Ojos negros, de Vicente Greco, por Marcelo Nisinman y Winfried Holzenkamp | Impro
Hace ya más de 30 años, yo soñaba con ser bandoneonista —adoraba a Piazzolla, a Saluzzi, a Mederos— y tomé mis primeras clases con Marcelo Nisinman, autor e intérprete de esta bella versión de uno de los más hermosos tangos de la historia, Ojos negros, compuesto en 1910 por otro de los superhéroes del género, el autodidacta y talentosísimo Vicente Greco, quien acuñó el término de orquesta típica para la formación que tocaba esa música que empezaba a sonar cada vez más en Buenos Aires, un bandoneonista que, lamentablemente, murió en el apogeo de su carrera, a los 36 años.

Con @marcelonisinman compré mi primer y único bandoneón, un maravilloso Doble A marrón nacarado que más tarde mediodestrozó una gotera de la casa en que yo vivía y terminó de minar mi relación con el fueye. Los recordados Romualdi y Fabiani podían repararlo, pero yo no afrontar el gasto. Estaba a la vez cada vez más dedicado al periodismo, en el que yo empezaba, y haciendo continuos malabares para llegar con la lección aprendida a mis clases con mi segundo maestro, el genial Julio Pane, con lo que el accidente pluvial con mi fueye fue la confirmación de que mi bandoneón y yo no escribiríamos juntos una letra como la inmortalizada por el inolvidable Rubén Juárez. Si en aquellos años no aprendí a tocar el fueye como habría querido, sí aprendí mucho de tango de cada uno de los generosos músicos, historiadores y periodistas especializados que tuve la suerte de conocer y me hice más tanguero de lo que ya seminalmente era, herencia de los discos de mi padre. Entonces jamás hubiera imaginado estar más de treinta años después bailando, en un rincón de Madrid, en este código contemporáneo, un tango de la Guardia Vieja arreglado por Marcelo, al que los vientos y su talento llevaron y llevan por todo el mundo. Las vueltas de la vida.
9 de septiembre de 2022