Alfredo Gobbi

Alfredo Gobbi


Orlando Goñi (Alfredo Gobbi) + Lágrimas y sonrisas (Pascual De Gullo) + Racing Club (Vicente Greco) + La catrera (Arturo de Bassi) + El andariego (Alfredo Gobbi) + Camandulaje (Alfredo Gobbi) + El incendio (Arturo de Bassi) + Si sos brujo (Emilio Balcarce), todas por la Orquesta de Alfredo Gobbi | Impros


En la ya larga historia del tango —riquísima en prodigios— existe un milagro llamado Alfredo Gobbi, menos conocido para el gran público de lo que mereció y merece. Entre los músicos, en cambio, todos saben que el suyo, como el de Gardel o Troilo, es un nombre sin discusión. Más aun: «Gobbi —como lo definió Piazzolla— es el padre de todos nosotros: de Pugliese, de Troilo, de Salgán, de Astor Piazzolla y de toda la gente que quiere hacer buena música en el tango… los que hicimos el tango moderno». «Gobbi —certificó el propio Horacio Salgán a Nélida Rouchetto— fue un creador de creadores. Cada vez que escucho un disco de su orquesta, descubro algo distinto, como una magia, como suelta una flor su fragancia. Siempre me asombra». Viniendo de Salgán (que, como pocos, hizo de cada orquestación un festival de perlas y que no a cualquiera regalaba un elogio), estas son palabras mayores.  


Principio y fin. Alfredo Gobbi destacó como violinista, compositor, arreglador y director de orquesta típica, pero sus inicios estuvieron marcados por el piano, que también tocaba y al que tristemente volvió al final de su precaria vida, tocando en bares nocturnos de poca monta para ganarse el escaso dinero con que podía pagarse una habitación en frías pensiones como en la que murió a los 53 años.


Alfredo Gobbi sintetiza incluso la primera gran era de la historia del tango —la segunda se viene viviendo desde finales de los 90—, y así como su orquesta compendia casi enciclopédicamente todos los recursos estilísticos y expresivos del género desde la ya madura guardia vieja de mediados de los años 20 hasta la más compleja vanguardia de los años 50 y 60, su dramática vida metaforiza también el ascenso, apogeo y agonía de un nuevo género musical cosmopolita, universalizado en tiempo récord durante la primera mitad del siglo XX y brillantemente resucitado por las nuevas generaciones de los últimos 30 años. 

Alfredo Gobbi nació, al igual que Gardel, en Francia y, como el Zorzal, fue registrado en Uruguay antes de desplegar su genio en Argentina. Hijo de dos de los pioneros en difundir el tango en Europa —Los Gobbi, el dúo vocal formado por sus padres, Alfredo Eusebio y Flora Rodríguez— y ahijado de Ángel Villoldo, autor de El choclo, ese clásico infinito, Alfredo Gobbi nació predestinado al tango y cumplió con creces su destino, en lo dulce y en lo amargo.

Desde 1926, fue parte fundamental de todo lo bueno que le pasó musicalmente al género: estuvo, entre otras, en las formaciones de próceres como Juan Pacho Maglio, Roberto Firpo, Manuel Buzón, Anselmo Aieta, Antonio Rodio, Pintín Castellanos, Pedro Laurenz y, sobre todo, en 1930, en el trascendental Sexteto de Elvino Vardaro, que, junto con el sexteto de Julio De Caro, marcaría indeleblemente la llamada línea evolucionista del tango, que, dos décadas más tarde, alcanzaría muchas sus más altas cumbres con la orquesta del propio Gobbi.


Alfredo Gobbi y su orquesta, en los años 50. De pie, en el centro, ambos de traje claro, Gobbi, a la izquierda, y el cantor Jorge Maciel, inmortal en su grabación de Remembranza. Desde la izquierda, los bandoneonistas son Alberto Garralda —pieza fundamental de la orguesta—, el gran Mario Demarco y Emilio Nurié.

Alfredo Gobbi y su orquesta, a finales de los años 40, quizá 1948. De pie, en el centro, ambos de traje claro, Gobbi, a la izquierda, y el cantor Jorge Maciel, inmortal en su grabación de Remembranza, que más tarde, a mediados de los 50, superaría incluso con Pugliese. Desde la izquierda, los bandoneonistas son Alberto Garralda —pieza fundamental de la orquesta—, el gran Mario Demarco y Emilio Nurié. Desconozco quién es el cuarto; también quienes aparecen más arriba.


