Cuarteto La Púa y Victoria Di Raimondo

Cuarteto La Púa y Victoria Di Raimondo


Ocaso (Pablo Sensottera – Lele Angeli, 2017) + Rayo Ninja (Victoria Di Raimondo – Cuarteto La Púa, 2017) + El Antigal (Daniel Toro – Lito Nieva – Ariel Petrocelli, 1969) + Uvas viejas (Cristian Huillier – Lele Angeli, 2017), interpretados por Victoria Di Raimondo y el Cuarteto La Púa | Impros


Cuarteto La Púa y Victoria Di Raimondo


Hacía tiempo que quería compartir algo de mi relación con ellos. Abordarlos con cierta decencia formal y toda la honestidad de la que soy capaz. El resultado nunca me convence, tampoco hoy, que me decido al fin a compartir algo: me da la sensación de que estoy más de más que nunca; cómo agregar algo a lo que no lo necesita; cómo no caer en la tentación de ilustrar lo que se canta ni banalizar la hondura de lo que se expresa. No obstante, allá vamos, al menos para que (quienes aún no) sepáis de estos maravillosos creadores: la cantante, poeta y compositora Victoria Di Raimondo y el Cuarteto La Púa, integrado por Leandro Angeli, Cristian Huillier, Juan Otero (en guitarras) y Pablo Sensottera, en guitarrón criollo. Angeli destaca, además, como letrista de buena parte del repertorio cantado de sus dos más recientes trabajos, en los que hay también estupendas letras de Sensottera y Di Raimondo y composiciones y arreglos de Otero y Huillier. En esta cada vez más inclasificable y sorprendente formación nacida a finales de 2005 todos hacen de todo, no hay roles fijos y ese dinamismo autoral contribuye curiosamente a que se vuelvan cada vez más polifónicamente reconocibles.



Juntos —el cuarteto y la cantante— desarrollan una nueva, verdaderamente nueva aproximación al tango canción de tradición criolla con inéditas estructuras, atmósferas y registros que ahondan en los del tango sin alejarse de ellos y con una decidida apuesta por una lírica áspera y sentida en las letras, propia de la más radical contemporaneidad porteña y suburbana, y una brutal complejidad melódica, armónica y compositiva en el entramado guitarrístico, no siempre apreciable en una primera escucha. Basta con exponerse a Rayo Ninja, Uvas viejas o Descampados para advertir pronto que se está ante algo diferente, excelente y aún no transitado (hasta donde yo conozco) en el género, más aun desde ese dispositivo tan efectivo, portátil y conmovedor de las guitarras criollas ‘acompañando’ a una voz, la fuente de la cual, desde Gardel, todo mana en la historia del tango.


Desarrollan una nueva, verdaderamente
nueva aproximación al tango canción
de tradición criolla con inéditas
estructuras, atmósferas y registros
que ahondan en los del tango sin alejarse de
ellos y con una decidida apuesta
por una lírica áspera y sentida en las letras,
propia de la más radical contemporaneidad

Es preciso, de hecho, escuchar cada tango de este soberbio quinteto, sólo para empezar, tres veces. Una para encajar el impacto, otra para atender aún mejor a lo que Di Raimondo está diciendo en lo que canta: su voz y su musicalidad la convierten en un maravilloso instrumento musical más que ‘atenta’, paradójicamente, en una primera escucha, a su exquisita dicción y a una interpretación que aúna delicadeza, fuerza, pasión, hondura y lirismo y eclipsa, en esa primera escucha, nuestra capacidad inteligible para atender también a la maravilla de lo que está diciendo en muchas de las magníficas letras que canta, varias de fuerte connotación política y social, admirablemente indemnes de toda rebaja panfletaria al focalizarse en lo humano por encima de lo exclusivamente coyuntural (como ocurre, entre otros, en El aparecido, de Angeli, o en la hermosa Puente Pueyrredón, de Sensottera).


Es preciso a veces abstraerse de la voz
de Di Raimondo —ese bello sol oscuro
que todo lo baña— y gozar de lo que el cuarteto
va tramando por detrás, debajo,
encima, a los lados y más allá de
la portentosa voz de la mendocina.
Pura maravilla

Es preciso, al fin, una tercera escucha inicial para abstraerse de la voz de Di Raimondo —ese bello sol oscuro que todo lo baña— y gozar de lo que el cuarteto va tramando por detrás, debajo, encima, a los lados y más allá de la voz de la mendocina. Pura maravilla. Un temblor fronterizo entre la mesura y lo desmesurado, una escritura culta puesta al servicio de una expresión directa, pavorosamente compleja en su aparente sencillez final. Uno no sabe quién ejerce el rol de acompañamiento (si las guitarras acompañan a Di Raimondo o si Di Raimondo a las guitarras) justamente porque logran disolver los límites de esa estructura clásica en un todo indivisible. Uno incluso desearía a veces, solo por vivencia y disfrute, un bonus track con el cuarteto sin Di Raimondo y otro con Di Raimondo a capella. Juntos son auténtica dinamita y seda. 


