Pata ancha (1957), de Mario Demarco, arreglo para la orquesta de Osvaldo Pugliese,
reinterpretado por la Orquesta Escuela de Tango,
dirigida por Emilio Balcarce (2000) +
Solfeando (1964), de Mario Demarco, arreglo para su propia orquesta,
interpretado por la Orquesta Escuela de Tango Emilio Balcarce,
dirigida por Víctor Lavallén (2018).
‘Entrador’ (1951), de Mario Demarco,
en la versión de la Orquesta típica de Alfredo Gobbi (1956),
superando, si cabe, la portentosa de Osvaldo Pugliese de 1952,
que ya es decir…
Hasta donde sabemos, Mario Demarco —brillante bandoneonista de Gobbi, De Caro y Pugliese, casi nada— no llegó a componer muchas obras, pero aquellas de las que tenemos noticia, sobre todo las instrumentales, hacen brillar cualquier greatest hits de la historia del tango que las contenga: Entrador, Pata ancha, Solfeando o Sensitivo (compuesta en tándem con Máximo Mori) son piezas que dan muestra del enorme talento de un músico que dejó también colosales arreglos orquestales como los de Quejumbroso o Emancipación en sus años con Pugliese, una formación en la que Demarco grabó en 1957 este tango sobre el que improviso en el vídeo de arriba, compuesto y orquestado por él mismo.

Mario Demarco (segundo bandoneonista desde la izquierda) con la orquesta de Alfredo Gobbi, de pie, a su lado, de traje claro.
Nacido en Buenos Aires el 5 de agosto de 1917, Mario Domingo Lapuzina —este era su verdadero nombre— estudió desde muy pronto bandoneón con Joaquín Clemente y armonía y contrapunto con Julián Bautista. A finales de los años 30 empezó a acompañar a cantantes para en 1941 entrar en la estelar orquesta de Antonio Rodio, en la que coincidió con Héctor Stamponi, Eduardo Rovira, Jaime Gosis y Máximo Mori, entre otros. Tocó fugazmente también en otras orquestas (como la de Juan Canaro o Miguel Caló) y, poco más de un año después, ingresó en la trascendental orquesta del que sería siempre su maestro, su amigo y su espejo en el que mirarse: el gran Alfredo Gobbi, en cuyas filas permaneció, siendo clave para su propia formación musical como para la orquesta misma, hasta 1951, cuando, a finales de ese año, se aventuró en su primera orquesta propia, más reconocida por los músicos que por el gran público: en 1953 tuvo que disolverla, pero dejó 18 grabaciones, hoy difíciles de encontrar y en las que ya dejó claras muestras de su personalidad musical, de línea evolucionista y cadenera, brillando en Sin tacha, El arranque, Mal de amores o Entrador.
Por su más que elocuente trayectoria —primero con Rodio, vinculado a Pedro Maffia, y luego con Gobbi, el padre de todos los contemporáneos, como dejó Piazzolla—, no es casual que aquel mismo año Demarco ingresara entonces en la última orquesta de Julio De Caro, un prócer vivo que en los años 20, con su hermano Francisco, había iniciado esa línea evolucionista que buscaba hacer del tango algo más que una música para acompañar a bailarines. Lamentablemente, también esa aventura duró poco: en 1954, en plena expansión de la cultura musical anglosajona a través de las radios y las multinacionales del sector discográfico, languideciendo ya la dorada época del tango y las orquestas típicas iniciada a finales de los años 30, De Caro dijo «hasta aquí» y se marchó a casa. En aquella última formación del genial creador de Tierra querida, Demarco dio brillo a una pléyade de bandoneonistas de selección nacional: Carlos y Alfredo Marcucci, Marcos Madrigal, Alberto Garralda y Arturo Penón.

Demarco (el segundo por la izquierda) en 1959 con Osvaldo Pugliese (con la partitura en la mano). De pie: Osvaldo Ruggiero. Y por delante, a la izquierda, junto a Demarco, Víctor Lavallén; al otro lado, Ismael Spitalnik.
Pese al contexto adverso que el género empezaba a vivir en relación a su modelo de negocio, Demarco parecía llamado a la grandeza e ingresó entonces en la orquesta de otra figura crucial de la historia del tango: Osvaldo Pugliese, quien unos años antes, en 1951, había grabado uno de los más famosos tangos del bandoneonista: Entrador, pieza de la que existe también otra versión, aún más descomunal, si cabe, de Alfredo Gobbi. En la orquesta de Pugliese, Demarco brilló, además de como bandoneonista, como arreglador y coincidió, entre otros, con Emilio Balcarce, otro genio de perfil bajo, entrando todos sus integrantes en una dinámica en la que unos y otros se enriquecían recíprocamente. Buena cuenta de ello es Pata ancha, compuesto y orquestado por el propio Demarco para Pugliese y grabado en mayo de 1957, una grabación en la que Pugliese no pudo estar y en la que, como otra veces, Osvaldo Manzi lo reemplazó en el piano.
La grabación sobre la que más arriba improviso no es, sin embargo, aquella del 57, sino la que más de 40 años después, en 2000, dirigió (y hasta sutilmente reversionó) con mano maestra el propio Emilio Balcarce al frente de la Orquesta Escuela de Tango, rodeado de jóvenes que hoy son figuras y destacados músicos de la nueva era dorada de las orquestas típicas: Ramiro Gallo, Diego Schissi, Horacio Romo y Camilo Ferrero, entre otros. Esta versión es, para mí, no sólo la mejor hasta hoy grabada de este tango que lo tiene todo —fuerza, lirismo, nostalgia, ‘mugre’ y una honda emotividad nunca banal—, sino también un fijo entre esos diez primeros tangos que sonarían y suenan en mi playlist tanguera.

Cubierta de uno de los dos discos que el bandoneonista grabó en 1965 con sus propio sello, Solfeando, y que incluye su soberbio tango homónimo.
Tras su salida de la orquesta de Pugliese en 1959, Demarco inició una carrera en la que alternó los roles de director, arreglador y primer bandoneón en formaciones que acompañaron a importantes cantores: con Héctor Chupita Stamponi y Raúl Lavié, con Edmundo Rivero —con quien dejó enormes grabaciones—, con Roberto Rufino, con Argentino Ledesma, Miguel Montero, Rodolfo Lesica y Jorge Sobral, entre otros. En 1964, un segundo encuentro con Gobbi, que había rearmado su orquesta, pero no funcionó.
Un año más tarde, Demarco refundó su propia orquesta, formada con desconocidos jóvenes instrumentistas, con el fin claro de grabar con su propio sello discográfico Solfeando ocho tangos entre los que destacan el propio Solfeando —que expresa como pocos la nostalgia por Buenos Aires de quienes vivimos fuera— y Sensitivo. Después, como el propio género, Demarco se fue apagando hasta fallecer, como su querido Gobbi, prematuramente: Gobbi a los 53, en 1965; Demarco, a sus 52, en 1970, quizá de pena: una enfermedad en la mano izquierda acabó haciendo que debieran amputársela en 1968; poco más de un año después, murió de un ataque al corazón, tomando un café, en la confitería El Águila, a un paso de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores.
9 de noviembre de 2024