FELICES TETRAPLÉJICOS
POR VOLUNTAD

 


DANZA CONTEMPORÁNEA | FILOSOFÍA | CIRCO |
TEATRO | AUDIOVISUAL


 

 

 


 

EN NO DEMASIADAS DÉCADAS,
EL SER HUMANO PASÓ DE CONVERTIR
EN OBJETOS REALES LAS IMÁGENES
QUE GENERABA EN SU CABEZA A
REEMPLAZAR ESOS OBJETOS POR SU IMAGEN.
UN VERTIGINOSO SALTO DE
LA ERA INDUSTRIAL A LA DIGITAL
QUE AUMENTÓ, COMO NUNCA ANTES,
LA HIPERACTIVIDAD MENTAL,
DESACTIVANDO AÚN MÁS
LOS CUERPOS EN EL ESPACIO

 


 

ESTA PIEZA REFLEXIONA ACERCA
DE ESE PROCESO HISTÓRICO EN LAS
SOCIEDADES HIPERTECNOLOGIZADAS
DEL CONFORT 
MEDIANTE UN
CRUCE DE LENGUAJES ESCÉNICOS 
QUE
INCLUYE CUATRO VÍDEOS QUE

SE PROYECTAN SOBRE EL FONDO
DE LA ESCENA, ALTERNÁNDOSE
CON DIVERSAS SITUACIONES
DE MOVIMIENTO

 


 

Desde mediados del siglo XIX, cuanto más crecían las ciudades, más se iban reduciendo los espacios por los que las personas debían circular con un repertorio cada vez más acotado y reiterativo de movimientos breves, aprendidos gradual y normativamente en la escuela, en las fábricas, en los edificios, en el transporte público, en las oficinas, en los cruces peatonales, en los parques con senderos y zonas de recreo, en el servicio militar y en cada uno de los ritos y las dinámicas sociales audiovisualmente bendecidas por la sociedad del espectáculo analizada por Guy Debord. Un repertorio de movimientos mínimos que, según iban siendo consagrados como conquistas del confort (un confort que dejaba atrás las penurias del ámbito rural), más empujaba a las personas a una creciente actitud pasiva ante la vida y, más sutilmente, a un proceso de desmovilización social, profundizado década a década hasta nuestros días.


 

 


En una operación similar —esta vez en relación al tiempo— se fueron reduciendo también los plazos de producción, duración y espera en un proceso de aceleración general que, por la velocidad, consagrara la inmediatez como la más alta forma temporal de ese mismo confort: que todo fuera ya, en todas partes, siempre. Que nada mediara ya entre uno mismo y su deseo. Una realidad virtual posibilitada por otro estrechamiento espacial: el nanochip, ya presente en cada vez más pequeños y sofisticados dispositivos en los que el tiempo es fusionado, atomizado y reducido a una escala tan infinitesimal que desencadena millones de simultaneidades virtuales, como si de una bomba atómica de tiempo se tratara, liberando una energía secuencial inabarcable para nuestro cerebro, que no obstante se siente confortablemente arrasado por ella, lanzándonos sin ruptura a una nueva vida mental simulada.


 

 


En no demasiadas décadas, el ser humano pasó así de convertir en objetos reales las imágenes que generaba en su cabeza a reemplazar esos objetos por su imagen. Un vertiginoso salto de la era industrial a la cibernética que aumentó la hiperactividad mental, desactivando aún más los cuerpos en el espacio.


 

 


Así, la vida en los centros urbanos hipertecnologizados de hoy se va viendo crecientemente eclipsada por un espacio virtual-mental que, potenciado por los dispositivos electrónicos de inmediatez, aspira a monopolizar el régimen de la visibilidad legítima imponiéndosenos como un sueño colectivo sin visión común, como una calidoscópica e irrecuperable sucesión de imágenes en las que cada tanto aparecemos, o hacemos por aparecer, para recordarnos a nosotros mismos en el flujo impersonal de las imágenes de cuerpos, objetos y lugares a los que esas mismas imágenes van sustituyendo en cada experiencia personal.


 

 


Este creciente espacio virtual-mental va erigiéndose así, más y más, como un irrealismo hiperrealista, como una elástica e insensible red desde la cual —libremente en ella maniatados— cedemos confortablemente al olvido de nuestros propios cuerpos, para los que, en muchas situaciones, apenas bastan ya nuestra mirada y el deseo, la mera reacción hormonal a los estímulos cerebrales activados.


