NINA

DE
JOSÉ RAMÓN FERNÁNDEZ

 



Nadie sabe para qué ha vuelto.
Todos recuerdan por qué se marchó.

Como un rayo, Nina regresa
luminosa y fugaz, fulminante y trágica.

 

 

Otoño. Un pueblo frente al mar. Llueve. Todos los relojes parecen detenidos hasta el próximo verano. Sus habitantes matan el tiempo como pueden: juegan a la lotería, preparan sus aparejos para ir a pescar, sueñan secretamente con vidas que no supieron o no se atrevieron a vivir. Tras diez años de ausencia, Nina irrumpe en la aparente placidez de ese letargo como un relámpago, capaz de fulminar o de despertar a los otros según donde caiga.

Casi nadie sabe que ha regresado. Mucho menos para qué. Ni ella misma quizá lo sepa. Todos recuerdan por qué se marchó, tras un sueño que, a juzgar por su estado actual, acabó en pesadilla. Como entonces, planea ahora alejarse sin despedirse de nadie, hasta que Esteban, el dueño del hotel en el que está alojada, la reconoce y propicia a sus espaldas un reencuentro con Blas, un viejo amigo de su infancia y adolescencia al que su reaparición podría cambiarle la vida, casi salvársela, descubriendo a la vez que también ella aún puede quizá salvar la suya.

Todo renacer encierra, sin embargo, algo de muerte, y la irrupción de Nina, como la de un rayo, acabará siendo tan luminosa y breve como fulminante y trágica.

Galardonado en 2003 con el Premio Lope de Vega y representado en Londres, París, Varsovia, Buenos Aires y Santiago de Chile tras su estreno en 2006 en el Teatro Español de Madrid, regresa a España este brillante texto de José Ramón Fernández –Premio Nacional de Literatura Dramática–, una historia capaz de contagiarnos la esperanza y el amor por la vida de unos personajes que, pese a hallarse al borde del precipicio, intentarán cambiar las cosas, reinventarse y renovarse con la energía redentora de las lluvias.

UN ESPECTÁCULO DE
LA RISA DE CLOE
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Fotografías | Carlos Luján

 

 

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FOTOGRAFÍA
CARLOS LUJÁN

 

Línea base

 

Llenos de pasado,
vacíos de futuro,
acorralados contra el vértice
crucial de su presente,
sin otra escapatoria que huir
llevándose a quien sea por delante

 

 

Línea base


POR QUÉ NINA HOY

La perdurabilidad de un texto dramático puede medirse quizá por el grado en que logramos leernos a nosotros mismos en él, personal y colectivamente, para respondernos por qué representar ese texto años después de escrito. ¿Qué tiene para decirnos hoy sobre lo que estamos viviendo? ¿Y humanamente, en cualquier tiempo y lugar?

A más de diez años de su publicación y estreno –un tiempo relativamente breve para juzgar la perdurabilidad de un texto, pero a la vez suficiente como para certificar la muerte de no pocos–, Nina sigue cuestionándonos el modo en que vivimos, la misión prioritaria a la que el teatro no debería renunciar nunca: además de catártico, ser reactivo, hacer que volvamos a casa con una incómoda pregunta incrustada en algún punto de nosotros. Arriesgo una para este texto: ¿es posible volver a nacer, antes de morir, en nuestra propia vida? ¿Es posible morir íntegramente lo que ya no somos, dejar de arrastrarlo como un cadáver o como una sombra de mercurio y seguir viviendo, ligeros, libres ya de nosotros mismos, en nuestra propia vida? Y si eso fuera posible, ¿por qué y para qué la vida nos ha dotado de esa plasticidad?

Tras diez años de ausencia, Nina regresa a su pueblo arrastrada por la mujer que no ha logrado dejar de ser, enferma crónica de aquellos tres días que, según ella misma dice, la «volvieron loca». Pese a su desesperación y al estado de fragilidad en el que llega, brilla en ella su valentía, entendida no como ausencia de miedo, sino como superación de ese mismo temor. A diferencia de casi todos los demás personajes, Nina no se paraliza ante sus fantasmas: los enfrenta. Hace. Actúa. Incluso sin entender sus propias decisiones. Actúa más por reflejo que por reflexión, a diferencia de Blas, que, de tanto pensar qué hacer, casi nunca hace lo que piensa. Ese ‘actuar pese a todo’, ese vivir sin calcular ni medir, le permite a ella trazarse en la realidad y aún poder ser. Quizá también porque tiene una pasión que todavía le da vida y fuerza y sueños a pesar de sus pesadillas. Nina busca consumarse, avanzar hacia esa mujer con la que una vez quedó en algún punto de sí misma, incluso al precio de consumirse en el camino, abrasada por esa pasión. Tomar conciencia de ello será uno de los hallazgos de su perdición: entender de pronto que años atrás no se marchó sólo siguiendo al hombre que le arruinó la vida, sino, ante todo, tras la mujer que ella misma aún podría ser. Con una insensata y desesperada fe en sí misma, Nina ha salido siempre al encuentro de la realidad, intentando construírsela, aun a tumbos y ciegamente, sin quedarse a la espera de los hechos, pero esta vez lo hará también, quizá por primera vez, eligiéndolo lúcida y conscientemente.

Nina sacude así la monotonía de ese pueblo interior que todos llevamos dentro cuando renunciamos a cambiar nuestra vida, a la espera de que alguien o algo la cambie por nosotros. Nina descubre (y revela) que acaso no podamos modificar la realidad, pero sí nuestra vida cambiando nuestra mirada ante lo que nos condiciona pero no nos determina y modificando, desde la adopción de otra actitud, nuestros propios actos ante los mismos hechos. Nina descubre y revela en suma que ya no se trata de qué han hecho el mundo y los demás de nosotros, sino de qué haremos con eso que los demás y el mundo ya han hecho de nosotros. La de la obra es así la última noche de una mujer enterrada por la misma que nace de sus entrañas. La mujer que logra derribar las pesadas nieblas de su trauma y volver a la intemperie y la incertidumbre básicas de la vida en las que –sólo allí, en ese lugar sin sombra– lo nuevo aún puede acontecer.

Por todo esto, Nina –que toma su título del nombre de la protagonista de La gaviota y cuyos guiños a la pieza de Chéjov son fascinantes para quienes la conozcan, pero ningún impedimento para quienes no– es hoy una invitación a la nueva vida que está siempre por nacer, ahora, en el próximo minuto. Es nuestra sola decisión.

Ése –decidir– sería el gran verbo que mueve esta obra; el mismo que a cada momento, nuestra vida. Nina, Blas y Esteban nos lo recuerdan de la mano, exquisita y sutil, de José Ramón Fernández, en un juego de espejos y transferencias en el que quien acabará quizá enfrentándose a sí mismo, como en los buenos textos, es el propio espectador. 


© Diego Bagnera

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