En aquel portentoso sexteto de Vardaro, del que lamentablemente apenas se conserva una maltratada grabación, Gobbi coincidió con otros dos colosos de la historia del tango: Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese, con los que mantendría siempre una cercana complicidad. De ellos, Gobbi fue no obstante el que más tarde logró formar su propia orquesta: Troilo en 1938, Pugliese en 1939 y él, en 1942, dos años antes que la igualmente trascendental de Horacio Salgán, en 1944, y cuatro antes de la portentosa de Astor Piazzolla, en 1946. Todos primos hermanos de una misma evolución orquestal consagratoria de un género popular culto que, con increíble madurez para haberse desarrollado en tan pocos años, se presentaba al mundo como ese «regalo que Buenos Aires le hizo a la música universal», según suele decir Ignacio Varchausky, señalando la textura única de piano, cuerdas y bandoneones de las orquestas típicas, una textura sonora inédita en la música precedente, tocada y articulada, además, de un modo desconocido hasta entonces por los ejecutantes de esos mismos instrumentos ya existentes.

Dentro de esa gran revolución armónica y rítmica generacional, Gobbi fue acaso el más radical (con permiso de Piazzolla), el más complejo (con permiso de Salgán y Pugliese) y el más detallista y romántico (con permiso de Troilo). Cuanto más pasan los años, más aumenta el aprecio y la valoración hacia su orquesta, en la que —como suele decir también Varchausky— todo lo precedente está ahí enriquecida y hondamente sintetizado. Su sabiduría orquestal mezcla la barroca precisión y la originalidad sintáctica de la mejor prosa de Borges —nada sobra ni falta ni se puede decir tanto con tan poco— con la avasallante fuerza, la hondura y el lirismo pasional del más endiablado Roberto Arlt. Ahí donde en Troilo predomina el encanto, en Salgán la más excelsa ligereza, en Pugliese la gravedad, la densidad, la más áspera hondura y el arrebato, en Di Sarli el lirismo y lo sutil y en Piazzolla el cielo y el infierno, la más sentida pasión, en Gobbi todo lo anterior se condensa y sublima, fluctúa sin alardes, haciendo brillar en su estilo el discreto esplendor de la sobriedad, con una sencillez pavorosamente compleja, llena de sentimiento y expresión tanguera. Un festival complejo y sutil de un estilo complicadísimo incluso para los más grandes instrumentistas, que debían enfrentarse a orquestaciones repletas de perlas y detalles, de nuevas e inesperadas flores, como diría Salgán, y de todos los recursos del lenguaje tanguero desarrollados desde finales del XIX: arrastres, síncopas, bordoneos, segundas menores, ascensos a la sexta en la marcación, juegos con el tempo haciéndolo fluctuar de un modo incesante e impredecible para generar continuamente nuevas tensiones; cambios en la estructura misma de los tangos, alterando la posición de las variaciones, tradicionalmente situadas al final y que él adelanta muchas veces a la mitad de las composiciones; diversos yeites percusivos en cada uno de los instrumentos, sin seguir un patrón previsible… Cada orquestación de Gobbi es una maravillosa y casi indescifrable caja de sorpresas.


Desde la izquierda, sentados a la mesa, entre otros, Mariano Mores, Charlo (Carlos José Pérez), Enrique Santos Discépolo, Aníbal Troilo, Enrique Tanturi y Cátulo Castillo. De pie, en el centro, Alfredo Gobbi y, junto a la pared, Alberto Marino.

Desde la izquierda, sentados, entre otros, Mariano Mores, Charlo (Carlos José Pérez), Enrique Santos Discépolo, Aníbal Troilo, Ricardo Tanturi y Cátulo Castillo. De pie, en el centro, con corbata clara, Alfredo Gobbi y, junto a la pared, el cantor Alberto Marino. | Foto: Tangos al bardo


De todos bebió Alfredo Gobbi —de De Caro, de Di Sarli, de Goñi, de Vardaro, de Laurenz, de Troilo, de Pugliese— y a todos legó cuanto conoció, enriquecido, alineando, además, y formando en su orquesta a muchos de los más grandes instrumentistas y creadores de la historia del género como Mario Demarco, Eduardo Rovira, Alberto Garralda, Ernesto Tito Rodríguez, Juan Olivero Pro, Deolindo Casaux, Toto D’Amario, Osvaldo Tarantino, Cásar Zagnoli, Fernando Cabarcos, Alcides Rossi, Osvaldo Monterde, Hugo Baralis, Ernesto Romero, Osvaldo Monteleone, Dino Saluzzi, Osvaldo Piro y Pascual Mamone, entre muchos otros.

