Tristezas de un Doble A, de y por Astor Piazzolla y su Conjunto 9 (1972)
Es, quizá, también para mí, como para tantos piazzollianos, la mejor composición de Astor, infinitamente menos conocida por el gran público que Adiós Nonino, Libertango o las Estaciones porteñas.
Esta versión del noneto marca su estreno y es la primera de otras grabadas posteriormente, más en tomas directas de conciertos que en estudios. Es también la versión más breve, pese a sus más de siete minutos. Otras rondan los 20, como mi predilecta, la grabada en vivo en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires, el 20 de diciembre de 1981. Esa es posiblemente la noche en que el quinteto de Piazzolla mejor tocó esta pieza: es sentarse con calma, ponerse unos buenos auriculares e irse de viaje. Quien lo haya vivido lo sabe. Como no está en ninguna plataforma de Internet, la comparto en mi web gracias a la invalorable tarea de El astornauta, que ha catalogado y compartido los 182 discos de la obra completa de Piazzolla (muy recomendable su site).
Tristezas de un Doble A | Versión del quinteto, en 1981, en el Gran Rex de Buenos Aires
Tras la impro de solo de bandoneón de Astor, cuando entra el quinteto hacia el minuto 5:30, empieza uno de los momentos más altos de su carrera. Ahí se aprecia toda la hondura, la osadía, el desparpajo, el lirismo, la rabia, la oscuridad, la frescura, la imprevisibilidad, la fuerza avasallante, la mugre tanguera, la delicadeza, la profunda emoción, el swing, la originalidad y todo cuanto uno pueda esperar de un músico oceánico, vasto, abisal e infinitamente misterioso.

Una de las ediciones de la grabación en directo de un concierto mítico.
Como en un detalle de un cuadro de El Bosco, Velázquez o Goya es posible encontrar ya a Dalí, Turner, Zao Wou-ki o Rothko, en esta grabación están ya latentemente La Camorra, la serie que Astor compondrá años después y de la que parece nacer buena parte de la lírica y luminosa violencia oscura de Astillero, y está también ya el quinteto de Agustín Guerrero. Es una pieza que, como un manantial, no cesa ni deja de llegar, mojándonos.
La impro que hoy os dejo sobre la versión más breve del noneto está (lo sé) mal bailada y, aunque otra cosa me hubiese gustado, en el fondo, me da igual. No intento en ninguna de estas aproximaciones al tango bailar ‘bien’, sino mantenerme en relación con lo que está sonando, con la atmósfera, la energía, la intensidad, el gesto y el nervio con los que unos músicos (lejanos en el espacio y el tiempo) se han transportado hasta lo más hondo de nuestra sensibilidad a través del sonido. Siento que esto es, ante todo, lo que se ha perdido entre la música y la danza en el tango a partir de los años 50; que esa es la articulación entre música y baile que, en aquellos años, entró en conflicto hasta el punto de hacer que música y danza corrieran desde entonces por separado, dando incluso lugar a sentencias hoy risibles como que, por ejemplo, esta pieza de Piazzolla no es tango, sólo porque no se la podría bailar como se baila un tango de D’Arienzo de los años 30.

Cubiertas de los dos discos que Piazzolla editó con su legendario Conjunto 9: el Volumen 1, en 1971, y el Volumen 2, un año más tarde.
Lo que más se ha dado en las aproximaciones de la danza a los tangos de nueva creación a partir del año 55, con las afortunadas y bendecibles excepciones de siempre, es que o no hay ya escucha y relación de los bailarines con la música (no meramente con el tempo, sino con la música en toda su complejidad) o hay un exceso de formalización académica del movimiento, donde el nervio y esa no codificable gestualidad metamusical y metapentagramática de los músicos zafándole las costuras a lo meramente escrito (eso que en el género se suele llamar ‘mugre’) brilla por su ausencia en la frialdad excelsa de una danza más neoclásica que popular de salón.
La relación de escucha y reacción a lo que está sonando es, ante todo y por encima de todo, aquello a recuperar. Sin eso, no hay ni habrá mugre; sólo polvo de museos vacíos. Y sin mugre, no hay tango, tampoco en la danza. Cuando hace ya unos ocho años empecé a bailar danza contemporánea, tuve claro que quería llegar a poder relacionarme auténticamente con la música de Astor Piazzolla y, en especial, alguna vez, con Tristezas de un Doble A, desde este lenguaje a contramano de la caminata en abrazo tradicional que es la danza contemporánea. Esta impro no es más que una foto del momento en el que estoy de un proceso que sigue abierto, una instantánea documental del punto en el que con el limitado lenguaje de movimiento del que dispongo y que llevo ya inconscientemente incorporado puedo relacionarme y dialogar con esta pieza. Me estimula a seguir haciéndolo el saber que gran parte de mis movimientos han ido surgiendo de mi relación con las orquestas y los compositores abordados. Son, gusten o no, para bien y mal, gestos y movimientos que, siento, me han sido dados por las grabaciones con las que me he puesto en abierta relación. Ojalá disfrutéis al menos de la música.
PD. El título del tango, Tristezas de un Doble A, alude, por cierto, a la marca de los mejores bandoneones —AA, siglas de Alfred Arnold, su fabricante—, considerados como los stradivarius de los fueyes. En su composición, Piazzolla homenajea a todos los bandoneonistas que resultaron cruciales en la historia del instrumento —Arolas, Maffia, Laurenz, Troilo, Di Filippo, Federico y tantos más— y cuyos estilos y aportes Astor, desde su interpretación y conocimiento, va recordando en su largo solo de introducción al tema en las versiones más largas en directo.
AQUÍ PUEDES VER TAMBIÉN LAS DEMÁS
PIAZZOLLA SESSIONS
7 de mayo – 25 de junio de 2024



