Dino Saluzzi

Dino Saluzzi


Theme from bear’s kissde Giya Kancheli: Themes from the Songbook, por Dino Saluzzi, Gidon Kremer y Andrei Pushkarev | Impro


Dino Saluzzi es, con Piazzolla, el músico con el que más horas he pasado en los últimos 30 años. Desde que lo descubrí a mis 19 no he parado de escuchar su rica, honda, íntima, culta, esencial, imprevisible, profundamente telúrica hasta lo religioso y conmovedora música. Nació en 1935 en Campo Santo, un pequeño pueblo de Salta —como si dijéramos, en el corazón de Monegros, una árida zona fuertemente rural— donde creció sin discos ni electricidad, pero rodeado de música. Su padre —Cayetano, notable folclorista— le puso su propio bandoneón sobre las rodillas a sus siete años. «Me enseñó a tocarlo sin saber de Maffia o Laurenz [grandes revolucionarios del instrumento]; él no tenía esa información, tampoco teníamos radio. Empecé tocando su Doble A [el ‘stradivarius’ de los bandoneones], que todavía tengo y uso. A veces se parece a un piano: saca un sonido de una timidez avasallante, pero cuando lo exijo, se transforma en un tanque, como si tuviera una fuerza oculta, casi esotérica. Es como un mensaje de mi propio padre: qué somos y adónde vamos».



Desde entonces, @dsaluzzi no ha dejado de viajar, ensanchar su horizonte, explorar los límites y, cuanto más se alejó de su pueblo, más ahondó en él en su música: ha recorrido y conquistado el mundo con sus composiciones y su interpretación, pero en verdad es como si nunca hubiera salido de Campo Santo. Ocho décadas más tarde, Saluzzi, hoy de 87 años, no se cansa de repetir: «Yo compongo con memoria y esperanzas». Tras sus pasos por el folclore argentino y el tango —tocó en las orquestas de Radio El Mundo, Enrique Mario Francini, Héctor Varela, Alfredo Gobbi, Carlos García, Mariano Mores, entre otras— e incursionar en el jazz y la música clásica y contemporánea acabó desembocando en su propio y personalísimo mundo, que abarca y sintetiza toda su procedencia, sin poder ser ya encasillado en ningún género y aglutinándolos a la vez todos. Aun sin hacer ya lo que los cánones considerarían ‘tango’, el género —en su más íntima, periférica y radical expresión— aún late y vibra en su obra. Sin él, es impensable la evolución de la música rioplatense y argentina.


«No hay duda: el dolor construye —dice Saluzzi—.
Hay una especie de tristeza y de melancolía
innegables en la cultura argentina,
por diferentes razones,
pero sobre todo por una en particular:
no nos tomamos el mundo de un modo ligero»

«No hay duda —ha dicho él mismo—: el dolor construye. Hay una especie de tristeza y de melancolía innegables en la cultura argentina, por diferentes razones, pero sobre todo por una en particular: no nos tomamos el mundo de un modo ligero. Pero la conciencia de las cosas finitas no es un obstáculo, es sólo el punto de partida que le permite a uno pensar en la felicidad como un imperativo categórico. […] El lugar donde nacemos lo es todo. Donde yo crecí, no había este tipo de contaminación del mundo rural a través del mundo civilizado. La melancolía de mi música se debe en parte al hecho de haber sido yo testigo de las cosas que nunca había querido ver». Cuando alguien le pregunta cómo nació su pasión por el bandoneón, cuenta una vez más lo de su padre y agrega: «En cualquier caso, la pregunta que todos deberíamos hacernos siempre es: ¿cuál es la razón por la que un día uno se encuentra con algo o con alguien crucial en su camino». Aun sin salir espiritualmente nunca de Campo Santo, Saluzzi ha llegado tan lejos con su música —a la que jamás separa de su vida y de su familia: ha tocado con su hermano Félix, con su hijo @josesaluzzi y con su sobrino Matías, entre otros— por este constante e insomne afán de trascendencia que siempre nos da a sentir.

El sello @ecm_records del gran Manfred Eicher, no tardó, desde luego, en ficharlo, hace ya 40 años, como a uno de los hombres clave que contribuirían a convertir a la productora alemana en la referencia de excelencia musical que hoy es, a la altura de Arvo Pärt, Keith Jarret o Egeberto Gismonti. En 2010, Eicher reunió a Dino con el sublime violínista letón Gidon Kremer y el vibrafonista ucraniano Andrei Pushkarev para reinterpretar piezas que el compositor georgiano Giya Kancheli había compuesto para las películas del también georgiano Rebaza Chkeidze, estrenadas desde los años 70 hasta 2008.

Como en sus propias composiciones, Dino logra también en estas piezas infundir la hondura de sus atmósferas íntimas, reflexivas. Una suerte de continuo armónico, ligerísimo a veces, tan próximo al silencio que, como si estuviera de algún modo a él adherido, logra expresarlo. Algo que tiene que ver con la madera y la melancolía. Con el llanto incluso, no de pena (o no sólo): también de goce, de excitación, de duda, de nostalgia, de asombro, de soledad, de libertad, esperanza y gratitud.

Si quieres saber más sobre Saluzzi, puedes ver también esta otra entrada.


3 de octubre de 2022