historia de las Artes de la Academia de Ciencias de Checoslovaquia en Praga, la Galería Morava de Brno, la Galería Regional de Artes Plásticas de Roudnice nad Labem, el Museo Regional de Kolín nad Labem y la Bibliothèque Nationale de París.

No es fácil saber mucho más de su vida. No tuvo hijos y no vivió más que con su hermana y con los amigos a los que acogió cuando lo necesitaban. Su mundo estuvo completamente atravesado por la música clásica y contemporánea. No iba a las inauguraciones de sus propias muestras, sólo a contados conciertos –los de su amigo Leoš Janáček, entre ellos–, vestido con llamativo descuido. En su estudio, de hecho, apenas cabía él mismo, atestado como estaba de objetos, bocetos, copias y negativos.

En El paseante de Praga –el documentado prólogo de Juan Manuel Bonet en el catálogo de la muestra Una ventana en Praga, que él mismo comisarió hace unos años con Jan Mlčoch en el Círculo de Bellas Artes–, Bonet habla de los encuentros que cada martes Sudek organizaba en su estudio para escuchar con su círculo de amigos su gran colección de discos de vinilo. Especialmente importantes fueron aquellos Martes musicales durante los años de la ocupación alemana, en los que en su casa se escuchaba a Bach, a Vivaldi, a Janáček, pero también a Stravinsky o Webern. Se sabe también que muchas noches salía con sus cámaras y su trípode a fotografíar la desierta Praga y que, más que la ciudad, parecía querer apresar la noche misma. Todo indica que era lo que parecía: un solitario. Anna Fárová lo confirma: «Era un hombre solitario, rodeado de personas amigas». Cuenta incluso Jan Mlčoch que Sudek había incluido en su vida el motivo del doble –acaso influido por sus lecturas de Poe y Stevenson, dos de sus autores predilectos–, y así traspasaba al personaje imaginario del ‘hermano’ parte de su destino. «A veces provocaba con ello, entre la gente no iniciada, cierto desconcierto e incomprensión –cuenta Mlčoch–; sin embargo, entre sus amigos, este personaje ficticio fue considerado como una realidad poética». Acaso, quién sabe, lo más íntimo de su vida sea a la vez lo más público: lo que nos ha dejado ante los ojos. Su mirada y su contemplación. Conmueve en él la búsqueda (y aun más el hallazgo) de la belleza pese a todo. Bernard Plossu –ese otro delicado– escribió: «Cuando un estudiante joven me pregunta: ¿Qué es la fotografía?, respondo: ¡Ved a Sudek y a Diane Arbus! ¡Ahí lo tenéis todo! Creo que todos los fotógrafos estarán de acuerdo: Josef Sudek es ‘la’ fotografía».

Ver también el completo catálogo de Una ventana en Praga, la muestra realizada hace unos años en la Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes, en Madrid.

Ver también su Praha panoramaticka, de 1959. 

Puedes leer también Cómo y por qué hemos llegado a la fotografía, incluido en mi libro de ensayos Lo que ignoro de mí, aún en preparación.

Escucha a su vez, si quieres, 1.X.1905 o From the street, la soberbia sonata para piano que compuso su amigo Leoš Janáček tras presenciar la muerte de un joven carpintero, František Pavlík (1885–1905), que fue asesinado de un bayonetazo durante una manifestación en apoyo a una universidad de Brno, en la fecha indicada en el título de la pieza, el 1 de octubre de 1905. Originalmente compuesta en tres movimientos, sólo se conservan dos. El propio Janáček cortó primero y quemó después la marcha fúnebre, descontento con el resultado. Los otros dos movimientos, que tampoco lo entusiasmaban, se estrenaron en enero de 1906. Luego, él mismo los arrojó al río Vltava, de lo que tiempo después se arrepintió: “Flotaban sobre el agua como cisnes blancos”, dijo. La composición permaneció perdida hasta 1924, cuando Ludmila Tučková, la pianista que lo había ejecutado en su estreno, anunció que poseía una copia. La sonata amputada volvió a tocarse el 23 de noviembre de 1924 en Praga, bajo su título actual. Este es el primero de los movimientos ‘supervivientes’: Presentiment.

 

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15 de febrero de 2013
Site: http://www.josefsudek.net/

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