Monólogo.

Una noche, un sujeto descubre antes de dormirse que ha olvidado que cumple 40 años. Desvelado, decide ajustar cuentas consigo mismo y con Dios, haciendo lo que, aun en la era más hipercomunicada de la historia, más hace el hombre contemporáneo occidental: monologar. Contarse a sí mismo lo que va creyendo ser en medio de lo que va creyendo que sucede a su alrededor para analizar así, con la previsión debida, qué hacer y qué no para continuar vivo, alimentado y lo más selectivamente besado que pueda sin exponerse a peligros como el robo, la violencia, la pobreza o el amor. Monologa también para ver cómo va resolviendo este problema de que algún día se tenga que morir mientras se convence con los argumentos de que disponga de que el lugar que ocupa en la realidad –sobre la que no tiene el menor control– no es un lugar impuesto sino elegido. Y en esa dinámica de monologar para no perderse la pista entre los otros, descubre que hablarse a solas lo expone a su vez a un ensimismamiento tal que podría llevarlo a la locura de la que pretende escapar, una instancia ante la que, aterrado, en la soledad de su piso con calefacción central, vuelve a inventar a Dios –lo llame azar, tiempo, misterio o biología– para llenar con él ese vacío que, aun colmado de cosas, se manifiesta abismalmente ante él como el verdadero entorno de su irreductible realidad: nada, incertidumbre, preguntas. Siempre. Lo llene de lo que él lo llene –ropa, alimentos, aparatos, muebles, coches…–, nunca hay más. Incapaz de creer ya en las religiones y en el Dios de las explicaciones inventado por los viejos dogmas, el sujeto se enfrenta así a su religiosidad, a las preguntas sin respuesta que no obstante aún tiene sentido formularse para mejorar con ese acto la calidad de sus preguntas y, con ellas, no esperar ya pasivamente una respuesta, sino responder él al misterio que lo arrojó a un nombre, a una geografía, a este tiempo. Un misterio al que cada vez que él respira le dice: «Sí», pero al que rechaza al cuestionar la única condición que la vida le ha impuesto: morir, poco a poco, envejeciendo. Ante esa instancia, el sujeto, en la mitad de sus 80 años, se debate entre aceptar el declive o ensordecerse para olvidar. Vivir, en suma, o suicidarse, incluso gradualmente, durante años, aferrado a una obsesión, cerrado a la apertura de aceptarlo todo.

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