Y así como tardó más que los demás en formar su propia orquesta, Gobbi tardó también más que el resto en poder grabar y ser mínimamente reconocido. Pese a que toda su actividad musical se desarrolla entre 1926 y 1964, las grabaciones de su orquesta —pocas en comparación con las de otros directores— se concentran entre 1947 y 1958. Así y todo, una corta veintena de tangos instrumentales sin parangón le bastaron para convertirse en uno de los más grandes genios de la música de Buenos Aires. A esos tangos instrumentales —arreglados o compuestos por él—, sumó decenas de tangos cantados, de desigual calidad en la elección, no en la orquestación, entre los que también hay maravillas, como Remembranza, tango de 1934 de Mario Melfi y Mario Battistella, en el que Jorge Maciel canta en estado de gracia, el mismo estado de gracia en el que va aconteciendo el arreglo de Gobbi, de lo más exquisito y leve que ha grabado. Maciel, por cierto, volvería a grabar ese bello tango con Pugliese en otra versión definitiva. Imposible quedarse con una. En el impacto inicial, se impone la de Pugliese, pero cuanto más uno las escucha, más se ahonda y engrandece la de Gobbi con su extrema, honda y engañosa sencillez. Sin el menor matiz peyorativo hacia el genial creador de La yumba, en la versión de Pugliese uno no puede dejar de escuchar, admirablemente, a los músicos; en la de Gobbi, uno escucha, sin más, la música. Acompaña como acompaña la luz, sin hacerse notar. 


Al final de su vida, Alfredo Gobbi
se ganaba la vida tocando el piano
en algunos locales nocturnos de los barrios
de Once y el Bajo, en los que
fue hundiéndose más y más
en el alcohol, las drogas, la pobreza

A partir de 1957 —y fruto de la decadencia que todo el tango sufrió en el mercado musical ante el avance de la industrial anglosajona que, recuperada de las dos guerras mundiales, invadió las radios y disquerías de todo el mundo en una revolución cultural, política y económica incontestable— la labor de Alfredo Gobbi como director también menguó. Desde entonces, cuenta Horacio Ferrer, Gobbi alternó esa esporádica y mal pagada tarea con actuaciones como solista de piano en algunos locales nocturnos del barrio de Once y el Bajo, en los que, cuenta José María Otero, fue hundiéndose más y más en el alcohol, las drogas, la pobreza. «Tenía un leve temblor en sus manos —detalla Otero— y me explicaba que era por culpa de la ginebra». También —agrega Bruno Passarelli— por culpa de «una dolorosa infidelidad, a la que él, un romántico incurable, afrontó sin las fuerzas necesarias para emerger del pozo negro en el que había caído. Y reaccionó de la única manera que sabía: acentuando su bohemia inclaudicable y entregándose a la noche, especialmente al alcohol y a otros vicios, que terminaron por vencerlo».

Antes de quedar ya sólo abocado a esa forma de ganarse la vida —agrega Passarelli—, Gobbi actuó por última vez en 1962 con un quinteto que dirigió desde el piano y con el que se presentó en la confitería Siglo XX, de Corrientes y Uruguay. «Yo mismo —escribe el periodista— tuve el privilegio de verlo».


Desde la izquierda, Alberto Pugliese (hermano de Osvaldo y autor de joyas como El reamate), Alfredo Gobbi y su gran cómplice musical y amigo, el fundamental pianista Orlando Goñi.