 

 


Nunca fuimos quizá tan química, física y orgánicamente religiosos. El conocimiento científico de lo infinitesimal, del campo cuántico y la nanotecnología ha puesto en valor procesos inaccesibles para nuestra percepción directa sobre los que no obstante funciona el entorno virtual que nos rodea, convirtiendo así en nuevos bienes y deidades todo cuanto en ese campo virtual se muestra. «Lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece», pregona, según Debord, el nuevo credo. Se trata, en efecto, de una nueva fe en aquello que, como en toda fe, no podemos conocer ni demostrarnos a nosotros mismos y a lo que, sin embargo, vamos entregando ciegamente nuestra vida.


 

Imágenes del vídeo Plegaria de lo incumplido

 


Felices tetrapléjicos por voluntad se presenta así, más que como una pieza de danza, teatro o circo, como una reflexión escénica, concebido el lenguaje escénico —al igual que el matemático, el idiomático, el pictórico, el musical o el algorítmico— como un lenguaje específico, polisémicamente constituido (en este caso) de luz, cuerpo, espacio, tiempo, límite, duración, música, palabra, movimiento, transición, proyección audiovisual, imprevisibilidad y riesgo (todo indisociablemente junto). Un lenguaje específico que —sólo en el encuentro y la visión directa de unos cuerpos frente a otros— da a sentir aquello ante lo que el mero lenguaje verbal, colonizado por el simulacro de la comunicación, fracasa.


 


Imágenes del vídeo Creativas criaturas de autodestrucción gradual

 


El progresivo ‘saber’, en apariencia infinito, de la inteligencia artificial generativa se agota —como modelo de lenguaje que es— en un acotado sistema de traducción de conceptos, a diferencia de lo vivo, abierto a un incesante devenir de millones de vectores que, en el ambioma terrestre, no se pasan información: entran en compleja relación mediante estímulos no discursivos, asemánticos, no ya por traducción, sino por transducción. Una singularidad tan irreductible como inabarcable para cualquier modelo de lenguaje humano o artificial, este último, el artificial —cabe subrayarlo—, siempre hecho a imagen y semejanza del primero.


 

Imágenes del vídeo Fuga mental de cuerpos caídos en desuso

 


La inteligencia artificial generativa responde así sólo a la representación exclusivamente lógica con que ya hemos representado (que no necesariamente conocido) lo real, y en ningún caso en su totalidad, de lo que muy lejos seguimos estando. Esa representación aún mínima y parcial con la que —mediante los diversos lenguajes— hemos codificado apenas una ínfima parte de la inabarcable complejidad de lo vivo ha sido y es una representación regida por la productividad, siempre en una misma dirección, orientada a alcanzar unos resultados previamente objetivados con fines de rentabilidad, de acumulación de riqueza y de resolución, casi exclusiva, de un cierto de tipo de supuestos problemas de una cada vez más acotada élite mundial: llegarán antes unos pocos estúpidamente a Marte que millones a no morir de malaria aquí al lado, en África. Y en esa misma fuga mental de la materialidad más inmediata, esos mismos pocos acaban también antes convertidos en felices tetrapléjicos por voluntad que en inmortales, como tanto sueñan. Seguirlos o no en su deriva es quizá lo único que aún dependa de nosotros. 


 


Imágenes del vídeo El desierto avanza

 


De este modo —y en el actual contexto de supuestas inteligencias artificiales que, con fascinantes resultados, combinan y recombinan estadísticamente gramática y sintaxis, pero que nada entienden de semántica ni de interpretación de signos no antes verbal e idiomáticamente codificados—, la bidimensionalidad digital y la algoritmia del mundo funcional contemporáneo se diluyen ante el irreductible misterio tridimensional de la vida y los cuerpos situados que acontecen en cada hecho escénico. Nunca las artes vivas han sido acaso por ello más contraculturales y políticas que hoy por el solo hecho de no estar mediadas por nada entre un grupo de personas reunidas a la vez en un mismo sitio.


