Julio Pane

Julio Pane


Ilusión de mi vida, de Feliciano Brunelli + Vieja casa, de Edmundo Zaldívar hijo + Interludio, de Julio Pane, interpretadas por Pane con Juanjo Domínguez, con su propio trío y por él mismo en solo de bandoneón, respectivamente. | Impros


Dos y veinte de la madrugada. Me despierta el teléfono. Preocupado, atiendo esperando malas noticias.

–¿Sí…?
–¿Qué hacés?
–¿Julio?
–No, Mandrake… ¿Qué hacés?
–Duermo…
–Qué raro que sos. ¿Te paso a buscar y comemos algo en Chiquilín?

Esto me pasó por primera vez (la primera de muchas veces) hace 30 años. Al otro lado del teléfono, Julio Pane, que se nos acaba de ir con 76. Por entonces, yo aún tenía el sueño loco de estudiar bandoneón y tomaba unas desaprovechadas clases con él, y esas madrugadas en que Julio salía de tocar en Casablanca y no quería ir a cenar solo eran de las mejores lecciones que podías llevarte.



Eran otros tiempos y la información sobre el tango, contada de primera mano, por músicos que la hubieran vivido, era escasa e infrecuente. Siendo, además, periodista, yo quería exprimirle a Julio todo cuanto pudiera saber de las grandes orquestas y de los músicos contemporáneos que aún seguían luchando por el género, pero sobre todo de las orquestas que él había conocido desde niño e incluso las de más atrás, ya de la Guardia Vieja y los orígenes, por su propio padre y su tío, también bandoneonistas. Julio, de hecho, siempre lo decía: «Yo nunca estudié bandoneón. Lo aprendí. Igual que los niños aprenden todo: a caminar, a correr, a comer. El fueye estaba ahí desde que nací y sonaba en casa todo el día. Era una cosa más entre las cosas». Viéndolo improvisar (para mí su gran gran arte: no he conocido otro improvisador igual) comprobabas que eso era cierto. El instrumento le quedaba muchas veces pequeño para todo lo que iba pasando por su sensibilidad una vez que bajaba la cabeza y se iba de viaje. Recuerdo muchas noches en la Gandhi con el trío con Nico Ledesma y Horacio Cabarcos (más tarde, Guillermo Ferrer y Quique Guerra reemplazando sucesivamente a Cabarcos), pero también guardo, imborrables, los primeros mediodías de sus solos de bandoneón en el Miramar (año 95) y una impro de casi 25 minutos, sin parar, recorriendo y uniendo el repertorio de Piazzolla según le iban saliendo las melodías al paso. Su trío, casi a la parrilla, sin partitura, tenía momentos sublimes. Su arreglo de Tierra querida hacía de ese tango de la Guardia Vieja pura vanguardia. Lograba darle incluso una vuelta más al insuperable arreglo de Salgán, del que Julio bebía, llevándolo casi a ese desenfado dinámico de Astor. Una maravilla. 


Julio era puro instinto,
y cuando daba paso y libre albedrío
a todo lo que no sabía que ya sabía
del tango y de la vida,
era absolutamente genial,
anonadante


El estudio de grabación y el lápiz sobre el pentagrama eran, para él, creo, un atractivo campo minado. Julio era puro instinto, y cuando daba paso y libre albedrío a todo lo que no sabía que ya sabía del tango y de la vida, era absolutamente genial, anonadante, mucho más aún que cuando su escritura y su interpretación se volvían más cultas e intelectuales. Seguía siendo soberbio, pero algo de su genial instinto se diluía. Se volvía más perfecto que genial y no tocaba tan al borde del desastre, en ese desborde que no se cumple y donde el arte y la emoción anidan. En su vida, como en su música, la espontaneidad, creo, era su gran don.

El ‘loco’ Pane tenía cosas que lo hacían merecedor de ese mote, pero era imposible no quererlo y admirarlo: su amor y su conocimiento del bandoneón y el tango y la generosidad con que contagiaba y transmitía ese saber y esa pasión eran otra formar de querer y amar, con todo lo bueno y lo malo, Buenos Aires. Roberto Di Filippo y Leopoldo Federico le dieron al unísono, sin dudar, su nombre a Piazzolla cuando buscaba para el sexteto, su última formación, un segundo fueye tras décadas de tocar él solo (en la imagen de abajo, juntos). Julio tocó, además, entre muchos otros, con Horacio Salgán (otro de sus grandes sueños) y eso ya le permitía morir tranquilo.



Al margen de sus soberbios arreglos para bandoneón, su otro gran gran legado ha sido la docencia: muchos de los mejores bandoneonistas de las nuevas generaciones se formaron con él. Julio, Rodolfo Mederos y Néstor Marconi hicieron, en este sentido, una labor impagable en años áridos. Todo mi cariño a Julio hijo, a Daniela y a Leandro, el Yoyo Pane, tercera generación de bandoneonistas en la familia (en la imagen de abajo posan juntos en los Estdios Ion).



Improviso con gratitud sobre tres piezas. Dos valses y un tango: Ilusión de mi vida, de Feliciano Brunelli, que da cuenta de la metralleta que Julio tenía en la mano derecha, de lo avasallante que podía ser su armonización y de lo genial que era ‘parrilleando’, aquí con Juanjo Domínguez; Vieja casa, del gran Edmundo Zaldívar hijo, creador del guitarrón criollo y músico de Troilo y Ciriaco Ortiz, un precioso y delicado vals de 1951 que conmovía a Julio hasta las lágrimas y que él recuperó del olvido; y su, para mí, gran gran composición: Interludio. Una obra mayor. Hasta siempre, querido Julio.


15 de junio de 2024