‘Baires ’72’ | Astor Piazzolla

‘Baires ’72’ | Astor Piazzolla


Baires ’72 | (toma 1), de y por Astor Piazzolla y su Conjunto 9 (1972)


Entiendo la música como un juego de relaciones entre diversas voces que, incluso desde la disonancia, armonizan en el tiempo con el fin de celebrarlo, de dárnoslo a sentir sonora, vibrantemente sabiendo que esa alteración del aire, esa fricción de la atmósfera, ese cincelar el silencio nos vincula (como nada quizá nos vincule) con el fenómeno que más honda y mortalmente nos constituye: el de la propia temporalidad, ese misterio, sinónimo de la vida.


Piazzolla, ya en los últimos años de su carrera.

Piazzolla, ya en los últimos años de su carrera.


Siendo así la música esencialmente tiempo virtual reactualizable con sólo darle al play, una composición reproducida o interpretada en directo en cualquier espacio lo llena como el agua una pecera (todos alguna vez lo hemos sentido) y —según qué suene, si Los Beatles o Ligeti— el agua es transparente, luminosa y leve o áspera, enigmática e hipnóticamente turbia. Una música modifica sutil y contundentemente siempre un espacio y, si hay en él personas haciendo de ese espacio ‘lugar’ (como diría Heidegger), la música sugiere y contagia también su estado anímico a esa otra temporalidad dentro del tiempo que toda persona es, ese largo corredor lleno de puertas olvidadas hasta el fondo de nuestro primer latido. Así, dentro de un espacio en el que de pronto suena una música y nos disponemos a bailar solo deberíamos quizá movernos en relación con aquello que nos impide e impone unas determinadas calidad, densidad, velocidad y posibilidad de movimiento mientras somos a la vez movidos por esa ligerísima masa (menos que un agua) que sin tocarnos nos afecta, nos envuelve, acoge, sobrepasa, desborda, comprende y conmueve, moviéndonos a movernos con ella.

Acierta así Quignard en que la danza es en gran medida una recuperación en tierra de la danza prenatal preatmosférica perdida tras el naufragio de nuestro nacimiento. El pulso musical se vincula a la vez hondamente con el ‘beat’, el latido materno, y con la voz de nuestra propia madre llegándonos a través del líquido amniótico como un musitar, un decir aún sin lenguaje, con los labios plegados, esa primera música que en nosotros profundamente se graba y que nos abre a todas las demás venideras.



Quien baila literalmente se incorpora por ello a una pequeña fiesta de gratuidad y gratitud, a un desplazarse por el espacio sin afán ganancial ni objetivos ni expectativas de retornos ni beneficios; un desplazarse inútil, sin para qué, por puro porque sí, a fondo perdido, sin más voluntad que integrarse, ser parte, incorporarse a esa masa de movimiento continuo en la que uno empieza a flotar, y que lo mueve a la vez que uno intenta acoplarse a ese devenir de ondas, acentos y corrientes. Bailar es, desde esta perspectiva, explorar y dejar ver en uno lo que la música hace con nosotros. En estas impros antiinstagram —en tanto que no participan de su semántica audiovisual regida por el alarde técnico, el highlight, el hit y la sucesión de clímax sin transición— procuro compartir piezas completas de enormes músicos con los que busco relacionarme, de energía a energía, de transición en transición, de detalle en detalle, templándome con esa música por ellos creada en un vínculo en el que, como con la vida, importa quizá menos qué hace uno con ella que lo que ella hace con nosotros, permitiéndonos redescubrirnos cada nueva vez en eso que, entonces sí, sin pensar ni programarlo, vamos haciendo con eso que la vida ya ha hecho y continúa haciendo de nosotros. Un tipo de respuesta (esa que damos desde la más espontánea reacción) sobre la que sólo después —no antes ni durante— podemos tener una visión crítica, analítica y técnica en términos de danza.



Bailar, por ello, muchas veces una misma música a la que uno va conociendo más y más, incorporándola desde una relación no racional, sino física y metapentagramática, enriquece no sólo ni tanto las posibilidades de coreografíar y formalizar el movimiento, sino ante todo la relación, cada vez más honda y compleja, de energía a energía, en el devenir siempre abierto y sin formas preestablecidas. Hay, desde luego, otros acercamientos a lo formal, con bellísimas, precisas y verdaderamente admirables escrituras coreográfícas. Al menos, en estas exploraciones me siento, sin embargo, más cerca de aquella otra definición de ‘forma’ acuñada por Victor Hugo: «La forma es el fondo en la superficie». Ese fondo desde el que reacciona todo cuanto no sabemos que ya sabemos de una pieza decenas de veces escuchada y que, en la superficie de nuestro movimiento, ya para otros visible, llega como algo que no se elige: se acata. Un tipo de expresión más próximo a la oralidad que a la escritura. Desde ahí, lo consiga o no, desde ese desacartonamiento y desenfado, busco dialogar con los compositores de tango que abordo. Y de todos ellos, Astor Piazzolla sigue siendo uno de los más grandes y estimulantes desafíos. ¡Ahí vamos! 


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7 de mayo – 25 de junio de 2024