Mar del Plata, 1933. Desde la izquierda, Alberto Pugliese (hermano de Osvaldo y autor de joyas como El remate), Alfredo Gobbi y su gran cómplice musical y amigo, el fundamental pianista Orlando Goñi, clave en la historia del tango, al nivel de Francisco De Caro, por sus aportaciones en el piano al lenguaje y la expresión tangueras. | Foto: Tangos al bardo


En el prólogo de Buenos Aires Tiempo Gobbi, libro del periodista y poeta Alfredo Carlino, el gran Julián Centeya habla de «la mesa envinada del sucio bodegón de Paraná y Sarmiento, amargamente llamado La Bolsa del Hambre, donde gente de circo añoraba la edad del músculo joven, al que le exigiera el impulso, como motor del salto elástico entre mentiras humanas (…) Allí, en ese rincón inmerecido, Alfredo Gobbi —’Chingolo’ para quienes lo conocimos y lo quisimos mucho— había recalado, camino de su propia destrucción de hombre, porque al artista ya lo habían deshecho sin ninguna piedad (…) ¿De qué le valió a este singular elemento del tango, a este hombre vertical, a este devorado, su talento? Le valió para mal vivir y peor morir. Le valió para irse, dejándonos su última mirada de vidrio empañado, al pie de una sucia escalera de un mísero hotel (¡qué ni de cuarta!) compartido con ladrones y prostitutas».

El 21 de mayo de 1965, con apenas 53 años, Alfredo Gobbi murió —escribe Passarelli— «porque el corazón le dijo basta o por una fulminante pulmonía cuando en una húmeda madrugada de mayo decidió darse una ducha que resultó helada en la habitación del hotel miserable del Bajo que compartía con personajes tan desdichados como él. Un tugurio que a esa hora no dispensaba agua caliente a sus abyectos pasajeros». 


Violinista, pianista, compositor, arreglador y director, Alfredo Gobbi era conocido como 'El violín romántico del tango'.

Alfredo Gobbi era conocido como ‘El violín romántico del tango’.


«A su deceso —agrega José María Otero—, hubo que hacer una colecta entre tangueros para rescatar su legendario violín que el dueño de la pensión se quedó para recompensar la deuda del inquilino. Cuando lo fueron a ver a Troilo, el Gordo se quejó amargamente: ‘¡Cómo no vinieron a verme primero a mí..!’». 

El propio Troilo le había dedicado poco antes su tango Milonguero triste, que se suma a otras joyas dedicadas a su figura como El engobbiao, de Eduardo Rovira, Retrato de Alfredo Gobbi, de Astor Piazzolla o Alfredeando, de Néstor Marconi, grabado por la orquesta de Pugliese.  


Alfredo Gobbi (segundo por la izquierda) con Osvaldo Pugliese (el cuarto) y los directores Eugenio Nobile y Panchito Cao, ambos destacados músicos de jazz, con pasado tanguero. | <a href="https://tangosalbardo.blogspot.com/">Tangos al bardo</a>

Alfredo Gobbi (segundo por la izquierda) con Osvaldo Pugliese (el cuarto) y los directores Eugenio Nobile y Panchito Cao, ambos destacados músicos de jazz, con también notable pasado tanguero. | Foto: Tangos al bardo


Contradiciendo en parte el lamento de Centeya, cabe decir que, si no en vida, a Gobbi el talento sí acabó al menos sirviéndole de mucho más allá de sus días, ya que tanto él como su gran e influyente malogrado amigo Orlando Goñi fueron cruciales influencias en el amor por el género que, tres décadas más tarde, desarrollaron, entre otros, el contrabajista Ignacio Varchausky y el pianista Julián Peralta, dos músicos y activistas fundamentales sin quienes la nueva edad de oro que vive el tango desde finales de los años 90 sería impensable por la labor arqueológica musical, formativa y productora de nuevas dinámicas sociales en torno al género que desarrollaron, cada cual por su lado, cuando no tenían ni 20 años, aunando esfuerzos, sin saberlo, en la misma dirección, detectando y nucleando a jóvenes de su misma generación tan interesados como ellos en la música orquestal de Buenos Aires, reuniéndolos en torno a un pasado reciente de enorme valor que era preciso redescubrir a tiempo y rescatar, en no pocos casos, de la mano y bajo el consejo de los protagonistas de aquella era dorada anterior que aún seguían vivos. Lo hicieron desde muchas y muy potentes y variadas acciones que, si te interesara más, aquí detallo mejor. Sólo agregaré para terminar que, en los altares de Ignacio Varchausky, casi como una brújula, marcando el Norte, destacaba ya entonces (y sigue destacando), casi por encima de todos los demás, Alfredo Gobbi. En los de Julián Peralta, Orlando Goñi.