Osvaldo Pugliese

Osvaldo Pugliese


Pata Ancha, de Mario Demarco + Arrabal, de José Pascual + Don Agustín Bardi, de Horacio Salgán + La Beba, La biandunga y Negracha, de Osvaldo Pugliese, todas las composiciones por él mismo con su orquesta.  


La de Osvaldo Pugliese es acaso la más eminente y hondamente tanguera de todas las orquestas típicas, con permiso de las de De Caro, Troilo, Gobbi, Salgán, Piazzolla y Federico, por mencionar mis favoritas entre las que la igualan en importancia desde una perspectiva histórica del siglo XX. Su orquesta es un auténtico festival de creatividad y hondura, de atmósferas y texturas, de endiabladas polirritmias, capaz de lo más avasallante y lo más leve, único en su antiacadémico academicismo, a la altura de cualquiera de todos los grandes compositores y directores de cualquier género del siglo XX. Un verdadero coloso que no está reconocido al nivel de Gershwin, Debussy, Ravel, Schönberg o Ligeti por su bajo perfil y lo fatalmente periférico del tango. Al acentuar casi salvajemente los tiempos fuertes del compás de 4/4 (el 1 y el 3) e introducir diversos modelos de marcación sin un patrón claro y regular, inventándose a la vez ese salvaje modelo de marcación recién mencionado y conocido como ‘yumba’ (sello de su orquesta), Pugliese les cambió el paso al género y a los bailarines, dándole al tango una profundidad y una severidad inéditas, una intensísima contención desbordante, casi incendiaria, que en cada tango solo se despliega por momentos de manera avasallante para luego volver a replegarse en las más delicadas sutilezas cercanas al silencio, la levedad, el roce, algo que, creo, se aprecia a la perfección en la maravilla de arreglo de Evaristo Carriego, de Eduardo Rovira, sobre el que improviso aquí abajo. Basta buscar la versión del propio Rovira con su trío y contrastarla con esta de Pugliese para ver el verdadero genio de este coloso sobrio para tanta gente desconocido. 



En Pugliese uno nota cómo la sencillez acaba siempre abriéndose paso entre la más excelsa complejidad, cómo lo delicado alcanza la levedad emergiendo de la más endiablada turbulencia, cómo la claridad acaba definiéndose, siempre nítida, como un hilo de plata, en medio de la más honda y bella oscuridad. El imprevisible juego de tuttis, solis y solos, sumado al ensamblado polifónico de cuanto va pasando en los diversos planos de su orquesta, crean un bosque sonoro sin referencias claras en el que perderse es una bendición.



Bailarlo es así una tentación, un inagotable deseo que jamás nada sacia ni satisface. Pugliese mueve como mueve el viento, igual de impredecible, nunca del mismo modo ni al mismo ritmo ni en la misma dirección dentro de una misma composición. Aunque por supuesto en sus piezas las haya, no hay en verdad métrica, compás ni medición viables de cara a relacionarse con sus orquestaciones: uno entra o no en su viaje emocional o Pugliese y sus gloriosos músicos (todos también compositores y arregladores) te dejan fuera. Da igual cómo baile o desde qué código y lenguaje uno lo haga: ninguna orquesta impone quizá tanto bailar desde el sentir y la intuición como la suya. Sofisticada como pocas, la orquesta de Pugliese trabaja desde un lugar muy primario: el sentir. Un lenguaje no verbal ni pentagramático, sino vivido y compartido. Y sólo desde ese mismo lugar se puede entrar en relación con su música, misteriosa como pocas, hasta el punto de volverse tan complejamente técnica para borrar la técnica y dejar brutalmente en primer plano la expresión y el sentimiento. En esto, Pugliese supera quizá hasta el mismísimo Piazzolla.

Asi a Pugliese nunca se llega. Es como la tierra prometida: uno se dirige a él casi como por un desierto, sabiendo no obstante que en el propio ir reside quizá el único modo virtual, nunca consumado, de alcanzarlo; descubriendo, aún más, que saberse envuelto y arrastrado por su música es ya en sí, en parte, esa tierra prometida. Por eso es uno de los grandes grandes clásicos: nunca se cierra ni se completa; siempre logra mantenerse abierto, poroso, inspirador, naciente, siempre está sugiriendo lo que uno acaba de vivir y descubre que él, sin definirlo, ya sugería e incluso propiciaba sin que uno lo supiese. Pugliese nos mira envejecer siempre rejuvenecidamente invicto. 


1 de enero de 2022