El moño azul (1991), de y por Luis Borda [tomas 1, 2 y 3] + Nieblas del Riachuelo. Música de Juan Carlos Cobián y letra de Enrique Cadícamo (1937), arreglo de y por Luis Borda (1993) | Impros
Escuché por primera vez a Luis Borda a comienzos de los años 90; me impactaron inolvidablemente, entre otras, las dos piezas sobre las que improviso: su insuperable arreglo de Nieblas del Riachuelo, de Cobián y Cadícamo, y su hermoso y hondo tango El moño azul, de 1991, compuesto, hasta donde creo, como un ‘encargo’ o pedido de amigo de Gustavo Margulies, que por entonces formaba el dúo Islas con Paul Stringa y que, más tarde, acabaría coincidiendo con el propio Borda y Osvaldo Rabuñal en el Trío Argentino de Guitarras. [La versión que escuché no es esta sublime en solo de guitarra, sino la también estupenda que grabó con su cuarteto, en Línea de tango.]
Desde entonces, no he dejado de escuchar cada una de las nuevas aventuras de este verdadero creador, entre las que también brillan con fuerza El alba —un disco en el que reúne a una pléyade de otros genios del género como Ramiro Gallo, Diego Schissi o Julio Pane, acompañados también por Bernhard Seidel y Gustavo Battistessa—, Tangos Brujos, Three Open Improvisations o los diversos registros con su hermana, la exquisita cantante Lidia Borda, con quien ha grabado recientemente el bello El hilo invisible.

Acaso por llevar yo ya más de 20 años fuera de Argentina, a veces siento que Luis Borda —muy valorado y respetado entre los músicos— no está, sin embargo, aún lo suficientemente bien reconocido por el público, quizá por residir también él desde hace ya muchos años en Alemania. Pero sus aportes a la guitarra en el tango lo sitúan, creo, al nivel de Roberto Grela, Aníbal Arias, Ubaldo De Lío u Horacio Malvicino, por mencionar sólo a cuatro gigantes de las generaciones que precedieron a la suya, una generación que ha dado, junto con él, a otros enormes guitarristas del género, que aún hoy siguen enriqueciéndolo.
Con una hondura y una escucha poco
transitadas en la guitarra tanguera,
Luis Borda da quizá a su instrumento lo que
Saluzzi al bandoneón: algo inéditamente
íntimo, casi confesional, susurrado, de
ligero roce, donde el tempo, la acentuación,
las formas no vienen ya dadas por
una tradición convertida en dogma,
sino por una relación establecida
desde la emotividad
Al margen de sus propias composiciones, los arreglos para guitarra de Luis Borda son un portento de hondura, delicadeza, emotividad, fuerza, técnica, rica complejidad y profundo sentido tanguero. Un estilo único e inequívoco dentro del género, un estilo que, como todos lo que auténticamente lo son, nace no como algo formal buscado con deliberación, sino como la inevitable cristalización en formas de un proceso vital más profundo y complejo, de algo más hondo, inasible, lábil, indefinido y abstracto que se da en la sensibilidad del músico, en este caso una hondura hipersensible al matiz y al detalle desde donde Borda, más que ejecutar, parece reaccionar, responder a lo que él sutilmente escucha en su relación con la nostalgia, la serenidad, la pena, la melancolía, la quietud, la rabia, la alegría, con aquello que, desde lo emocional, parece moverlo y empujarlo al sonido.
Con esa hondura y esa escucha inéditas en la guitarra tanguera, Luis Borda es quizá nuestro Baden Powell y da a su instrumento tal vez lo que Dino Saluzzi al bandoneón: algo inéditamente íntimo, casi confesional, susurrado, de ligero roce, donde el tempo, la acentuación, las formas no vienen ya principalmente dadas por una tradición convertida en dogma, sino, como decía, por una relación establecida desde la emotividad, que siempre nace del profundo sentimiento de comprensión de algo que desborda nuestra capacidad comprensiva y que no obstante el intérprete, al percibirla, se afana por darla a sentir a otros en el siempre difícil salto de la sensación a lo sensacional. Dar espacio, tiempo y ‘voz’ a esos universos sutiles es, creo, uno de los más importantes aportes de Luis Borda a la guitarra tanguera. Gente con más conocimientos técnicos sabrá apuntar otros, que sin duda beben de sus inicios en el rock y su paso, entre otras, por formaciones como las de Rodolfo Mederos.

En muchas de sus interpretaciones —más aún cuando se trata, además, de sus propias piezas, como El moño azul, el bellísimo Tango brujo o incluso Vacío o Viento, dedicados a su juventud en el barrio porteño de Caseros—, Luis Borda parece entrar como en trance, tocando casi en estado de gracia y llevándonos conmovedoramente con él de viaje a quién sabe dónde, un lugar casi anterior a nosotros, un espacio de contemplación pura en el que lo que está siendo coincide, sin sombras, con lo que está siendo y que él parece alcanzar como por sublimación, como si literalmente lograra evaporar la materialidad de sus dedos, de las cuerdas, de la madera y de todo cuanto lo rodea y nos rodea, suspendiendo por un momento el mundo.
He estado muchas veces tentado de compartir antes algunas de estas y otras impros sobre su música, pero, al revisarlas, nunca acabo conforme por muy diversas razones que os ahorro. Comparto al fin estas aceptando su propia naturaleza: no son productos acabados, sino material de trabajo de una investigación en marcha, impros de exploración cuya única posibilidad de escritura se reduce —a la manera del painting act— a la de una perfomance sin más allá que su propio cumplimiento. Agrego, por ello, mis tomas 2 y 3 de El moño azul, que acaso dan mejor cuenta —más que de objetivos alcanzados— de un proceso abierto que aún desconozco adónde me llevará, si terminara por llevarme realmente alguna vez a algo, especialmente a otros que, con más recursos que los míos, recojan el hilo y tiren de él. Sólo podemos lanzar continuamente botellas al mar.
25 de mayo de 2023