Cuarteto La Púa


Antes de estos trabajos con Di Raimondo, el cuarteto grabó otros dos discos. Uno, El puazo, mayormente instrumental, con joyas como Orlando Goñi, Amurado Tierra querida, y en el que, además, cantan, como invitados, Lidia Borda, Black Rodríguez Méndez y el Chino Laborde (enorme en Lo que vos te merecés). En el otro, En alguna parte, también en gran medida instrumental, participan como invitados Ariel Ardit (en el hermoso Siempre vos), y Leopoldo Federico, en la versión de su tango Sentimental y canyengue, a cuya grabación se sumó el genial y generosísimo bandoneonista, uno de los eslabones cruciales entre las dos épocas doradas del tango (los 40 y los 2000) y, quizá, el más clásico de los vanguardistas y el más vanguardista de los clásicos, sobre todo en su actitud de apertura y curiosidad, intacta hasta el último de sus días, hacia todo lo naciente, jóvenes creadores con los que se volcaba con una fe que sorprendía, por contraste, con su escepticismo natural ante el devenir del tango en el largo plazo (Leopoldo pensaba ‘no’, pero su cuerpo y su alma eran una metralla de acciones gritando ‘sí). Destaca también en aquel segundo disco del cuarteto la versión instrumental de El Antigal, la preciosa zamba de Daniel Toro, Lito Nieva y Ariel Petrocelli, sobre la que improviso en el vídeo de más arriba. 


Uno no sabe quién ejerce
el rol de 
acompañamiento
—si las guitarras acompañan
a Di Raimondo o Di Raiimondo
a las guitarras— justamente porque
logran disolver los límites de
esa estructura clásica

A estos y a los dos más recientes discos grabados con Di Raimondo, se suma un quinto álbum, grabado en vivo, junto al supertanguero Black Rodríguez Méndez, un cantor, para mí, ya en los altares del género por su para siempre clásica versión de Mataderos, el tango de Pablo ‘Pacha’ González, grabado por la Orquesta Típica del genial Julián Peralta. En aquel álbum grabado en directo —con un repertorio aún muy volcado a reversionar clásicos como Barrio pobre, De barro, Mariposita, Siempre vos, La canchera, Sin vuelta de hoja, El Antigal o La candombera— Black Méndez deja, además, registrado el fantástico El tendal, de Lele Angeli, ‘estreno’ de La Púa al que se suman los excelentes A la bohemia piringundera, de Huillier, Ángel, de Juan Otero, y En alguna parte, del propio cuarteto. 



Anteriormente, también Di Raimondo había grabado impresionantes nuevas creaciones con su primera formación tanguera, Altertango, creada en tándem con la pianista y compositora Elbi Olalla, pioneras en Mendoza en regresar a un género que en los 90 languidecía allí aún más que en Buenos Aires. Juntas grabaron, para mí, otro ya clásico de esta época, Jardín del desierto, de Alejandro Guyot y la propia Olalla [puedes verlo en el vídeo de arriba]. Di Raimondo grabó a su vez otras maravillas de su propia creación —además de con Altertango— con el dúo que forma con la estupenda pianista y compositora Paula Gandino —juntas grabaron Pretérito imperfecto— y con el ya mencionado Julián Peralta, tanto con su Orquesta Típica como con él en solitario, una rareza del pianista de Astillero, poco asiduo a formatos mínimos de cámara. Juntos han dejado recientemente esta maravilla de aquí abajo.



Somos realmente afortunados de ser contemporáneos de esta artistaza y de estos supermúsicos que eligieron (o acataron haber sido elegidos por) el tango. Escuchen una y otra vez sus discos en general, pero especialmente Mariposa muerta y Canciones con niebla, en los que el cuarteto y la mendocina mezclan, hasta donde yo conozco, de una manera única, sin precedentes, en el tango, aunando una tímbrica reconocible al instante, no sólo por naturaleza —en la filosa y leve voz de Di Raimondo que, a un mismo tiempo, lacera y cauteriza—, sino también paciente y cultamente cimentada por la articulación de las cuerdas, incluyendo las vocales de la cantante, como esos arroces caldeados con mimo que, sin pasarse, logran conservar la perfecta individualidad de cada grano —ya tiernos y convertidos en alimento— sólo con el fin de potenciar la unidad de una riqueza hecha de partes que no parece tenerlas. Una milagrosa mezcla también reconocible por su poética áspera y sombría, no meramente sentimental y desgarrada, en la que el cuarteto alcanza una complejidad incluso mayor que en sus ya soberbios trabajos precedentes y en la que Di Raimondo brilla en todo su esplendor.



26 de julio de 2023