 

 


 

 


Esta pieza aspira a presentarse, en suma, como una reflexión escénica en torno a las dinámicas del cuerpo en las sociedades hipertecnologizadas del confort e incluso como una aproximación interrogante a cómo y por qué hace algo más de un siglo —y sólo hace algo más de un siglo y no antes— hemos llegado a la danza contemporánea (algo ya a nuestro alcance en el Pleistoceno) o a diversas expresiones de movimiento urbano para reflexionar también acerca de la creciente desmovilización social que, a partir de 1989, tras la caída del Muro de Berlín y la conversión del capitalismo en cultura global, llevó a reemplazar primero las fábricas por las empresas y, más recientemente, en un proceso aún en marcha, las empresas y sus oficinas por un espacio de trabajo virtual a distancia (ya no común ni compartido) con acaso un mismo fin: disolver todo lazo social y reforzar la nueva dialéctica en la que cada persona, incluso en la multitud, va quedando cada vez más aislada y sola, sutil y complejamente, por su propia elección, rodeada de objetos de consumo, que no de deseo, que la vinculan apenas a su propia adicción a vivir insaciablemente deseando y consumiendo sin consumar nunca nada, como un nuevo Tántalo o un feliz tetrapléjico por voluntad en su particular limbo psíquico. Una masiva fuga mental de cuerpos crecientemente caídos en desuso, entre mil reflejos y renovados simulacros de inmortalidad.


 

 


 

FICHA ARTÍSTICA

 


 

· Interpretación, textos y dirección:
Diego Bagnera

· Asistente de dirección y movimiento aéreo:
Carolina Yavén

· Diseño lumínico y dirección y coordinación técnica:
María Otero

· Rigger:
Manuel Cortés

· Adaptación de la silla de ruedas:
Bernardo Angelini

· Imágenes del vídeo Creativas criaturas de autodestrucción gradual:
Matías Costa. Edición: David Linuesa.
Música: Manolo Tarancón. | Aqaba Media

· Imágenes del vídeo Fuga mental de cuerpos caídos en desuso:
AAVV

· Imágenes del vídeo El desierto avanza:
Entrevista a Hugo Mujica.
Una belleza nueva, de Cristián Warnken

· Registro audiovsual en residencia:
Juan Millás y Jorquera

· Producción ejecutiva:
Carolina Yavén y Diego Bagnera

· Pieza para público adulto,
no recomendada para menores de 18 años

· Duración:
85 minutos

· Pieza desarrollada con el apoyo
y la colaboración de Carampa y
la Asociación de Malabaristas

· Residencia técnica desarrollada en el
Centro Cultural Paco Rabal
(Madrid), en julio de 2025

 


 

 


 

 

 


 

LA TIERRA PROMETIDA
DEL INDIVIDUALISMO DIGITAL

EMERGE BAJO LOS PIES
DE CADA NUEVO ROBINSON CRUSOE

QUE GRITA «YO» EN EL PUNTO MÁS ALTO
DEL MUEBLE IKEA EN EL QUE AÚN
CREE VER SU ISLA 
MIENTRAS SUS VECINOS
LLAMAN 
A LOS SERVICIOS
DE SALUD MENTAL.

NUNCA FUIMOS —DICEN—
TAN FELICES

 


 

DESCARGA EL DOSSIER

 


 

Agradecimientos: Centro Cultural Paco Rabal, Carampa / Asociación de malabaristas, La Pértiga, Asura, Nicolas Rambaud, Stefano Fabris, Hugo Mujica, Matías Costa, Juan Millás, Carolina Yavén, María Otero, Manuel Cortés, Bernardo Angelini, David Linuesa, Manolo Tarancón, Jorquera, Darío Nicodemi, Vicenç Pastor, Confecciones Jossy, Humberto Anaya, Vanessa Cadenas, Martes y Jueves, Beatriz Martín Sánchez, Alfonso Madrigal, Isabel Coixet, Cristián Warnken, Roberto Baldinelli, Camilo Sánchez, Eva Llorach, Emilio Rivas, Laura Zamarro, Natalia Sánchez López, Fabia Castro, Óscar Colomina i Bosch y, una vez más, a personas cruciales en mi formación como Alejandro Ristori, Carlos Ferreira, Abelardo Castillo, Sylvia Iparraguirre, Susana Tosso, Fernando García Curten, Silvia Arazi, Dalmiro Sáenz, Hugo Fainboim, David Amitín, Adán Black, Andrés Lima, Albert Corbí, Amelia Caravaca, María Muñoz y Pep Ramis (Mal Pelo), Rainer Behr, Pau Arán, Lucio Baglivo y aquellas a las que involuntariamente esté ahora olvidando.